Suplementos
Confiar para ser felices
Hay quienes llegan al extremo de la desconfianza en Dios, y no se atreven, ni siquiera se sienten dignos, a recurrir a Él, ya no digamos que pudieran esperar algo de Él
Un día, una joven y su madre se encontraban en el hospital esperando su turno para ser atendidas. La muchacha tenía un agudo dolor en los senos y un olor fétido por la pus que se estaría formando. Habían ido a recoger los resultados de sus estudios y análisis médicos, esperando tan sólo la confirmación de lo que angustiosamente se sospechaba.
Mientras la joven entró al consultorio para recibir el diagnóstico, su madre fue a la capilla del hospital a orar por la salud de su hija. Al regresar la señora a la puerta del consultorio, vio a la hija salir muy desconcertada con sus documentos en mano, por lo que ella supuso lo peor.
Sin embargo, cuando se acercó, la muchacha le contó que no tenía absolutamente nada, que le daba gracias a Dios, pues estaba sana; que ni los doctores se explicaban el hecho, pero ya no tenía ningún problema en los senos, que estaba totalmente curada.
La madre, llena de júbilo, le preguntó por el doctor que la acompañó hasta la puerta, ya que le llamó mucho la atención, pues tenía facciones de extranjero y no lo había visto antes, a lo que la hija le respondió que solamente estaban el doctor y la enfermera que siempre la habían atendido, que no había ningún otro doctor y que nadie la acompañó hasta la puerta. Pero la señora sí lo había visto y pudo reconocer finalmente que ese hombre era nada menos que el Señor Jesús. ¡Él curó y salvó a la joven!
Ella ahora tiene 28 años, es casada, formó una linda familia con dos hijos, y hasta ahora su salud ha permanecido inquebrantable. Jesús fue quien la curó de todo mal.
Esta historia es verídica y nos ayuda a reflexionar acerca de la realidad de muchos seres humanos, ya sea cristianos o de otros credos, que --contrario a la que tenía la madre de la historia-- no tienen la suficiente, o quizá nada de confianza, en su Padre eterno, en Dios y en su enviado Jesucristo.
Cuántas veces, quienes están en este caso, han enfrentado en su vida situaciones sumamente críticas, en las que ponen en riesgo no sólo el bienestar físico, sino también –y de consecuencias mucho más nocivas– el espiritual, pues lejos de recurrir a quien todo lo puede, recurren a sus propias y débiles capacidades, o a las de otros que, en lugar de ayudar, a la larga perjudican.
En otras ocasiones en las que encaran situaciones que surgen cotidianamente, lo hacen aplicando criterios que no son de Dios, y ello trae como consecuencia desviaciones o limitaciones en su propia realización como personas y como cristianos.
Hay quienes llegan al extremo de la desconfianza en Dios, y no se atreven, ni siquiera se sienten dignos, a recurrir a Él, ya no digamos que pudieran esperar algo de Él.
La confianza surge de la fe, es decir del hecho de creer en alguien y también creerle a ese alguien, lo que significa actuar, por un lado, teniendo la certeza de que se cuenta con un Dios todopoderoso y fiel, que es nuestro Padre y que quiere lo mejor para sus hijos. Por lo demás, hay que tener presente que la fe es, ante todo, un don que el mismo Dios da a quien se lo pide y hace crecer a quien lo cultiva y cuida, porque se nos ha dado en germen, en semilla, y a cada cual le corresponde, por así decirlo, “trabajarlo”; y, aunque parezca un juego de palabra, que no lo es, el don de la fe se “trabaja” creyendo.
La forma en que Jesús afirma, en el Evangelio de este domingo, que para Dios TODO es posible, deberá de alentarnos a revisar cómo está nuestra fe y nuestra confianza en Él, ya que, por lo demás, el decidirnos a creer y confiar en Él sin límites ni cortapisas, marcarán la diferencia entre una vida plena y feliz, y una llena de angustia e inquietud y totalmente infecunda.
En el Evangelio de este domingo, Jesús mismo nos lo recuerda: “Para Dios, todo es posible”; por ello, “hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Señor”, como lo afirma el salmo 34.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Mientras la joven entró al consultorio para recibir el diagnóstico, su madre fue a la capilla del hospital a orar por la salud de su hija. Al regresar la señora a la puerta del consultorio, vio a la hija salir muy desconcertada con sus documentos en mano, por lo que ella supuso lo peor.
Sin embargo, cuando se acercó, la muchacha le contó que no tenía absolutamente nada, que le daba gracias a Dios, pues estaba sana; que ni los doctores se explicaban el hecho, pero ya no tenía ningún problema en los senos, que estaba totalmente curada.
La madre, llena de júbilo, le preguntó por el doctor que la acompañó hasta la puerta, ya que le llamó mucho la atención, pues tenía facciones de extranjero y no lo había visto antes, a lo que la hija le respondió que solamente estaban el doctor y la enfermera que siempre la habían atendido, que no había ningún otro doctor y que nadie la acompañó hasta la puerta. Pero la señora sí lo había visto y pudo reconocer finalmente que ese hombre era nada menos que el Señor Jesús. ¡Él curó y salvó a la joven!
Ella ahora tiene 28 años, es casada, formó una linda familia con dos hijos, y hasta ahora su salud ha permanecido inquebrantable. Jesús fue quien la curó de todo mal.
Esta historia es verídica y nos ayuda a reflexionar acerca de la realidad de muchos seres humanos, ya sea cristianos o de otros credos, que --contrario a la que tenía la madre de la historia-- no tienen la suficiente, o quizá nada de confianza, en su Padre eterno, en Dios y en su enviado Jesucristo.
Cuántas veces, quienes están en este caso, han enfrentado en su vida situaciones sumamente críticas, en las que ponen en riesgo no sólo el bienestar físico, sino también –y de consecuencias mucho más nocivas– el espiritual, pues lejos de recurrir a quien todo lo puede, recurren a sus propias y débiles capacidades, o a las de otros que, en lugar de ayudar, a la larga perjudican.
En otras ocasiones en las que encaran situaciones que surgen cotidianamente, lo hacen aplicando criterios que no son de Dios, y ello trae como consecuencia desviaciones o limitaciones en su propia realización como personas y como cristianos.
Hay quienes llegan al extremo de la desconfianza en Dios, y no se atreven, ni siquiera se sienten dignos, a recurrir a Él, ya no digamos que pudieran esperar algo de Él.
La confianza surge de la fe, es decir del hecho de creer en alguien y también creerle a ese alguien, lo que significa actuar, por un lado, teniendo la certeza de que se cuenta con un Dios todopoderoso y fiel, que es nuestro Padre y que quiere lo mejor para sus hijos. Por lo demás, hay que tener presente que la fe es, ante todo, un don que el mismo Dios da a quien se lo pide y hace crecer a quien lo cultiva y cuida, porque se nos ha dado en germen, en semilla, y a cada cual le corresponde, por así decirlo, “trabajarlo”; y, aunque parezca un juego de palabra, que no lo es, el don de la fe se “trabaja” creyendo.
La forma en que Jesús afirma, en el Evangelio de este domingo, que para Dios TODO es posible, deberá de alentarnos a revisar cómo está nuestra fe y nuestra confianza en Él, ya que, por lo demás, el decidirnos a creer y confiar en Él sin límites ni cortapisas, marcarán la diferencia entre una vida plena y feliz, y una llena de angustia e inquietud y totalmente infecunda.
En el Evangelio de este domingo, Jesús mismo nos lo recuerda: “Para Dios, todo es posible”; por ello, “hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Señor”, como lo afirma el salmo 34.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx