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Amor total

'El amor es el eje del alma de Francisco, la razón y la fuente de su abnegación y de todas sus virtudes'

Uno de los hombres santos más conocidos y reconocidos tanto en la Iglesia como fuera de ella, es, sin duda, Francisco de Asís. Son incontables los que, a través de la historia, lo han admirado y respetado, siendo también fuente de inspiración para muchos de ellos, e incluso un gran número lo ha imitado y seguido.

Pues bien, cuando se habla de él, generalmente se pondera una de sus virtudes, la pobreza, a grado tal que se dice que ésta es lo que distingue al santo; incluso, se le menciona como el carisma de la orden franciscana.

Leyendo el libro “¿Quién eres, Francisco?” de fray Martial Lekeux o.f.m., me llamó mucho la atención lo que a continuación transcribo, ya que está en relación con la reflexión de este domingo:

“El amor es el eje del alma de Francisco, la razón y la fuente de su abnegación y de todas sus virtudes. Esencialmente y antes que nada, es el amante seráfico de Cristo (...)

El amor es, siempre, el motor de la santidad. Lo que diferencia a un santo de otro, es el aspecto particular que tomó el amor en ellos. En Francisco no hubiera bastado con la pobreza para conformar aquella maravillosa figura. La pobreza no es más que una virtud moral, relacionada con el desapego; sólo vale por su motivación. Cultivada por sí misma, lo único que puede producir sería un cátaro (persona sectaria que daba culto religioso a una extremada sencillez en las costumbres). Cristianamente, sólo puede ser una de las formas del amor: no es cimiento, sino consecuencia.

Además, el amor es el fondo mismo de la naturaleza de Francisco. Éste es,  esencialmente, corazón(...)

Por eso, en su conversión, es el amor a Cristo el que primero se apodera de él, le hace sollozar por su Pasión; sólo después viene el renunciamiento, cuando le habló el crucifijo, y no es más que prueba y confirmación del amor que lo apremia.

Y en el curso entero de su vida, es siempre el mismo amor el que lo impulsa, que motiva sus penitencias, suscita su intenso celo, origina y embellece todas sus virtudes, principalmente la pobreza. Ésta es su ‘Dama’, sí, pero su Soberano es Jesús”. Hasta aquí el texto de fray Martial Lekeux.

Jesús fue muy claro y preciso al responder a aquella pregunta de los enviados de los fariseos de la que nos habla el Evangelio de este domingo: Es o no lícito pagar el tributo al César? Jesús respondió: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Con esta respuesta, Jesús encuadra los supuestos o reales deberes hacia el César bajo el marco de los deberes hacia Dios. Al César debemos darle lo que es de él. Que sea del César, no lo dice Jesús. Los oyentes deben deducirlo. Pero sí nos dice lo que es de Dios: todo. A  Dios hay que amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas.

Nada de nuestra existencia debo sustraerlo al amor de Dios. No se trata de darle una parte de mi existencia al César y otra a Dios, sino todo el ser a Dios. Por lo tanto deberemos estar atentos a que nuestros deberes hacia el ‘César’, si es que los hay, no estén en contraposición, ni siquiera en el mismo plano que nuestros deberes hacia Dios, pues de lo contrario no creeríamos en un Dios único, sino que caeríamos en la idolatría. Seríamos enemigos de Dios, quien ha decidido reinar a favor de todos los pisoteados. Este amor total a Dios y por lo tanto al prójimo, está por encima de todo funcionamiento y toda ley. Si no se comprende muy bien esto como lo hizo Francisco de Asís, tomaremos rumbos equivocados, y hagamos lo que hagamos, los resultados serán siempre infecundos, espiritualmente hablando.

Francisco nos da la pauta. Él experimenta ese amor de Dios y su respuesta inmediata es amarlo ‘por sobre todas las cosas’, y de esa experiencia amorosa con Él, brota el ammor al prójimo y todo lo demás, como es la pobreza, la humildad, la mansedumbre y hasta la vocación al martirio.

Dios, nuestro padre, nos manda que lo amemos por sobretodo, y con todo lo que somos y tenemos: personas y cosas. Solamente lo podremos lograr, si antes nos dejamos amar por Él; es decir, si dejamos que el Espíritu Santo nos haga vivir en carne propia, como lo hizo en Francisco, la experiencia de Dios como nuestro Papá, y el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo su Hijo, para, entonces, enamorarnos de Él y dejar que nos transforme, transformando nuestro corazón, nuestra conducta y nuestro estilo de vida. De ese amor surgirá el amor a los demás, incluso a los enemigos, y entonces podremos “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx 

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