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Cómo servir a Dios
Dios mismo fue revelando por conducto de sus enviados cómo quería que su pueblo lo sirviera
Los que todavía tuvimos la oportunidad de estudiar el antiguo catecismo de nuestra Iglesia, recordaremos seguramente una de las primeras preguntas y respuestas que éste contenía, la cual se refería a un aspecto fundamental para nuestra existencia y vida de fe; decía más o menos así: “¿Para qué fuimos creados por Dios?”. Y la respuesta versaba de esta manera: “Para amarlo y servirlo en esta vida, y después verlo y gozarlo en la otra”.
El actual y vigente catecismo responde a esa pregunta de la siguiente forma: “Dios creó al hombre para comunicarle su bondad y su amor. Así el hombre puede conocer y amar a Dios, servirle libremente y luego gozar de Él para siempre en el Cielo”.
Como podemos apreciar, la respuesta es básicamente la misma, aunque presentada de diferente manera, y en ambas encontramos que una de las razones, inalienable, es que existimos para servir a Dios.
¿Cómo servirlo? A través del tiempo, Dios mismo fue revelando por conducto de sus enviados, principalmente los profetas, cómo quería que los hombres y las mujeres de su pueblo lo sirvieran.
Mas, como dice la Carta a los Hebreos (11, 1), “Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios nos ha hablado por medio de su Hijo”.
Así que, para saber cómo poder servir a Dios, necesitamos estar atentos y escuchar su voz, ya sea en lo profundo de nuestro ser, o bien a través de su Palabra y de la Sagrada Escritura; estas son las dos formas más comunes en que Él lo hace, ello sin excluir otras tantas, como son a través de los demás, de los acontecimientos, las pruebas, etc.
Pues bien, si recurrimos a la Escritura, conocida también como la Sagrada Biblia, específicamente a los Evangelios, en ellos encontraremos un sinnúmero de formas en las que Jesús nos dice cómo servirlo, y casi siempre usando metáforas --ya que era su manera de comunicar su mensaje a los habitantes de los pueblos de la región en la que vivió en ese entonces--, como a la que recurre en el pasaje que hoy domingo la Iglesia nos propone para que reflexionemos y pongamos en práctica.
“Síganme y Yo haré de ustedes pescadores de hombres” (Mc 1, 17). ¿Cuántas veces nos hemos preguntado qué quiere decirnos Jesús a aquellos que no somos ni hemos sido pescadores por oficio, con esas palabras, recordando que el Evangelio es para todos? Tal vez cuando hemos escuchado este texto no nos hemos sentido aludidos, o nos hacía sentirnos ajenos a esa posibilidad y por lo tanto pensábamos que no nos correspondía el llamado, y que era para otros y no para nosotros.
Y en realidad nos quiere decir lo mismo que les dijo a esos discípulos, pero en términos actuales, que fueran entendibles en el lenguaje utilizado en nuestra cultura; algo así como: “los voy a preparar para que me sirvan poniendo sus talentos para ‘conseguir’ para Dios a otros hombres”. O tal vez: “Vengan, los necesito para que luchen y trabajen en mi Reino para conquistar más hijos para mi Padre”. O hasta: “Hey, muchachos, así como son bien ‘chidos’ para hacer lo que hacen, también pueden serlo en una labor más ‘a todo dar’, que les hará atraer a muchos para que junto con ellos encuentren la felicidad verdadera”. U otras formas.
Con ello, Jesús ya estaba manifestando cómo realizaría su misión, y cómo, sin necesitarlo, involucraba al ser humano en su obra de redención, gran privilegio y gran responsabilidad. Privilegio, porque nos eligió a nosotros, sin mérito alguno; a nosotros, tan pecadores como el que más; a nosotros, tan débiles, limitados e incapaces para semejante tarea. Y sin embargo, en su sabiduría infinita, así lo ha querido.
Responsabilidad, porque Él pone en nuestras manos su obra redentora, que si bien Él es quien la realiza, nosotros, como sus instrumentos, somos partícipes de ella; y si la cumplimos conforme a su plan y su voluntad, podremos colaborar para que muchos seres humanos encuentren la felicidad en esta vida y la salvación y la gloria y dicha eternas.
En el relato evangélico de referencia, nos damos cuenta de cómo los pescadores a los que llamó para convertirlos en discípulos, no dudaron ni un momento, no pensaron en lo que significaba dejar todo y de inmediato lo siguieron. En cambio, nosotros ¿cuántas veces hemos escuchado ese llamado y no le hemos hecho caso, ya sea por miedo, por apego a nuestra forma de vida y a nuestras pertenencias; o simplemente porque hemos cerrado nuestros oídos y nuestro corazón a su voz?
La diferencia entre los discípulos del relato y todos a los que Él personalmente llamó, estriba en que ellos tuvieron un encuentro personal con Jesús previo a que Él les hiciera ese llamado, y quien vive la experiencia de ese encuentro, no puede decirle no a su invitación y a todo lo que Él le pida.
Por lo demás, el cómo y con cuánto fruto realicemos la “pesca de hombres”, dependerá de la humildad, la obediencia y la entrega con que sigamos a Jesús, y la docilidad a dejar actuar en nosotros al Espíritu Santo, quien es el que toca y cambia los corazones.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcocoj@yahoo.com.mx
El actual y vigente catecismo responde a esa pregunta de la siguiente forma: “Dios creó al hombre para comunicarle su bondad y su amor. Así el hombre puede conocer y amar a Dios, servirle libremente y luego gozar de Él para siempre en el Cielo”.
Como podemos apreciar, la respuesta es básicamente la misma, aunque presentada de diferente manera, y en ambas encontramos que una de las razones, inalienable, es que existimos para servir a Dios.
¿Cómo servirlo? A través del tiempo, Dios mismo fue revelando por conducto de sus enviados, principalmente los profetas, cómo quería que los hombres y las mujeres de su pueblo lo sirvieran.
Mas, como dice la Carta a los Hebreos (11, 1), “Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios nos ha hablado por medio de su Hijo”.
Así que, para saber cómo poder servir a Dios, necesitamos estar atentos y escuchar su voz, ya sea en lo profundo de nuestro ser, o bien a través de su Palabra y de la Sagrada Escritura; estas son las dos formas más comunes en que Él lo hace, ello sin excluir otras tantas, como son a través de los demás, de los acontecimientos, las pruebas, etc.
Pues bien, si recurrimos a la Escritura, conocida también como la Sagrada Biblia, específicamente a los Evangelios, en ellos encontraremos un sinnúmero de formas en las que Jesús nos dice cómo servirlo, y casi siempre usando metáforas --ya que era su manera de comunicar su mensaje a los habitantes de los pueblos de la región en la que vivió en ese entonces--, como a la que recurre en el pasaje que hoy domingo la Iglesia nos propone para que reflexionemos y pongamos en práctica.
“Síganme y Yo haré de ustedes pescadores de hombres” (Mc 1, 17). ¿Cuántas veces nos hemos preguntado qué quiere decirnos Jesús a aquellos que no somos ni hemos sido pescadores por oficio, con esas palabras, recordando que el Evangelio es para todos? Tal vez cuando hemos escuchado este texto no nos hemos sentido aludidos, o nos hacía sentirnos ajenos a esa posibilidad y por lo tanto pensábamos que no nos correspondía el llamado, y que era para otros y no para nosotros.
Y en realidad nos quiere decir lo mismo que les dijo a esos discípulos, pero en términos actuales, que fueran entendibles en el lenguaje utilizado en nuestra cultura; algo así como: “los voy a preparar para que me sirvan poniendo sus talentos para ‘conseguir’ para Dios a otros hombres”. O tal vez: “Vengan, los necesito para que luchen y trabajen en mi Reino para conquistar más hijos para mi Padre”. O hasta: “Hey, muchachos, así como son bien ‘chidos’ para hacer lo que hacen, también pueden serlo en una labor más ‘a todo dar’, que les hará atraer a muchos para que junto con ellos encuentren la felicidad verdadera”. U otras formas.
Con ello, Jesús ya estaba manifestando cómo realizaría su misión, y cómo, sin necesitarlo, involucraba al ser humano en su obra de redención, gran privilegio y gran responsabilidad. Privilegio, porque nos eligió a nosotros, sin mérito alguno; a nosotros, tan pecadores como el que más; a nosotros, tan débiles, limitados e incapaces para semejante tarea. Y sin embargo, en su sabiduría infinita, así lo ha querido.
Responsabilidad, porque Él pone en nuestras manos su obra redentora, que si bien Él es quien la realiza, nosotros, como sus instrumentos, somos partícipes de ella; y si la cumplimos conforme a su plan y su voluntad, podremos colaborar para que muchos seres humanos encuentren la felicidad en esta vida y la salvación y la gloria y dicha eternas.
En el relato evangélico de referencia, nos damos cuenta de cómo los pescadores a los que llamó para convertirlos en discípulos, no dudaron ni un momento, no pensaron en lo que significaba dejar todo y de inmediato lo siguieron. En cambio, nosotros ¿cuántas veces hemos escuchado ese llamado y no le hemos hecho caso, ya sea por miedo, por apego a nuestra forma de vida y a nuestras pertenencias; o simplemente porque hemos cerrado nuestros oídos y nuestro corazón a su voz?
La diferencia entre los discípulos del relato y todos a los que Él personalmente llamó, estriba en que ellos tuvieron un encuentro personal con Jesús previo a que Él les hiciera ese llamado, y quien vive la experiencia de ese encuentro, no puede decirle no a su invitación y a todo lo que Él le pida.
Por lo demás, el cómo y con cuánto fruto realicemos la “pesca de hombres”, dependerá de la humildad, la obediencia y la entrega con que sigamos a Jesús, y la docilidad a dejar actuar en nosotros al Espíritu Santo, quien es el que toca y cambia los corazones.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcocoj@yahoo.com.mx