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Arte y memoria escultórica en Mezquitán
Las enormes figuras que custodian el panteón —que este 2016 cumple 120 años—, son de Vicente Gusmeri Capra, escultor italiano que llegó a Guadalajara para quedarse y dejar su legado
GUADALAJARA, JALISCO (21/FEB/2016).- Decía Leopold Bloom que ningún hombre puede vivir aislado: incluso si viviera solo toda su vida, necesitaría de alguien que lo enterrara. Destinar a los muertos un lugar en específico es un rito que nos define como seres humanos, y en México goza de una tradición que el sincretismo con Europa se ha encargado de enriquecer, al mezclar el colorido aroma de la flor de cempasúchil con el mármol y la tradición judeocristiana.
Este 2016 el Panteón de Mezquitán cumplirá 120 años de existencia, justo el 2 de noviembre (bonita fecha para abrir un sitio destinado al reposo de los muertos). Inaugurado en 1896, este camposanto tomó la estafeta del Panteón de Santa Paula, el nombre original del Panteón de Belén, célebre por sus historias y leyendas.
A diferencia de la tendencia actual de panteones más sobrios visualmente, antaño se acostumbró crear todo un jardín escultórico funerario. Por ello, más allá de los eternos inquilinos del recinto ubicado en Federalismo y Enrique Díaz de León, este sitio ostenta una serie de habitantes ilustres: esculturas de gran formato que coronan las tumbas. Las obras fueron fabricadas con el cincel de un escultor italiano que en Guadalajara encontró el trabajo y el amor.
Se trata de Vicente Gusmeri Capra, artista que utilizó el mármol como el elemento principal de sus trabajos. Nacido a unos kilómetros de Milán en 1866, se trasladó a América en busca de mejores oportunidades laborales. Tras un breve paso por Brasil, llegó a la Ciudad de México, pero decidió instalarse en Guadalajara. Aquí conoció a Luisa, quien se convertiría su esposa: irónicamente ella también era originaria de Italia.
Hace un mes, aproximadamente, la Casa de Italia —sede de la Società Dante Alighieri de Guadalajara— rindió homenaje a dicho escultor. Además de exhibir una selección fotográfica de sus trabajos que engalanan el Panteón de Mezquitán, Helia García dio una charla sobre Vicente Gusmeri Capra. García es consejera del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (CECA) y forma parte de la recién instalada Comisión Estatal para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, del Gobierno de Jalisco. En 2006 publicó el libro “Vicente Gusmeri, el escultor de las luces y de las sombras”, en coautoría con Salvador de la Torre. Esta publicación que vio la luz dentro de la colección de la Secretaria de Cultura de Jalisco fue impulsada por Carmen Gerini Gusmeri, nieta del escultor. Para Carmen, su objetivo fue rescatar el aporte que realizó Gusmeri para embellecer la ciudad, con su obra integrada a templos y en el monumento a la Independencia, más allá de sus esculturas en el camposanto.
Helia afirmó que la investigación le supuso muchos retos, pues el velo de polvo que se tendió sobre la historia propició el olvido y la pérdida de más datos sobre la vida del italiano. En su tarea al escudriñar la historia se topó incluso con negativas de los descendientes de otros escultores, que prefirieron no hablar de sus antepasados, como fue el caso de Salvador Cuevas. Cuevas fue discípulo de Gusmeri en su taller.
Un trabajo con rigor
Durante la charla que ofreció Helia en la Casa de Italia, la investigadora habló sobre la simbología de la arquitectura funeraria, a la que Gusmeri se apegó con estricto rigor artístico. Sobre el mármol blanco trabajó las imágenes iconográficas más emblemáticas que podemos ver en los cementerios: ángeles, en ocasiones con aspecto juvenil, cruces, hasta el rostro de Cristo, hojas de palma o sudarios. Combinados con la cantera gris, la devoción con la que la gente mandaba hacer estos trabajos era muestra del deseo de dar el último adiós.
Los rasgos que muestran los ángeles entremezclan la ternura y la tristeza, al ser un tributo postrero en resignación. El silencio que reina en el fúnebre lugar aporta a la sensación de quietud que expresa la perfección de la técnica con la que las esculturas fueron concretadas: no hay duda de la formación clásica en el arte, pues su autor fue heredero de una tradición centenaria que se remonta hasta el renacimiento. Carmen Gerini Gusmeri afirmó que su abuelo provenía de una familia de artistas, pues sus antepasados también practicaron las bellas artes.
El común denominador de las esculturas, estén o no firmadas por el escultor en cuestión, es la armonía en la proporción, con gestos de naturalidad petrificados en el tiempo: algunos miran al cielo, otros hacia el propio sepulcro, incluso uno posa su mano sobre el rostro, solicitando el silencio indispensable ad hoc al cementerio. Resaltan los detalles con los que se ha ataviado a las esculturas: ornamentos naturales como lo son las ofrendas florales, todo esto para honrar la memoria del difunto en turno. Eso sí, como muchas cosas en esta vida: la ostentación en los tamaños del trabajo eran directamente proporcionales al poder adquisitivo de quienes mandaban hacer las esculturas.
El paseante que se adentre entre las tumbas del cementerio ubicado sobre Federalismo distinguirá las obras de Vicente Gusmeri por su estilo, pero también por su firma: el artista colocaba una placa con su nombre, aunque el paso del tiempo y el vandalismo han provocado la pérdida de más de alguna. Algunas de las placas portan dos nombres: Brizio y Gusmeri. El otro apellido es por Francisco Brizio Piomati, socio de marmolería. De hecho, el nombre completo de su taller fue precisamente Marmolería Italiana Brizio y Gusmeri, instalado por la calle de Herrera y Cairo. Comenzaron sus actividades en 1904.
Pero pese a la alta demanda de trabajos destinados a Mezquitán, esas creaciones no fueron las únicas piezas en las que la marmolería centró su trabajo. Tal vez la más conocida de sus producciones sea la que conmemora el centenario de la Independencia mexicana. ¿Quién no ha pasado por la Calzada Independencia y Medrano? En el cruce de caminos de ambas vías vehiculares se halla una peculiar glorieta que alberga el monumento a la Independencia. El trabajo de Gusmeri fue el diseño de las piezas que rodean la construcción. La parte superior se reservó para una obra en bronce, ésta ya no creación de Gusmeri, porque —dice Carmen, nieta de Vicente— él no trabajaba dicho material.
Más allá de esta inclusión en el diseño de piezas para conmemorar la historia, el escultor italiano tuvo una buena relación con la Iglesia: suyos son también los diseños del altar de la parroquia de la Asunción en Lagos de Moreno, detalles de mármol en el Expiatorio y varias madonas. Su obra laica conocida incluye una vaca, varias lámparas y un busto de Rodolfo Valentín. Los descendientes del escultor poseen sólo cinco esculturas, comentó Carmen Gerini Gusmeri.
Este 2016 el Panteón de Mezquitán cumplirá 120 años de existencia, justo el 2 de noviembre (bonita fecha para abrir un sitio destinado al reposo de los muertos). Inaugurado en 1896, este camposanto tomó la estafeta del Panteón de Santa Paula, el nombre original del Panteón de Belén, célebre por sus historias y leyendas.
A diferencia de la tendencia actual de panteones más sobrios visualmente, antaño se acostumbró crear todo un jardín escultórico funerario. Por ello, más allá de los eternos inquilinos del recinto ubicado en Federalismo y Enrique Díaz de León, este sitio ostenta una serie de habitantes ilustres: esculturas de gran formato que coronan las tumbas. Las obras fueron fabricadas con el cincel de un escultor italiano que en Guadalajara encontró el trabajo y el amor.
Se trata de Vicente Gusmeri Capra, artista que utilizó el mármol como el elemento principal de sus trabajos. Nacido a unos kilómetros de Milán en 1866, se trasladó a América en busca de mejores oportunidades laborales. Tras un breve paso por Brasil, llegó a la Ciudad de México, pero decidió instalarse en Guadalajara. Aquí conoció a Luisa, quien se convertiría su esposa: irónicamente ella también era originaria de Italia.
Hace un mes, aproximadamente, la Casa de Italia —sede de la Società Dante Alighieri de Guadalajara— rindió homenaje a dicho escultor. Además de exhibir una selección fotográfica de sus trabajos que engalanan el Panteón de Mezquitán, Helia García dio una charla sobre Vicente Gusmeri Capra. García es consejera del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (CECA) y forma parte de la recién instalada Comisión Estatal para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, del Gobierno de Jalisco. En 2006 publicó el libro “Vicente Gusmeri, el escultor de las luces y de las sombras”, en coautoría con Salvador de la Torre. Esta publicación que vio la luz dentro de la colección de la Secretaria de Cultura de Jalisco fue impulsada por Carmen Gerini Gusmeri, nieta del escultor. Para Carmen, su objetivo fue rescatar el aporte que realizó Gusmeri para embellecer la ciudad, con su obra integrada a templos y en el monumento a la Independencia, más allá de sus esculturas en el camposanto.
Helia afirmó que la investigación le supuso muchos retos, pues el velo de polvo que se tendió sobre la historia propició el olvido y la pérdida de más datos sobre la vida del italiano. En su tarea al escudriñar la historia se topó incluso con negativas de los descendientes de otros escultores, que prefirieron no hablar de sus antepasados, como fue el caso de Salvador Cuevas. Cuevas fue discípulo de Gusmeri en su taller.
Un trabajo con rigor
Durante la charla que ofreció Helia en la Casa de Italia, la investigadora habló sobre la simbología de la arquitectura funeraria, a la que Gusmeri se apegó con estricto rigor artístico. Sobre el mármol blanco trabajó las imágenes iconográficas más emblemáticas que podemos ver en los cementerios: ángeles, en ocasiones con aspecto juvenil, cruces, hasta el rostro de Cristo, hojas de palma o sudarios. Combinados con la cantera gris, la devoción con la que la gente mandaba hacer estos trabajos era muestra del deseo de dar el último adiós.
Los rasgos que muestran los ángeles entremezclan la ternura y la tristeza, al ser un tributo postrero en resignación. El silencio que reina en el fúnebre lugar aporta a la sensación de quietud que expresa la perfección de la técnica con la que las esculturas fueron concretadas: no hay duda de la formación clásica en el arte, pues su autor fue heredero de una tradición centenaria que se remonta hasta el renacimiento. Carmen Gerini Gusmeri afirmó que su abuelo provenía de una familia de artistas, pues sus antepasados también practicaron las bellas artes.
El común denominador de las esculturas, estén o no firmadas por el escultor en cuestión, es la armonía en la proporción, con gestos de naturalidad petrificados en el tiempo: algunos miran al cielo, otros hacia el propio sepulcro, incluso uno posa su mano sobre el rostro, solicitando el silencio indispensable ad hoc al cementerio. Resaltan los detalles con los que se ha ataviado a las esculturas: ornamentos naturales como lo son las ofrendas florales, todo esto para honrar la memoria del difunto en turno. Eso sí, como muchas cosas en esta vida: la ostentación en los tamaños del trabajo eran directamente proporcionales al poder adquisitivo de quienes mandaban hacer las esculturas.
El paseante que se adentre entre las tumbas del cementerio ubicado sobre Federalismo distinguirá las obras de Vicente Gusmeri por su estilo, pero también por su firma: el artista colocaba una placa con su nombre, aunque el paso del tiempo y el vandalismo han provocado la pérdida de más de alguna. Algunas de las placas portan dos nombres: Brizio y Gusmeri. El otro apellido es por Francisco Brizio Piomati, socio de marmolería. De hecho, el nombre completo de su taller fue precisamente Marmolería Italiana Brizio y Gusmeri, instalado por la calle de Herrera y Cairo. Comenzaron sus actividades en 1904.
Pero pese a la alta demanda de trabajos destinados a Mezquitán, esas creaciones no fueron las únicas piezas en las que la marmolería centró su trabajo. Tal vez la más conocida de sus producciones sea la que conmemora el centenario de la Independencia mexicana. ¿Quién no ha pasado por la Calzada Independencia y Medrano? En el cruce de caminos de ambas vías vehiculares se halla una peculiar glorieta que alberga el monumento a la Independencia. El trabajo de Gusmeri fue el diseño de las piezas que rodean la construcción. La parte superior se reservó para una obra en bronce, ésta ya no creación de Gusmeri, porque —dice Carmen, nieta de Vicente— él no trabajaba dicho material.
Más allá de esta inclusión en el diseño de piezas para conmemorar la historia, el escultor italiano tuvo una buena relación con la Iglesia: suyos son también los diseños del altar de la parroquia de la Asunción en Lagos de Moreno, detalles de mármol en el Expiatorio y varias madonas. Su obra laica conocida incluye una vaca, varias lámparas y un busto de Rodolfo Valentín. Los descendientes del escultor poseen sólo cinco esculturas, comentó Carmen Gerini Gusmeri.