Suplementos

Camino a Jerusalén

Lucas sube a cubierta, donde se encuentra a Pablo contemplando fijamente el agua y la estela que va trazando la nave al avanzar…

(Septiembre 21)
     El barco navegaba indolentemente por los mares, meciéndose suave o bruscamente según el vaivén de las olas.
     Lucas sube a cubierta, donde se encuentra a Pablo contemplando fijamente el agua y la estela que va trazando la nave al avanzar…
     -- ¿En qué piensas, Pablo?
     -- En la misión tan grande que el Señor nos ha confiado… mira cuántos pueblos hemos avistado en el camino, pasamos cerca de Cos, allá se divisa Rodas y muy pronto llegaremos a Pátara.
     -- Cierto, allí trasbordaremos a otra nave que va rumbo a Fenicia, y en el puerto de Tiro se detendrá para dejar su cargamento…
     -- Todas estas escalas alargan el viaje, Lucas, y yo que ya quisiera llegar a Jerusalén…
     -- Yo más bien quisiera que no llegáramos allá…
     -- Todo se hará como Dios lo disponga.
     Después de siete días de estancia en Tiro, pasaron por Tolemaida, donde compartieron con un grupo de hermanos, antes de embarcarse nuevamente hacia Cesarea.
     Lucas estaba contentísimo, porque allí tendría la oportunidad de encontrarse con Felipe, con sus hijas que eran profetisas y con una nutrida y fervorosa comunidad.
     Mientras estaban allí, después de la oración, el profeta Agabo se adelantó, tomó el cinturón de Pablo y delante de todos ató sus manos y sus pies con él.
Todos los presentes le miraban extrañados hasta que uno le dijo:
     --¿Qué es lo que haces?
     Entonces Agabo profetizó:
     -- Así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles
     Lucas y los demás rogaban a Pablo que no llegara a Jerusalén.
     Pablo respondió:
     --¿Por qué tanto llanto? ¿quieren destrozarme el corazón? Saben bien que yo estoy dispuesto a todo y hasta a dar la vida por el Señor Jesús.
     Como no hubo forma de convencerlo, dijimos:
     -- Sea lo que Dios quiera… que se haga su voluntad.

Pablo llega a Jerusalén.

     -- Jerusalén, Jerusalén ciudad amada, donde Dios tiene su trono y donde asienta las plantas de sus pies… Muchos años ha que vi por primera vez tus muros.
     -- Pablo estamos llegando… tú sigues absorto.
     -- Tienes razón, ¿a dónde vamos a llegar?
     -- A casa de Nasón, el de Chipre, allí nos esperan; tú sabes que siempre te reciben con mucha alegría.
     -- Ciertamente, son muy buenos… pero mañana mismo iremos a ver a Santiago y a los presbíteros, para relatarles una a una todas las cosas que Dios ha obrado entre los gentiles…
     -- Tienes razón, es lo más adecuado.
     Los apóstoles y presbíteros de Jerusalén escuchaban a Pablo con gozo, pero temían a los judíos y estaban ciertos de que la llegada de Pablo no sería indiferente.
     -- Ya hace tiempo que habíamos hablado de eso, pero aquí es diferente, hay muchos ojos atentos que fijan su mirada en ti, Pablo.
     Por eso le aconsejaron que se hiciera ver cómo cumplir de la ley, acompañando a algunos que tenían que cumplir sus votos en el Templo.
Pablo aceptó, los acompañó por siete días, pagó la ofrenda y prosiguió su vida y actividad como si nada.

 
Pablo es arrestado en el Templo

     Todo parecía ir bien y sin contratiempos, hasta que llegaron a las fiestas algunos judíos procedentes de Asia, que se juntaron con los más recalcitrantes de Jerusalén y se pusieron de acuerdo para atacar a Pablo  
     Por eso un día, apenas lo vieron en el templo haciendo su oración, se agruparon y empezaron a gritar:
     -- ¡Este hombre profana nuestro Templo, destruye nuestra religión y ataca nuestra Ley!
     Inmediatamente la gente reaccionó y se amotinaron en contra de Pablo…
     Unos decían:
     -- Mátenlo.
     -- No, no, aquí en el Templo no, que es lugar sagrado…
     -- Pues vamos afuera…
     Y mientras lo empujaban para sacarlo del templo intervino la guardia romana y se hizo cargo del asunto, mientras los judíos seguían gritando amenazas de muerte.
     Los soldados llevaron al Pablo ante el tribuno y de pronto la voz de Pablo se alzó en medio de la gritería:
     -- ¿Puedo decirte algo?
     El tribuno, sorprendido, dijo:
     -- Pero… ¿tú hablas griego?
    -- Ciertamente.
     -- Entonces, ¿no eres tú el terrorista egipcio que anda levantando gente?
     -- Desde luego que no. Yo soy judío, nacido en Tarso… déjame hablar a la gente:
     Y desde el estrado del tribuno, Pablo alzó las manos y relató al pueblo cómo Jesús había ido a su encuentro en el camino a Damasco, y cómo lo había cambiado de perseguidor en apóstol.
     Como la gente no se calmaba y continuaba gritando, el tribuno mandó que le dieran de latigazos y lo metieran al calabozo, mientras tanto.
     El centurión lo empujó para sacarlo fuera y Pablo le dijo:
     -- ¿Aquí está permitido azotar a un ciudadano romano sin juicio ni sentencia?
     El tribuno que lo oyó, le preguntó:
     -- ¿Cómo es que tú eres romano? A mí me costó una fortuna comprar la ciudadanía…
     -- Yo soy romano por nacimiento, soy de Tarso, de Cilicia…
     -- Ah…
     Desconcertado, el tribuno ordenó que le quitaran las cadenas a Pablo y lo llevaran a un lugar seguro.
     Al día siguiente mandó que hubiera un careo con los sacerdotes del templo y Pablo.

La decisión de Lisias

     El tribuno Claudio Lisias no sabía qué pensar… conocía demasiado a los judíos: revoltosos, intrigantes, fanáticos hasta el extremo, celosos de su Ley y defensores de sus tradiciones hasta de las mínimas normas.
     El tiempo que llevaba allí entre ellos le había dado mucha habilidad para manejar las situaciones.
     No obstante, ese día se encontraba preocupado porque no entendía con claridad de qué se trataba… entonces mandó llamar a los sumos sacerdotes y delante de ellos interrogó a Pablo.
     Éste dijo serenamente:
     -- Yo he procedido rectamente a conciencia, delante de Dios.
     El Sumo Sacerdote al oírlo se indignó y dijo a uno de sus asistentes:
     -- Pégale en la boca…
     -- Así te golpeará Dios a ti, pared blanqueada, que estás para juzgarme conforme a la ley y violas la Ley…
     -- Pablo, cállate, que es el Sumo Sacerdote de Dios.
     -- Perdón, no sabía quién era.
     Entonces Pablo vio la buena oportunidad de poner algunos de su parte para que le ayudaran en su defensa, y dijo:
     -- Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos y me juzgan por la esperanza en la resurrección…
     Los fariseos allí presentes inmediatamente reaccionaron diciendo:
     -- Ah no, éste es inocente.
     -- ¡Qué va! Merece morir.
     -- Es que cree en la resurrección de los muertos...
     -- ¿Pero cuál resurrección? ¡Ustedes los fariseos están locos!
     -- ¡Ustedes, saduceos, no tienen fe…!
     Y no llegaban a ponerse de acuerdo… al contrario, se volvían unos contra otros insultándose mutuamente.
     Algunos hasta aseguraban que les había hablado un Angel.
     El procurador Lisias decidió acabar con aquello sacando a Pablo de allí…
     Por la noche, en sueños vio Pablo a Jesús que le decía:
     -- No temas, todavía tienes que ir a Roma a dar testimonio de mí… y se durmió tranquilo.

La gran conspiración

     Amanecía un nuevo día en Jerusalén, las aves despertaban y entonaban sus trinos, pero los corazones de algunos hombres seguían en la oscuridad del día anterior y seguían tramando intrigas para matarlo.
     -- Yo no probaré bocado hasta verlo muerto…
     -- Vamos a pedirle al procurador que lo saque de la prisión y cuando esté fuera lo mataremos…
     Mientras tanto, el hijo de la hermana de Pablo se enteró de todo y fue enseguida a comunicarlo a Pablo…
     -- Ve y cuéntale todo esto al Tribuno…
-- Pero… ¿Cómo le hago?
-- Centurión, por favor, ayuda a este joven que tiene que hablar con Lisias… Trae un mensaje importante…
     Después de escucharle el Tribuno tomó una decisión, escribió una carta al gobernador Félix, que tenía su sede en Cesarea, y por la noche envió a Pablo hacia allá, bien resguardado por un grupo de soldados.
     Después de dos días llegaron al término de su viaje y Félix, sin darle mucha importancia al asunto, le dijo:
     -- Cuando vengan los que te acusan, hablaremos.

Pablo cautivo en Cesarea.

     Félix había oído hablar de Jesús, de su mensaje y del camino que seguían los discípulos; por eso dejó a Pablo en custodia, con cierta  libertad y sin impedir que le visitaran y le asistieran.  Sin duda iba dando largas al asunto diciendo: “Cuando baje el tribuno Lisias decidiré vuestro asunto”.  
     Después de unos días vino Félix con su esposa Drusila, que era judía; mandó traer a Pablo y le estuvo escuchando acerca de la fe en Cristo Jesús.
Y al hablarle Pablo de la justicia, del dominio propio y del juicio futuro, Félix, aterrorizado, le interrumpió:
“Por ahora puedes marcharte; cuando encuentre una oportunidad, te haré llamar”.

 
Proceso ante el procurador Félix.

     Cinco días después llegó a Cesarea el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y un abogado llamado Tértulo,  y presentaron ante el procurador la acusación formal contra Pablo.
     Tértulo empezó diciendo:
     -- Gracias a ti gozamos de mucha paz y reconocemos las mejoras que has realizado en beneficio de esta nación… con todo agradecimiento te ruego que nos escuches un momento:
     -- Al grano, dijo Félix.
     -- Pues bien, hemos comprobado que este hombre provoca altercados entre los judíos de toda la tierra y que es el jefe principal de la secta de los nazarenos… Cuando intentó profanar el Templo, nosotros le apresamos.
     -- ¿Es verdad eso?
     -- Interrógale tú, así podrás llegar a conocer a fondo todas estas cosas…
     Los judíos le apoyaron, afirmando que era así.
     Entonces el procurador concedió la palabra a Pablo y éste respondió:
     -- Yo sé que desde hace muchos años vienes juzgando a esta nación; por eso con toda confianza voy a exponer mi defensa. Tú mismo lo podrás comprobar: hace unos doce días que llegué a Jerusalén en peregrinación… he venido a traer limosnas a los de mi nación y a presentar ofrendas, y ni en el Templo, ni en las sinagogas, ni por la ciudad me han encontrado discutiendo con nadie ni alborotando a la gente. Tampoco pueden probar  de eso que ahora me acusan…
     -- Y… ¿cuál es tu defensa?
     -- Yo doy culto al Dios de mis padres, creo en todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas y tengo fe en Dios y espero en la resurrección…  Por eso me esfuerzo por vivir rectamente y tener la conciencia limpia ante Dios y ante los hombres.  
     -- Entonces, ¿por qué te aprehendieron?
     -- No lo sé, me encontraron en el Templo mientras hacía las ofrendas, después de haberme purificado, y no entre tumulto de gente.
     -- No comprendo…
     -- Más bien los del problema fueron algunos judíos de Asia... ellos son los que debieran presentarse y acusarme si es que tienen algo contra mí…  
     -- Pero los presentes…
     -- Que lo digan estos mismos si hallaron crimen en mí cuando comparecí ante el Sanedrín… allí les dije fuerte y claramente: “Yo soy juzgado hoy ante ustedes por la resurrección de los muertos”.
     Desconcertado, Félix disolvió la reunión, despidió a los ancianos de Jerusalén y dejó a Pablo en Cesarea.
     Acaso esperaba algo de Pablo, o al menos le agradaba su conversación; por eso frecuentemente le mandaba a buscar y conversaba con él.
     Y así pasaron dos años…

Soplan vientos nuevos

     -- Lucas, amigo, ¡qué bueno que vienes! ¡Cuéntame cómo están las cosas allá afuera!
     --Ya sabes, la llegada del nuevo gobernador Porcio Festo trae revuelta a toda Cesarea…  aunque por ahora tendremos unos días calmados, ya que Festo se fue a Jerusalén.
     -- El gobernador Félix se va y me deja aquí encadenado…  no sé si por congraciarse con los judíos o porque les tiene miedo.
     -- Esperamos que cuando regrese, él sí resuelva tu asunto. Félix le fue dando largas, no se sabe por qué.
     -- A lo mejor también esperaba que se le ofreciera recompensa, a cambio de mi libertad.
     -- O porque le gusta tenerte cerca, ya ves que con mucha frecuencia viene a conversar contigo.
     -- Es cierto, y con toda la tolerancia que me ha tenido ha sido un tiempo muy benéfico; pero Lucas, son ya dos años…
     -- Que no han sido perdidos, Pablo, no te lamentes, ya ves que en este tiempo hemos escrito el Evangelio para los griegos… y mira cuánto has logrado desde tu prisión…
     Mientras tanto, los adversarios de Pablo no perdían tiempo; en cuanto supieron que había un nuevo gobernador en Cesarea, inmediatamente le pidieron que trasladara Pablo a Jerusalén, con la secreta intención, sin duda, de darle muerte en el camino.
     Pero Festo les respondió:
     --  Pablo debe permanecer preso en Cesarea, y si alguien tiene algo de que acusarlo, yo les espero allá, la semana próxima sin falta.
     Por eso en cuanto Festo llegó a Cesarea, una de las primeras cosas que hizo fue llamar a Pablo para enterarse por él mismo de su caso y  empaparse bien a bien del asunto.    
     -- Pablo, dime algo acerca de ti.
     -- Yo no he cometido delito alguno ni contra la Ley judía, ni contra el Templo, ni contra el César…

Pablo apela al César.

     Pero cuando estuvieron presentes los judíos que habían llegado de Jerusalén, hacían muchas y graves acusaciones contra él, pero no podían probar ninguna.  
     Entonces Festo dijo a Pablo:
     --¿Quieres ir a Jerusalén y ser allí juzgado de estas cosas?  
     Pablo contestó:
     -- Estoy ante el tribunal romano, a los judíos no les he hecho ningún mal; por tanto, no hay ningún fundamento en las acusaciones de éstos, nadie puede entregarme a ellos…
     -- ¿Qué haremos entonces?
     -- Yo apelo al César.
     Entonces Festo respondió:
     -- Has apelado al César, irás al César.

Continuará...

Temas

Sigue navegando