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Chopin y su poesía melódica también se celebran

(Segunda de dos partes)

El talento de Chopin gozó de una aceptación unánime a su llegada a París y en relativamente poco tiempo era apreciado en los altos círculos artísticos y sociales de la Ciudad de la Luz, que acababa de vivir la Revolución de 1830. Desde allí se dio a conocer al resto de Europa, inició la publicación y distribución de sus composiciones y recibió una gran cantidad de alumnos, lo que le dio cierta tranquilidad económica. Además, todos estos factores le hicieron abandonar la idea de partir hacia América.

Las noticias provenientes de Polonia referentes al aplastamiento del movimiento nacionalista a manos de los rusos y las consecuencias que de esto derivaron le producen una gran turbación que deja plasmada en diferentes obras compuestas a lo largo de su vida, como su célebre estudio “revolucionario” (Op. 10 número 12), su polonesa “heroica”

Sus presentaciones -aunque muy esporádicas debido a la ansiedad que le provocaban- le hicieron objeto de admiración y desde Alemania, Robert Schumann había escrito en el prestigioso Allgemeine Musikalische Zeitung su famosa crítica hacia el polaco: “Quítense el sombrero, caballeros: un genio...”.

La vida sentimental de Chopin, sobre la que tanto se ha escrito y fantaseado, tuvo como protagonistas en aquellos años a Maria Wodzinska (de familia noble y quien había sido su amiga en Polonia años atrás; con ella llegó a comprometerse), la condesa Delfina Potocka (también polaca) y la célebre y controvertida escritora Aurore Dupin, mejor conocida por su seudónimo: George Sand.
Con Sand vive como pareja de 1838 a 1847, tiempo que coincide con la madurez de su trabajo creativo, así como con el inicio de un marcado deterioro de su salud, de hecho, en 1838, ante los agudos problemas respiratorios del pianista, los médicos le aconsejan pasar el invierno en un clima más benévolo, por lo que se dirige en el mes de noviembre a la isla española de Mallorca acompañado por George Sand y sus dos hijos. Este viaje resultaría todo lo contrario a lo que buscaba, pues el invierno era peculiarmente duro ese año y la temperatura en el archipiélago Balear no era lo cálida que se esperaba. Su estado de salud empeoró, como escribió a su amigo Juliani Fontana: “He estado enfermo como un perro...”.

Para empeorar aquella situación, el piano que el editor y constructor parisino Camille Pleyel le había enviado para que el músico polaco pudiese trabajar no llegaba a la isla; se embarcó tarde y fue presa de los trámites aduanales, por lo que Chopin no lo pudo tener sino hasta los primeros días de enero del siguiente año en la celda de la Cartuja de Valldemosa que usaba como alojamiento. En él, Chopin concluyó su serie de 24 preludios Op. 24 y su Scherzo número 3, entre otras obras. Sin embargo, la estancia se hizo más breve de lo pensado, puesto que los problemas respiratorios ahora diagnosticados como tuberculosis le hicieron partir de Mallorca en los primeros días del mes de febrero de 1839. Como consecuencia del precipitado retorno, el piano se quedó en la isla para evitar la cantidad de trámites que se tendrían que haber realizado para llevarlo de regreso. Fue vendido al banquero Bazile Canut y hoy en día se expone en la celda en la que Chopin vivió durante aquellos meses y que se encuentra habilitada como museo.    

Desde entonces, la enfermedad no dejó de acosarle, pese a lo cual pudo seguir trabajando sin tregua en su producción musical: valses, estudios, sonatas, baladas y fantasías, que sumados a los ya comentados nocturnos, mazurcas y polonesas constituían ya para 1847 el total de las obras que el polaco publicó en vida y sobre las cuales Franz Liszt escribió: “Al hacer un análisis de los trabajos de Chopin nos encontramos con bellezas de un elevado orden, expresiones completamente nuevas y un tejido armónico tan original como erudito... A él le debemos la extensión de los acordes... la sinuosidad cromática de la que sus páginas ofrecen tan destacados ejemplos y los pequeños grupos de notas sobrepuestas cayendo como ligeras gotas de perlado rocío sobre la figura melódica”.

En 1948, separado hacía un año ya de la escritora George Sand, Chopin se ve afectado por los sucesos propios de la Revolución de 1848, dado que la clase aristócrata se aleja de la vida cultural, los amigos, alumnos y mecenas se esconden o se exilian y el caos se vuelve imperante. En medio de este ambiente, el gran pianista polaco decide emprender un viaje a Londres, ciudad que conocía por haberla visitado durante el verano de 1836.

En la capital inglesa permanecería tres meses, ofreciendo cinco conciertos y siendo invitado a tocar en varias casa nobles, como la de los Rotschild -dinastía de financieros-, de la cual Chopin deja testimonio de una amarga anécdota: “Aquí la música es una profesión, no un arte... Ayer la anciana Rothschild me preguntó cuánto cobraba, le respondí: 20 guineas. La buena mujer me dijo entonces que, en efecto, toco muy bien, aunque me aconsejó que no pidiera tanto, porque en esta season hace falta más moderation...”. Algunas cosas, como se puede ver, no han cambiado.

Chopin se traslada a Escocia y vuelve Londres, donde aparece en la que sería su última presentación pública el día 16 de noviembre, tras la cual, su enfermedad -de la que hoy afirman algunos científicos que pudo haberse tratado más bien de una fibrosis quística- se agrava considerablemente. Vuelve a París y después de una larga convalecencia muere el 17 de octubre de 1849 a los 39 años de edad. El amor que siempre había manifestado por su tierra lo llevó a pedir en sus últimas horas que su corazón fuese llevado a Polonia.

El genio de Chopin ha trascendido las fronteras geográficas. La música popular de su tierra que él se ocupó de convertir en poesía se transformó en patrimonio universal, igual que sus innovaciones técnicas y estéticas. Su expresividad prefirió las formas libres, pero siempre trabajadas con seriedad y solvencia. Su música se manifiesta no sólo a través de sus elementos melódicos y armónicos, sino de sus múltiples matices dinámicos y de tempo, el cual suele indicarlo el compositor como rubato, es decir, alterando de manera positiva o negativa la duración de las notas, “robándose” entre sí el espacio que les estaba asignado en el papel, dotando así a la interpretación de una especie de elasticidad que incrementa la emotividad de la obra en cuestión.

El bicentenario del natalicio de Federico Chopin se celebra pues este año en todo el mundo. En Guadalajara, la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) programó en su primera temporada la ejecución de su Concierto para piano número 2 y como se mencionó en la anterior entrega, durante el Festival Cultural de Mayo (FCM), el pianista Gergely Boganyi interpretará la totalidad de la obra del genio polaco. Ojalá que a lo largo del año se sumen nuevas actividades a este festejo. Cabe señalar que en la ciudad, desde años atrás, se le ha rendido homenaje a Chopin con la construcción de una estatua que se encuentra sobre avenida Alcalde en su cruce con Maestros, aunque es verdad que es muy poco afortunada y suele pasar más bien desapercibida, sobre todo si se la compara con los monumentos que se le han erigido alrededor del mundo en honor al músico polaco.

Para cerrar esta pequeña semblanza se puede insistir en la importancia de Chopin para la historia misma de la música citando la frase con la que se le describió acertadamente en su obituario, donde se afirmaba que se trató de un hombre “polaco por corazón y ciudadano del mundo por su talento”.

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