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Alegría de encontrar, tristeza de perder

El hombre siempre va por la vida con una actitud de interrogación y de búsqueda

     El niño es un manojo de preguntas que llega a fastidiar a los cercanos a él: ¿qué es? ¿para qué? ¿por qué?. Quiere saberlo todo; quiere experimentar, quiere introducirse en el mundo todavía pequeño, ese mismo que se torna más amplio en la medida de su continuo caminar.

     Los jóvenes, con el fuego de su ardiente sangre, con esa natural actitud de sentirse descubridores, de ser los primeros en el globo, se enfrascan en apasionada búsqueda curiosos de encontrar la fuente de la sabiduría y del amor.

     Creen ser los primeros y se nombran a sí mismos los abanderados de la espontaneidad, del anticonformismo, de la originalidad; se declaran revolucionarios, mas, como dijo el poeta, “acaban cantando nuestra misma canción”, la de los mayores.

     Y los hombres, esos ya en el medio día de la vida, han llegado a concluir que las verdaderas respuestas a sus inquietudes no están en esas propagandas ensordecedoras, en esos mensajes luminosos, en esas insistentes repeticiones, esas que anestesian el mensamiento. Saben distinguir el ruido al sólo llegar a la superficie, a los sentidos, mas no penetran hasta el fondo.

     El hombre siempre busca, y cómo se alegra cuando encuentra; mas al gozo del hallazgo llega, a veces, la tristeza de haber perdido el tesoro un día encontrado.

Busca los bienes no perecederos

     Si en su búsqueda el hombre se contenta sólo con lo visible, tiene --es sin duda valedero-- muchas satisfacciones. Goza porque tiene su automóvil nuevo, su casa, su jardín y otras muchas pequeñas esperanzas --esperanzas con minúscula--; y éstas, una vez satisfechas, le producen gozo.

     Pero en el fondo, todo eso es algo, mas no le deja plenamente satisfecho; quiere algo más allá de lo que alcanza su mirada y palpan sus manos.

El hombre tiene ser de infinito, porque el ser humano no es solamente los sesenta u ochenta kilogramos que registra en la báscula. Es espíritu, como Dios es espíritu, y a imagen y semejanza de su Creador llegó a la existencia y a la vida.

     Los materialistas del siglo XIX y los marxistas del siglo XX llenaron sus años en continua empresa, con una doctrina sin alma. Una nueva fe basada en el creciente conocimiento científico, en el avance prodigioso de las técnicas que ya habían superado toda creencia religiosa. Pretendían borrar la idea de Dios creador de todo cuanto existe y ordenador del cosmos, inalcanzable por la mente humana; superada esa idea por la razón, por la ciencia.

     Fue vano su empeño. Esas teorías ahora son muertas o moribundas.

Emerge en el escenario del hombre el invisible misterio de su presencia en este espacio de tiempo llamado vida, y emprende la búsqueda no de ciencia, sino de fe.

El hombre tiene necesidad de fe, como necesita el aire, el pan, el agua

     Si encuentra la fe, ha encontrado la respuesta --las muchas respuestas-- a todas las profundas interrogaciones que vaya soltando, en los acontecimientos, en las actitudes de los humanos, y las más dolorosas o gozosas, esas desde lo íntimo de su propio entendimiento, el aposento interior a donde llegan los grandes conflictos, las luchas internas, los grandes interrogantes.

     Que lo diga San Agustín, en tremenda crisis de fe durante dos para él eternos años, hasta que su bautismo puso final a sus angustias.

     Allá en secreto el hombre se pregunta: ¿Quien soy? En verdad, ¿de dónde vengo? ¿Qué estoy haciendo en este planeta? ¿Por qué y para qué la vida? ¿Qué sentido tiene tanto dolor? ¿Por qué tanta maldad y tantos crímenes? ¿Hacia dónde va mi vida? ¿Qué hay más allá? ¿En verdad llevo en mi mano el timón de mi barca? ¿Y hacia cuál puerto?

     Un escritor español, Miguel Delibes, en un gracioso cuento presenta a dos chicos trepados en un rústico puente de troncos a la hora del crepúsculo, cuando el sol, ya despidiéndose, cede el tiempo a las estrellas. Un chico le dice al compañero: “Oye, si esa estrella se cayera aquí, ¿nos mataría?”. Y le responde el otro: “No me gusta pensar en eso, porque me mareo”.

     Así en el siglo actual muchos quieren distraerse, poner mejor en otros temas su interés, porque las preguntas arriba señaladas los marean.

     Pero hay acontecimientos ineludibles: hay días para llevar, se quiera o no, el pensamiento a las preguntas trascendentes para todos, porque absolutamente todos tienen un espacio limitado en el tiempo, ese invisible elemento que todo lo arrastra.

La alegría de encontrar un tesoro: la fe

     En este decimoséptimo domingo ordinario del año, con el evangelio San Mateo presenta las últimas tres parábolas de las siete del Reino: ”El tesoro escondido y encontrado”, “La perla preciosa” y “La pesca y la selección de lo pescado”.

     El comentario a la primera de estas tres parábolas ha sido toda la reflexión.

Feliz el hombre que ha encontrado el tesoro. Dichoso para siempre el enriquecido con el regalo divino de la fe, la primera de las tres virtudes teologales; es decir las que, relacionadas directamente al Ser Supremo, conducen a Él , ponen su esperanza --segunda virtud-- de una bienaventuranza eterna, si se vive la caridad --tercera virtud-- en el amor a su Creador y amor y servicio a las más bellas criaturas, los prójimos.

     La fe es una adhesión no a algo, sino a alguien; tener fe es creer a la persona de Cristo porque nos ha merecido confianza plena: amor, entrega, revelación de Dios como Padre para seguir al Hijo, nacido para entregarse a padecer y morir, y en su muerte ser vida para todos.

     En esta civilización posmoderna caracterizada por lo fragmentario, lo efímero, la política, la economía, los espectáculos, las emociones pasajeras, parece no haber lugar para la fe, mas sin la fe no tendrá sentido la misma vida.

El hombre vive afanado buscando. Tarde o temprano sus ojos, su alma inmortal, encontrarán el tesoro. Será dichoso inmensamente el que encuentre la fe.

José R. Ramírez Mercado       

 

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