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Atención con el pecado
El Papa Roncalli, dijo: “El pecado del siglo, es la falta de conciencia de pecado”
El gran hombre, gran pontífice y gran santo, el sencillo y humilde y a la vez sabio Juan XXIII, hizo una afirmación que, si en su tiempo reflejó una preocupante realidad, hoy por hoy, a décadas de distancia, se ha convertido en un lastre y en una inmensa sombra que se ciñe sobre la vida cristiana. El Papa Roncalli, dijo: “El pecado del siglo, es la falta de conciencia de pecado”.
¡Cuánta razón tenía esa aseveración, y cuán vigente y actual es! Es triste y sumamente preocupante el constatar en nuestro entorno, cómo son muchos los católicos que subestiman, menosprecian y hasta critican y rechazan abiertamente el sacramento de la reconciliación o de la confesión.
Si observamos, con sana intención, los confesionarios de un gran número de templos, podremos darnos cuenta que --a diferencia de hace algunos lustros, cuando se tenía que hacer fila para participar de ese sacramento--, estos están vacíos, o con unos cuantos que se acercan a confesarse. Son muchas las ocasiones en las que en lo personal he buscado algún sacerdote para hacer mi confesión, y no lo he encontrado; ello tal vez porque muchos ministros tienen cantidad de ocupaciones y no dedican tiempo suficiente para este vital servicio, o quizá, siendo poca la demanda de dicho servicio, es poca también la oferta.
Aunque son varias las razones o excusas que esgrimen muchos para no acudir a dicho sacramento --“que si tal o cual sacerdote es muy regañón, o muy estricto, o deja penitencias incumplibles”; “que por qué he de decirle mis faltas a un hombre tan pecador como yo”, etc.--, la verdad de las cosas, hay que decirla tal cual, es que la razón principal de ello reside en la falta de conciencia de pecado. Falta de conciencia que es fruto de una ignorancia total, o de un conocimiento desvirtuado o equivocado de lo que es el pecado, tanto en lo intelectual como en lo experiencial.
En lo intelectual, por un desconocimiento de lo que la Palabra de Dios, es decir la Biblia, nos dice del tema; lo mismo que del Magisterio de la Iglesia, el cual dicta la doctrina derivada de la interpretación de dicha Palabra y de la sagrada Tradición. Lo experiencial que es debido a la falta de una vivencia auténtica e intensa del amor de Dios; el no haberse sentido amado por Dios. Y por lo tanto, si Dios es amor, y el pecado, en términos generales, es rechazar el amor de Dios y a Dios mismo con él, y los pecados son actos de desamor, no se puede visualizar la enorme trascendencia que para la vida presente y futura éste tiene.
Decía San Agustín: “Por lo tanto, no subestiméis esas faltas a las que tal vez os habéis habituado ya. La costumbre llega a conseguir que no se aprecie la gravedad del pecado. Lo que se endurece pierde sensibilidad. Lo que se halla en estado de putrefacción no duele, porque está muerto y hay que cortarlo” (Sermón 17).
En varias lecturas de la Palabra en la Eucaristía de estos días, incluyendo las de este domingo en el que celebramos la gran fiesta de Pentecostés, la Palabra de Dios resalta la importancia en sí misma del perdón de los pecados, así como un requisito para recibir la efusión del Espíritu Santo. De ahí la pregunta: ¿cómo recibir el perdón de nuestros pecados, si ni siquiera reconocemos y aceptamos que somos pecadores y que pecamos; o bien, cuando algunos afirman que el concepto de pecado es anacrónico y ya está superado, como lo sostienen algunas doctrinas espurias y engañosas formas de pensamiento disfrazadas de falsas terapias, y por lo tanto no acudimos al sacramento de la Reconciliación, y ni siquiera asentimos necesitarlo?
Ilustra otro pensamiento de San Agustín: “La profundidad del pozo de la miseria humana es grande, y si alguno cayera allí, cae en un abismo. Sin embargo, si desde ese estado confiesa a Dios sus pecados, el pozo no cerrará la boca sobre él […] Hermanos, hemos de temer esto grandemente. Desdeñada la confesión, no habrá lugar para la misericordia.
Para concluir, recordemos otra frase de la Biblia: “Sin santidad, nadie verá al Señor” (Cfr. Heb 12, 14), y la santidad es tener y vivir en la gracia y amistad con Dios, y nadie tiene la gracia si permanece en el pecado.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
¡Cuánta razón tenía esa aseveración, y cuán vigente y actual es! Es triste y sumamente preocupante el constatar en nuestro entorno, cómo son muchos los católicos que subestiman, menosprecian y hasta critican y rechazan abiertamente el sacramento de la reconciliación o de la confesión.
Si observamos, con sana intención, los confesionarios de un gran número de templos, podremos darnos cuenta que --a diferencia de hace algunos lustros, cuando se tenía que hacer fila para participar de ese sacramento--, estos están vacíos, o con unos cuantos que se acercan a confesarse. Son muchas las ocasiones en las que en lo personal he buscado algún sacerdote para hacer mi confesión, y no lo he encontrado; ello tal vez porque muchos ministros tienen cantidad de ocupaciones y no dedican tiempo suficiente para este vital servicio, o quizá, siendo poca la demanda de dicho servicio, es poca también la oferta.
Aunque son varias las razones o excusas que esgrimen muchos para no acudir a dicho sacramento --“que si tal o cual sacerdote es muy regañón, o muy estricto, o deja penitencias incumplibles”; “que por qué he de decirle mis faltas a un hombre tan pecador como yo”, etc.--, la verdad de las cosas, hay que decirla tal cual, es que la razón principal de ello reside en la falta de conciencia de pecado. Falta de conciencia que es fruto de una ignorancia total, o de un conocimiento desvirtuado o equivocado de lo que es el pecado, tanto en lo intelectual como en lo experiencial.
En lo intelectual, por un desconocimiento de lo que la Palabra de Dios, es decir la Biblia, nos dice del tema; lo mismo que del Magisterio de la Iglesia, el cual dicta la doctrina derivada de la interpretación de dicha Palabra y de la sagrada Tradición. Lo experiencial que es debido a la falta de una vivencia auténtica e intensa del amor de Dios; el no haberse sentido amado por Dios. Y por lo tanto, si Dios es amor, y el pecado, en términos generales, es rechazar el amor de Dios y a Dios mismo con él, y los pecados son actos de desamor, no se puede visualizar la enorme trascendencia que para la vida presente y futura éste tiene.
Decía San Agustín: “Por lo tanto, no subestiméis esas faltas a las que tal vez os habéis habituado ya. La costumbre llega a conseguir que no se aprecie la gravedad del pecado. Lo que se endurece pierde sensibilidad. Lo que se halla en estado de putrefacción no duele, porque está muerto y hay que cortarlo” (Sermón 17).
En varias lecturas de la Palabra en la Eucaristía de estos días, incluyendo las de este domingo en el que celebramos la gran fiesta de Pentecostés, la Palabra de Dios resalta la importancia en sí misma del perdón de los pecados, así como un requisito para recibir la efusión del Espíritu Santo. De ahí la pregunta: ¿cómo recibir el perdón de nuestros pecados, si ni siquiera reconocemos y aceptamos que somos pecadores y que pecamos; o bien, cuando algunos afirman que el concepto de pecado es anacrónico y ya está superado, como lo sostienen algunas doctrinas espurias y engañosas formas de pensamiento disfrazadas de falsas terapias, y por lo tanto no acudimos al sacramento de la Reconciliación, y ni siquiera asentimos necesitarlo?
Ilustra otro pensamiento de San Agustín: “La profundidad del pozo de la miseria humana es grande, y si alguno cayera allí, cae en un abismo. Sin embargo, si desde ese estado confiesa a Dios sus pecados, el pozo no cerrará la boca sobre él […] Hermanos, hemos de temer esto grandemente. Desdeñada la confesión, no habrá lugar para la misericordia.
Para concluir, recordemos otra frase de la Biblia: “Sin santidad, nadie verá al Señor” (Cfr. Heb 12, 14), y la santidad es tener y vivir en la gracia y amistad con Dios, y nadie tiene la gracia si permanece en el pecado.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx