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Adviento, Dios que nos provoca a esperar desde nuestro barro

Una vez más, Dios nos vuelve a provocar, invitándonos a la esperanza. No nos resulta fácil; más aún, en momentos se antoja imposible

Una vez más, Dios nos vuelve a provocar, invitándonos a la esperanza. No nos resulta fácil; más aún, en momentos se antoja imposible. Él nos reta a esperar, no precisamente desde la bonanza o lo que sería obvio, sino desde el barro de nuestra condición humana.

Este mundo roto y fragmentado, esta historia tan dolorosa y descompuesta, la realidad de violencia y desprecio de la vida que estamos viendo en nuestro país y en la humanidad, la experiencia de nuestras miserias y carencias… retan nuestra esperanza, nos hacen gritar con más urgencia y deseo: ¡Ven, Señor Jesús!

La esperanza a la que somos convocados este Adviento, lejos de ser una experiencia “bonita” o casi “romántica”, es una experiencia que duele. Claro, es hermoso y grande vivir con esperanza, porque ello nos permite entrever caminos ahí donde parece no haber ya salidas. Pero es una vivencia ardua, porque la esperanza nace inevitablemente de la constatación de los límites, se deja sentir en lo problemático, en lo que tenemos de conflictivo, ahí donde experimentamos sufrimiento, preocupaciones, tristeza...

En medio del camino, nos encontramos inevitablemente con la sombra de los límites, los propios y los ajenos. Algunos de ellos son viejos y parece que ya se instalaron para siempre en nuestra vida. Otros son nuevos, van apareciendo en el camino. De cualquier modo, lo cierto es que se van volviendo parte inseparable de nosotros. Ahí están, no los podemos ignorar.

Nuestra condición humana es limitada, y eso impregna todo lo que hacemos y vivimos. Pero precisamente en esta experiencia podemos vivir con esperanza y de esperanza. Es más, en la medida en que esperemos nos aceptaremos tal como somos, empezaremos a ser más libres y experimentaremos poderosos dinamismos de vida que nacen dentro de nosotros.

No siempre tenemos la lucidez ni la sencillez necesarias para mirar serenamente nuestros límites. Nos cuesta descubrir y aceptar nuestro barro. Pero ahí está. Nuestra capacidad de amar es limitada, frágil, cambiadiza. Hacemos promesas que rompemos, nuestros sentimientos y nuestras decisiones son inestables. Nos cuesta la permanencia en el tiempo. Están las realidades adversas de la vida: el rostro amenazante y triste de la enfermedad, las pobrezas y vacíos de todo tipo, el sinsentido, la sensación de ineficacia de lo que hacemos, las incomunicaciones sepulcrales, nuestro lado difícil y rasposo, los traumas, nuestra poca capacidad de relación profunda... En alguna parte acaba nuestra salud, nuestra habilidad, nuestra inteligencia, nuestras energías... Nos guste o no, vamos siendo despojados de ciertas habilidades, tenemos carencias de todo tipo. Se van acabando los bríos juveniles, la capacidad de soñar se nos puede romper o amortiguar...

Se me antoja pensar que Adviento es tiempo de mirar serenamente nuestros propios límites y miserias. Porque ellos no son necesariamente un obstáculo insalvable para construir el Reino de Dios y, por tanto, tampoco para la esperanza. Más aún, nuestras miserias pueden ser oportunidad privilegiada para la esperanza, para abrirnos a Dios. En nuestra debilidad puede realizarse la fuerza de Dios (2 Cor 12,9). «Cuando yo soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10). En medio de las máximas dificultades, «aprendí a no confiar en mí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos» (2 Cor 1,9).

La esperanza tiene que ver con la aceptación de nuestro barro. San Pablo tuvo una profunda experiencia de esta realidad. Como él, estamos llamados a hacer un camino que va desde conocer, reconocer, aceptar y aun celebrar nuestros límites. «Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad... Con mucho gusto presumiré, si acaso, de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza del Mesías... Cuando soy débil, entonces soy fuerte...» (2 Cor 12, 9-10).

Sólo poniendo nuestra esperanza en Dios descubriremos una nueva libertad, la de caminar con nuestros límites al sol, no con amarguras ni resentimientos, sino con la alegría de llevar el tesoro en la pobre vasija que Dios ha querido que esté.

Adviento es creer que desde el misterio de nuestra debilidad, Dios puede hacer entrar por nuestras paredes resquebrajadas una luz nueva. A través de nuestras heridas Dios puede hacer maravillas, puede utilizar nuestra vasija de arcilla para hacer llegar sus tesoros a muchos otros.

Qué consolador es saber que somos amados como somos, no como pensamos que debiéramos ser. Podemos sentir la mirada de Dios, que se posa con cariño sobre nosotros, como la sintió María y la cantó en el Magnificat (Lc 1,48) y como la sintió Jesús en el bautismo (Lc 3,22).

Qué liberador es descubrir que no tenemos nada que esconder. Adviento podría ser una buena oportunidad para recordar lo que de sobra sabemos pero parece que olvidamos: somos amados como realmente somos. Todo encuentro auténtico con Dios es así, es la experiencia de que Él nos acepta como somos, y ése el fundamento de nuestra aceptación y de nuestra esperanza. Así debieron sentir muchos pecadores, pobres y enfermos la mirada de Jesús. Así sintió María la mirada del Padre: «mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora» (Lc 1, 47-48). Nos permitimos entonces sentir el miedo, la tristeza, el dolor de las heridas pasadas, la impotencia. Y nos alegramos de ser amados desde lo más profundo de nuestras miserias.

La esperanza es, entre otras cosas, abandono y confianza en Dios, que se goza en hacer cosas grandes a través de nuestra misma limitación. Por la historia de la salvación sabemos que Dios se complace en expresarse a través de nuestro barro limitado; todo sirve si lo ponemos en sus manos. Cuántas veces hemos visto asombrados cómo a través de nuestras limitaciones y miserias pasa hacia los demás su gracia, su vida, su amor que es siempre más grande que nosotros.

Desde el corazón mismo de nuestros límites y barro dejemos que la esperanza se haga súplica apremiante. ¡Ven, Señor Jesús! Un amor y una esperanza demasiado grandes nos habitan, y nos impiden callar. Levantamos nuestros ojos de la tierra y buscamos en lo alto, esperando su misericordia. Suspiramos por la alegría perfecta de un amor sin fin. Queremos una paz que nada pueda alterar, que no tenga tregua jamás. Pero en este tiempo de pobreza y de sed, en este desierto en donde todo nos parece oscuro, los hombres vagamos perdidos, como en un túnel sin salida, prisioneros del hacer y del tener, de las palabras que se han vuelto vacías.

Desde siempre llevamos en el alma un deseo insatisfecho de plenitud. Nos queda en el fondo del corazón el ansia de lo infinito y nos afanamos por seguir buscándolo. Pero parece innegable que hay un eclipse de la esperanza en nuestro mundo. Y no es que ya los hombres no esperen. De hecho, no podemos dejar de esperar. Sin embargo, a la esperanza resistente, sólida, característica del cristiano, parece que ha venido a sustituirla una serie de esperanzas triviales, como la esperanza del éxito material, de la fama, del prestigio, del bienestar económico, de la moda, del placer fácil y sin compromiso, o esas esperanzas inmediatas que tan hábil y eficazmente logran suscitar en nosotros los medios masivos de información. No hay duda: nuestra sociedad sabe divertirse, pero muchas veces desconoce la verdadera alegría. Y son muchos los que caminan engañados, embriagados de diversiones vacías, ciegos por el falso resplandor de la noche, seducidos de luces fugitivas. Por eso, en estos tiempos recios que corren, tantos sucumben. Tienen esperanzas, pero no son resistentes a la adversidad.

¡Ven, Señor Jesús! Desde nuestra condición necesitada la súplica se hace más urgente. Y más verdadera. Nada da tanta certeza como el deseo. La esperanza nos hace clamar por su salvación. Nuestro deseo de Dios aumenta en la medida en que nos hacemos conscientes de nuestra indigencia.

Desde nuestra profunda pobreza personal, desde nuestro mundo dolorido y angustiado, desde la realidad de nuestra Iglesia marcada por sus tantas llagas e incoherencias, desde nuestro país convulsionado por la inseguridad y violencia, por miserias y carencias de todo tipo, dejemos que surja con vehemencia la oración del Adviento (que como sabemos, es más actitud que tiempo):

¡Ven, Señor Jesús!

Dios te bendiga, y que la esperanza te mantenga alegre, este tiempo anterior a la Navidad y siempre. Te mando un abrazo cariñoso,

J. Marcos Alba, msps

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