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Con el Jesús en la sopa
En la cera de una vela, un hueso, la clara de un huevo frito... éstas son las formas en que Tita relata que Dios se le ha manifestado
GUADALAJARA, JALISCO (15/SEP/2013).-Tita Cueva ha visto a Dios. Y dice ella que lo ha visto no una ni dos veces. No: Dios y Cristo en la cruz y el Espíritu Santo y la Sagrada Familia han aprovechado la vida cotidiana de Tita Cueva para manifestarse: en una nube borrascosa, en la oscuridad espesa que se esconde tras sus párpados cerrados, en la rama de un árbol, la cera de una vela, el hueso de un espinazo de cerdo, la clara de un huevo frito… hasta en un trozo de cecina frita.
La más famosa manifestación de Dios que ha visto Tita Cueva en su vida, y una de las más impresionantes, dice ella, es la de la cecina —un bistec de carne de vaca seca y frita—. Ocurrió hace tres años, durante un fin de semana de descanso en los bosques de Mazamitla.
El viaje mismo fue prodigioso. Tita y su esposo, Wenceslao Zúñiga, se habían ganado una noche en una cabaña, a la cual invitaron a otra pareja de amigos. “Desde que llegamos me quedé impresionada con una escultura del Gran Maestro, de tamaño real, en uno de los jardines. ¡Jesús está aquí!, pensé”. Y sí. A la hora de comer en el restaurante del fraccionamiento campestre ahí estaba Cristo crucificado, en el mero centro de aquel diezmillo que, de puro milagro, nadie se comió antes.
No faltó quien trajera una cámara en Mazamitla; hay fotografías del pedazo de bistec rojizo en el que, efectivamente, la grasa y los tejidos del corte de res forman una cruz. Sobre ella, y ya clavados en la textura, se aprecia a Cristo “hasta con su pañal”, afirma la bendecida.
Como el hambre tampoco faltaba aquel día, Tita Cueva accedió a que su esposo y los otros acompañantes se engulleran los alrededores de la cruz. ¡Error!, sabe ahora. Luego su primo Salvador Vázquez miró a San Juan, en el costado derecho de la fotografía impresa. A alguien más le pareció ver a la Virgen María en el derecho, al pie del crucifijo. Y dispuestos a encontrar, otro encontró un ángel arrodillado, atrás de San Juan.
Una lástima: el santo, el ángel y la virgen habían sido devorados, digeridos y desechados a esas alturas.
Para mostrarle al mundo el trozo original de carne con todos lo personajes originales de la escena, la mujer mandó imprimir 300 copias de la fotografía. “Doy y doy y doy y cuando se me acaban hago más”. También hizo separadores de lectura donde la cecina está acompañada de una oración que compuso su esposo Wenceslao, quien murió hace cuatro meses.
—¿Se deshizo del bistec? —, le pregunto a Tita.
—¿Cómo crees? —, responde, espantada.
***
Tita Cueva es una mujer elegante que ronda los 60 de edad y es una católica fiel, uno lo nota desde que llega a su casa, en un barrio residencial de Zapopan.
Sobre una cómoda rústica, al lado izquierdo de la puerta de entrada, destaca entre varios objetos un Niño Dios estofado. Enfrente, la pared entre la sala de estar y el jardín interior aloja una colección de 60 crucifijos, sobre los que no se mira ni un rastro de polvo.
Las manifestaciones milagrosas de Dios en la tierra de Tita no cuelgan en ese muro, están resguardadas en un trastero muy antiguo, en el comedor.
Ahí uno puede ver, dentro de un portarretratos redondo de alpaca repujada, cubierto con plástico adherible, al Cristo de la cecina ya descolorido y desmorusado, después de tres años.
Es el consentido de Tita, parece. Pero no el único, porque a partir de su encuentro con él, Dios comenzó a manifestarse hasta en la sopa: literal.
Seis meses después del bistec, en una crisis familiar la mujer encendió una vela de parafina que le regalaron durante una primera comunión. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que en una de las paredes de la vela consumida se había esculpido la imagen de la Sagrada Familia: “Al principio vimos nomás a la virgen y a un hombre. Pensamos que era Cristo. Un sacerdote amigo nos hizo ver que el hombre no es Jesús ¡Es San José! Y si miras, trae de la mano al niño Dios”.
Aunque también podría ser una pareja de enamorados, un hombre cubriendo a un hijo con una sombrilla, unas amigas que se saludan de mano.
En un estante del viejo trastero reposa, además, un hueso de espinazo de cerdo —cocinado en salsa abundante un día lejano—, en el cual el pequeño José Luis Márquez, ocho de edad, nieto de Tita pudo vislumbrar la figura de Cristo en la Cruz, cuenta la abuela con un orgullo irradiante que sugiere que el don es familiar.
Ocurrió hace 10 meses, cuando don Wenceslao convalecía en el hospital por el cáncer de páncreas que acabó matándolo. “Llevándoselo a otro sitio mejor”, corrige su viuda. “¿Qué me quieres decir?”, dice Tita que le preguntó a Dios la tarde del hallazgo. “Y pensar que aquel día mi hija me obligó a comer”.
Le digo a Tita que, a diferencia del Cristo en la cecina, acá no veo nada. Ella se esfuerza en mostrarme el hueso de espinazo desde varios ángulos, hasta que se da por vencida.
Entonces habla de la aparición de la paloma, también por aquellas fechas de dolor y encierro hospitalario. ¿La paloma? “El Espíritu Santo”.
Ella había preparado un huevo estrellado para la empleada doméstica que la asiste, con tan mala suerte que la empleada había almorzado en su casa. Como Tita es de buen apetito decidió comerse el platillo y como es muy observadora pudo ver al Espíritu Santo en una parte de la clara del huevo.
Hizo lo acostumbrado: recortó a la milimétrica tórtola y la enmarcó en un relicario pequeño. El ave luce amarillenta estos días. El color tiene sin cuidado a Tita.
La última manifestación de Dios le ocurrió a la viuda Cueva hace apenas un par de semanas, en las islas Marietas, en la Bahía de Banderas, a donde fue a practicar snorkel con una amiga.
Allá Tita se enfrentó a un mar violento y una arena infestada con basura de unicel. Como no le gustan ni lo uno ni lo otro le pidió a Dios una bolsa para recoger la basura, a lo que Dios le respondió con bolsa, entre unas rocas, a la orilla del mar —“no una bolsa cualquiera, una negra, especial para basura”—. Recogiendo la pedacera de hielo seco, Tita se encontró otro crucifijo enterrado en la arena gruesa. O, para ser precisos, se halló una rama en forma de cruz, que conserva en una copa de coñac con arena del sitio, en el mismo trastero de las otras reliquias.
—¿Será que Dios se le aparece a usted o que usted está más dispuesta a verlo?
—Lo pienso cada que me pasa. ¿Por qué tanta diocidencia? Yo creo que Dios me da regalos porque yo lo agradezco a Dios cuando llueve, cuando hay sol, cuando está nublado, cuando arreglo mis plantas… a toda hora pienso yo en Dios y él me da regalos para compensarme que se llevó a mi Wence. Ahora: antes que se lo llevara yo ya encontraba a Dios. Hace unos 15 años miré que la virgen daba vueltas en mis párpados cerrados. Hace 11 años la cruz se manifestó en una nube en la sierra Tarahumara. Hace siete la virgen se me apareció en otra nube el día que iban a operar a mi hija de la vesícula…
La más famosa manifestación de Dios que ha visto Tita Cueva en su vida, y una de las más impresionantes, dice ella, es la de la cecina —un bistec de carne de vaca seca y frita—. Ocurrió hace tres años, durante un fin de semana de descanso en los bosques de Mazamitla.
El viaje mismo fue prodigioso. Tita y su esposo, Wenceslao Zúñiga, se habían ganado una noche en una cabaña, a la cual invitaron a otra pareja de amigos. “Desde que llegamos me quedé impresionada con una escultura del Gran Maestro, de tamaño real, en uno de los jardines. ¡Jesús está aquí!, pensé”. Y sí. A la hora de comer en el restaurante del fraccionamiento campestre ahí estaba Cristo crucificado, en el mero centro de aquel diezmillo que, de puro milagro, nadie se comió antes.
No faltó quien trajera una cámara en Mazamitla; hay fotografías del pedazo de bistec rojizo en el que, efectivamente, la grasa y los tejidos del corte de res forman una cruz. Sobre ella, y ya clavados en la textura, se aprecia a Cristo “hasta con su pañal”, afirma la bendecida.
Como el hambre tampoco faltaba aquel día, Tita Cueva accedió a que su esposo y los otros acompañantes se engulleran los alrededores de la cruz. ¡Error!, sabe ahora. Luego su primo Salvador Vázquez miró a San Juan, en el costado derecho de la fotografía impresa. A alguien más le pareció ver a la Virgen María en el derecho, al pie del crucifijo. Y dispuestos a encontrar, otro encontró un ángel arrodillado, atrás de San Juan.
Una lástima: el santo, el ángel y la virgen habían sido devorados, digeridos y desechados a esas alturas.
Para mostrarle al mundo el trozo original de carne con todos lo personajes originales de la escena, la mujer mandó imprimir 300 copias de la fotografía. “Doy y doy y doy y cuando se me acaban hago más”. También hizo separadores de lectura donde la cecina está acompañada de una oración que compuso su esposo Wenceslao, quien murió hace cuatro meses.
—¿Se deshizo del bistec? —, le pregunto a Tita.
—¿Cómo crees? —, responde, espantada.
***
Tita Cueva es una mujer elegante que ronda los 60 de edad y es una católica fiel, uno lo nota desde que llega a su casa, en un barrio residencial de Zapopan.
Sobre una cómoda rústica, al lado izquierdo de la puerta de entrada, destaca entre varios objetos un Niño Dios estofado. Enfrente, la pared entre la sala de estar y el jardín interior aloja una colección de 60 crucifijos, sobre los que no se mira ni un rastro de polvo.
Las manifestaciones milagrosas de Dios en la tierra de Tita no cuelgan en ese muro, están resguardadas en un trastero muy antiguo, en el comedor.
Ahí uno puede ver, dentro de un portarretratos redondo de alpaca repujada, cubierto con plástico adherible, al Cristo de la cecina ya descolorido y desmorusado, después de tres años.
Es el consentido de Tita, parece. Pero no el único, porque a partir de su encuentro con él, Dios comenzó a manifestarse hasta en la sopa: literal.
Seis meses después del bistec, en una crisis familiar la mujer encendió una vela de parafina que le regalaron durante una primera comunión. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que en una de las paredes de la vela consumida se había esculpido la imagen de la Sagrada Familia: “Al principio vimos nomás a la virgen y a un hombre. Pensamos que era Cristo. Un sacerdote amigo nos hizo ver que el hombre no es Jesús ¡Es San José! Y si miras, trae de la mano al niño Dios”.
Aunque también podría ser una pareja de enamorados, un hombre cubriendo a un hijo con una sombrilla, unas amigas que se saludan de mano.
En un estante del viejo trastero reposa, además, un hueso de espinazo de cerdo —cocinado en salsa abundante un día lejano—, en el cual el pequeño José Luis Márquez, ocho de edad, nieto de Tita pudo vislumbrar la figura de Cristo en la Cruz, cuenta la abuela con un orgullo irradiante que sugiere que el don es familiar.
Ocurrió hace 10 meses, cuando don Wenceslao convalecía en el hospital por el cáncer de páncreas que acabó matándolo. “Llevándoselo a otro sitio mejor”, corrige su viuda. “¿Qué me quieres decir?”, dice Tita que le preguntó a Dios la tarde del hallazgo. “Y pensar que aquel día mi hija me obligó a comer”.
Le digo a Tita que, a diferencia del Cristo en la cecina, acá no veo nada. Ella se esfuerza en mostrarme el hueso de espinazo desde varios ángulos, hasta que se da por vencida.
Entonces habla de la aparición de la paloma, también por aquellas fechas de dolor y encierro hospitalario. ¿La paloma? “El Espíritu Santo”.
Ella había preparado un huevo estrellado para la empleada doméstica que la asiste, con tan mala suerte que la empleada había almorzado en su casa. Como Tita es de buen apetito decidió comerse el platillo y como es muy observadora pudo ver al Espíritu Santo en una parte de la clara del huevo.
Hizo lo acostumbrado: recortó a la milimétrica tórtola y la enmarcó en un relicario pequeño. El ave luce amarillenta estos días. El color tiene sin cuidado a Tita.
La última manifestación de Dios le ocurrió a la viuda Cueva hace apenas un par de semanas, en las islas Marietas, en la Bahía de Banderas, a donde fue a practicar snorkel con una amiga.
Allá Tita se enfrentó a un mar violento y una arena infestada con basura de unicel. Como no le gustan ni lo uno ni lo otro le pidió a Dios una bolsa para recoger la basura, a lo que Dios le respondió con bolsa, entre unas rocas, a la orilla del mar —“no una bolsa cualquiera, una negra, especial para basura”—. Recogiendo la pedacera de hielo seco, Tita se encontró otro crucifijo enterrado en la arena gruesa. O, para ser precisos, se halló una rama en forma de cruz, que conserva en una copa de coñac con arena del sitio, en el mismo trastero de las otras reliquias.
—¿Será que Dios se le aparece a usted o que usted está más dispuesta a verlo?
—Lo pienso cada que me pasa. ¿Por qué tanta diocidencia? Yo creo que Dios me da regalos porque yo lo agradezco a Dios cuando llueve, cuando hay sol, cuando está nublado, cuando arreglo mis plantas… a toda hora pienso yo en Dios y él me da regalos para compensarme que se llevó a mi Wence. Ahora: antes que se lo llevara yo ya encontraba a Dios. Hace unos 15 años miré que la virgen daba vueltas en mis párpados cerrados. Hace 11 años la cruz se manifestó en una nube en la sierra Tarahumara. Hace siete la virgen se me apareció en otra nube el día que iban a operar a mi hija de la vesícula…