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Conocer a Jesús
Implica tener esa experiencia personal con Él, una experiencia que va más allá de lo sensible
Es triste, y por lo demás, desconcertante, constatar cómo muchas personas que han sido bautizadas y que se reconocen como cristianos, e inclusive participan regularmente en actos de culto, no conozcan a Cristo, y sólo sepan superficialmente quién es, qué hizo, cómo vivió, qué pretendió con la obra que realizó, etc. De ahí podemos deducir muchas cosas de nuestra realidad como Iglesia y como sociedad “cristiana”.
Hemos insistido en repetidas ocasiones, que en la Biblia el verbo “conocer” significa “haber tenido una experiencia personal y cercana con el otro”; podríamos decir, “de corazón a corazón”, y no tanto como se interpreta en nuestra cultura: una acción del intelecto que nos permite saber quién es, cómo es, qué piensa, cómo actúa, etc., alguna persona con la que nos relacionamos.
Conocer, pues, a Jesús, implica tener esa experiencia personal con Él, una experiencia que va más allá de lo sensible –aunque suele ser muy emotiva y fascinante—; es algo sublime, espiritual, sobrenatural, podríamos aseverar que divina, aunque no la podamos definir, precisamente por ello.
A partir del hecho de experimentar a Jesús y al amor de Jesús, es que se pone en acción toda nuestra persona: corazón, espíritu, alma y cuerpo. Y es entonces cuando nuestra inteligencia, con su capacidad de conocer e interpretar, puede acceder a los medios de que se disponen para saber, intelectualmente, todo acerca de Jesús.
De tal manera que, para quienes desconocen a Jesús tal y como es, por la falta de esa experiencia, fácilmente tergiversan su persona, su imagen, su doctrina, su plan de salvación, sus hechos y dichos, su misión.
Ello, amén de quienes, aunque sí lo conozcan, lo aceptan tan sólo en aquello que les conviene, que no va en contra de su comodidad y sus particulares intereses y criterios. Como es el caso de los que aún reconociéndolo como un gran profeta --es decir aquel que habla en nombre de Dios y denuncia lo que está en contra de su plan--, prefieren proclamarlo como Rey; y no es que no lo sea, sino porque ellos prefieren tener a un Rey que, además, es todopoderoso, bondadoso, magnánimo, y sentirse “hijos del Rey”, que a un profeta que les anuncia la verdad y denuncia todas sus desviaciones, equivocaciones y pecados y que les manda aceptar la cruz para ser sus discípulos.
Francisco Javier Cruz Luna
Hemos insistido en repetidas ocasiones, que en la Biblia el verbo “conocer” significa “haber tenido una experiencia personal y cercana con el otro”; podríamos decir, “de corazón a corazón”, y no tanto como se interpreta en nuestra cultura: una acción del intelecto que nos permite saber quién es, cómo es, qué piensa, cómo actúa, etc., alguna persona con la que nos relacionamos.
Conocer, pues, a Jesús, implica tener esa experiencia personal con Él, una experiencia que va más allá de lo sensible –aunque suele ser muy emotiva y fascinante—; es algo sublime, espiritual, sobrenatural, podríamos aseverar que divina, aunque no la podamos definir, precisamente por ello.
A partir del hecho de experimentar a Jesús y al amor de Jesús, es que se pone en acción toda nuestra persona: corazón, espíritu, alma y cuerpo. Y es entonces cuando nuestra inteligencia, con su capacidad de conocer e interpretar, puede acceder a los medios de que se disponen para saber, intelectualmente, todo acerca de Jesús.
De tal manera que, para quienes desconocen a Jesús tal y como es, por la falta de esa experiencia, fácilmente tergiversan su persona, su imagen, su doctrina, su plan de salvación, sus hechos y dichos, su misión.
Ello, amén de quienes, aunque sí lo conozcan, lo aceptan tan sólo en aquello que les conviene, que no va en contra de su comodidad y sus particulares intereses y criterios. Como es el caso de los que aún reconociéndolo como un gran profeta --es decir aquel que habla en nombre de Dios y denuncia lo que está en contra de su plan--, prefieren proclamarlo como Rey; y no es que no lo sea, sino porque ellos prefieren tener a un Rey que, además, es todopoderoso, bondadoso, magnánimo, y sentirse “hijos del Rey”, que a un profeta que les anuncia la verdad y denuncia todas sus desviaciones, equivocaciones y pecados y que les manda aceptar la cruz para ser sus discípulos.
Francisco Javier Cruz Luna