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Andaban como oveja sin pastor

“Vengan solos a un lugar separado... para descansar un poco”

En el reducido espacio de cinco versículos, del 30 al 34 del capítulo sexto del evangelio de San Marcos, la Palabra de Dios ofrece este domingo larga y profunda enseñanza, no sólo para los creyentes, sino para todos los hombres del siglo XXI.

El principio de la narración es el retorno feliz de los doce discípulos, contentos, comunicativos, después de haber sido agentes de la misión de anunciar que Jesús, el de Nazaret, era el Mesías por siglos esperado, que ya estaba entre ellos el Reino por Él fundado. Esa fue la Buena Nueva que ellos proclamaron, y confirmaron su palabra con maravillas que obraron en el nombre de Dios.

Pero venían cansados, y el Señor los invitó a subir a la barca y les dijo: “Vengan solos a un lugar separado... para descansar un poco”.


Toda vida humana se desenvuelve en el ritmo de extensión y comprensión, la dinámica de ir al exterior, y la otra para reflexión y quietud.

Así es el Señor; a ellos, a todos, enseñaba. Y enseñaba que para hacer el
bien no basta la acción --que puede hacerse un vicio, un activismo enfermizo y hueco--, sino que hay que alternar el dar con el recibir; que el silencio y la oración son imprescindibles en todo el apostolado; que el ministro del Señor ha de “volverse a sí mismo”; que ha de llenar su alma de fe y de amor para ir de nuevo a comunicar de comunicar a los demás sus propias vivencias interiores. Y no hablar de labios hacia afuera, sino que de la boca salga lo que abunde en el interior.

Hay una expresión gráfica: que no sean como el burro del aguador,    cargado de agua y muriéndose de fe.

Por eso los llevaba, para estar con ellos a solas, en un apartado lugar.

Fueron muchos los testigos de la incansable actitud del beato Juan Pablo II, quien tenía tiempo para los jóvenes, los adultos, los niños, los presos; en fin, para todos. Pero volvía luego para, en silencio, en oración, darle cuentas a Cristo, de quien era vicario --es decir, representante--, y pedir luz y fortaleza para volver de nuevo, a su tiempo, a la acción.

Esto pocos lo sabían, pero de allí, de su cercanía con Cristo en esas horas de quietud, sacaba el vigor y la alegría para sus largas horas de acción.

Debemos tomar en cuenta el descanso como necesidad; ha de educar al hombre en el arte de descansar. Abundan los obsesionados por la acción, por la actividad desordenada, con descuido propio, de su familia, de sus amigos, de su propia cultura y, lo más grave, con descuido de sus deberes religiosos. A esto le llaman la herejía del trabajo.

El ocio es el espacio de tiempo que el hombre, libre e inteligente, emplea en lo que gustosamente hace no con el signo del deber, sino en lo que le complace hacer para su propio bien: descanso, cultura, deporte, atención a la familia, a los amigos y a sus propias aficiones lícitas.

Muchos confunden el ocio, que es un bien, con la ociosidad, que es lo opuesto, un desperdicio de tiempo en lo inútil y pernicioso. Bien dicen que “la ociosidad es la madre de todos los vicios”.

Vio una numerosa multitud y se compadeció de ellos

     Jesús, el Buen Pastor, vio con ojos de amor a la multitud que se había reunido para verlo y escucharlo, así que cambió de idea y en vez de reunirse a solas con sus discípulos, avanzó hacia los más dignos de lástima para darles salud, consuelo, esperanza; aquellos sin rumbo en la vida, sin dirección y con riesgo de llegar con las manos vacías al final de una vida inutil... aquellos que andan vagando como ovejas sin pastor.
      En la actualidad urge hacer llegar el mensaje de amor del Hijo de Dios, a las nuevas multitudes de ovejas despistadas.

José R. Ramírez Mercado

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