Suplementos
Como hijos de Dios
Muchos papás se precian de ser “la gran cosa” y exigen a sus hijos que se comporten a la altura
Cada día rezamos el Padre Nuestro y declaramos solemnemente que Dios es nuestro Padre y que nos reconocemos sus hijos.
En efecto, Jesús ha venido a este mundo para enseñarnos a vivir como Hijos de Dios y para darnos legítimamente esa dignidad.
Cuando las personas reconocen la grandeza de su estirpe, se comportan a la altura de lo que significa ser “hijos” de una persona de categoría.
¿No saben que son templos de Dios y que el espíritu de Dios vive en ustedes?
Si respetamos cosas y lugares por considerarlos importantes por diferentes motivos, tanto más las personas merecen respeto al ser hijos de Dios.
Pero primeramente debemos respetarnos nosotros mismos y conservar el lugar privilegiado que por tal motivo nos corresponde.
Por lo tanto, esta conciencia de filiación tiene dos vertientes: una hacia afuera y otra hacia dentro de nosotros mismos.
Hacia lo exterior
La primera nos impulsa a respetar a los demás como hijos de Dios, incluso a los miembros de la propia familia; también a los más chiquitos, ya que un día los llevaste a bautizar y ese mismo hecho les confirió la dignidad de hijo, o hija, de Dios.
Por lo tanto, alerta a quienes golpean a sus hijos, a quienes maltratan a su cónyuge, a quienes insultan al prójimo. Todos los que hacen cualquier cosa ofensiva en contra de los demás, están lesionando el derecho al respeto que cada uno merece como hijo del Padre más grande, más poderoso y más maravilloso del universo.
En nosotros mismos
La segunda vertiente atañe a nosotros mismos y a nuestra propia persona, al comportamiento que nos identifica en cualquier lugar en donde nos encontramos o en cualquier acción que realizamos.
Aunque lo que hacemos repercuta en bien o en perjuicio de los demás, primeramente repercute en nosotros mismos.
Y no se diga si cuando un comportamiento poco digno hace quedar mal a la persona misma. Consideremos el caso, frecuente por desgracia, de personas que se dejan vencer por el vicio del alcoholismmo, y exhiben lo peor de su personalidad como borracho.
Así hay otras acciones y actitudes que degradan, que no dejan transparentar la dignidad de hijos de Dios ante los demás y ni siquiera ante sí mismo, porque la misma persona llega a reprocharse y a sentirse basura, indigna.
Lo que sucede a veces, es que muchos papás se precian de ser “la gran cosa” y exigen a sus hijos que se comporten a la altura, pero ellos mismos no se preocupan por llevar el propio nombre en alto. No siempre se comportan con la honradez y la honestidad que les compete, y hay ocasiones en que presumen de cosas que más bien debería darles vergüenza.
Como hijos de Dios
Por lo tanto, en estos días de cuaresma que todavía quedan como preparación para celebrar dignamente la Semana Mayor, es bueno preguntarnos si de verdad hemos encontrado y reconocido en Jesucristo nuestro Señor, la verdadera filiación que nos engrandece y nos ayuda a vivir con integridad.
Mejorar nuestra condición de hijos de Dios nos hará ciertamente más respetables, más dignos de consideración y, sobre todo, más capaces de decir con autenticidad: Padre Nuestro.
María Belén Sánchez fsp
En efecto, Jesús ha venido a este mundo para enseñarnos a vivir como Hijos de Dios y para darnos legítimamente esa dignidad.
Cuando las personas reconocen la grandeza de su estirpe, se comportan a la altura de lo que significa ser “hijos” de una persona de categoría.
¿No saben que son templos de Dios y que el espíritu de Dios vive en ustedes?
Si respetamos cosas y lugares por considerarlos importantes por diferentes motivos, tanto más las personas merecen respeto al ser hijos de Dios.
Pero primeramente debemos respetarnos nosotros mismos y conservar el lugar privilegiado que por tal motivo nos corresponde.
Por lo tanto, esta conciencia de filiación tiene dos vertientes: una hacia afuera y otra hacia dentro de nosotros mismos.
Hacia lo exterior
La primera nos impulsa a respetar a los demás como hijos de Dios, incluso a los miembros de la propia familia; también a los más chiquitos, ya que un día los llevaste a bautizar y ese mismo hecho les confirió la dignidad de hijo, o hija, de Dios.
Por lo tanto, alerta a quienes golpean a sus hijos, a quienes maltratan a su cónyuge, a quienes insultan al prójimo. Todos los que hacen cualquier cosa ofensiva en contra de los demás, están lesionando el derecho al respeto que cada uno merece como hijo del Padre más grande, más poderoso y más maravilloso del universo.
En nosotros mismos
La segunda vertiente atañe a nosotros mismos y a nuestra propia persona, al comportamiento que nos identifica en cualquier lugar en donde nos encontramos o en cualquier acción que realizamos.
Aunque lo que hacemos repercuta en bien o en perjuicio de los demás, primeramente repercute en nosotros mismos.
Y no se diga si cuando un comportamiento poco digno hace quedar mal a la persona misma. Consideremos el caso, frecuente por desgracia, de personas que se dejan vencer por el vicio del alcoholismmo, y exhiben lo peor de su personalidad como borracho.
Así hay otras acciones y actitudes que degradan, que no dejan transparentar la dignidad de hijos de Dios ante los demás y ni siquiera ante sí mismo, porque la misma persona llega a reprocharse y a sentirse basura, indigna.
Lo que sucede a veces, es que muchos papás se precian de ser “la gran cosa” y exigen a sus hijos que se comporten a la altura, pero ellos mismos no se preocupan por llevar el propio nombre en alto. No siempre se comportan con la honradez y la honestidad que les compete, y hay ocasiones en que presumen de cosas que más bien debería darles vergüenza.
Como hijos de Dios
Por lo tanto, en estos días de cuaresma que todavía quedan como preparación para celebrar dignamente la Semana Mayor, es bueno preguntarnos si de verdad hemos encontrado y reconocido en Jesucristo nuestro Señor, la verdadera filiación que nos engrandece y nos ayuda a vivir con integridad.
Mejorar nuestra condición de hijos de Dios nos hará ciertamente más respetables, más dignos de consideración y, sobre todo, más capaces de decir con autenticidad: Padre Nuestro.
María Belén Sánchez fsp