Suplementos
Acerca de la Santidad
El 1 de Noviembre de 2006, S.S. el Papa Benedicto XVI afirmó en su homilía que “la infelicidad consiste en vivir lejos de Dios. Por eso, felicidad y santidad se convierten en sinónimos”
Tercera parte
El 1 de Noviembre de 2006, S.S. el Papa Benedicto XVI afirmó en su homilía que “la infelicidad consiste en vivir lejos de Dios. Por eso, felicidad y santidad se convierten en sinónimos”. El Papa hizo recordar que “los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una multitud sin número…”, y que en tal muchedumbre “no sólo están representados los santos oficialmente reconocidos, sino los bautizados de todas las épocas y naciones, que han intentado cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina”.
Surge entonces la pregunta: ¿cómo podemos convertirnos en santos, en amigos de Dios? La primera respuesta la proporciona Benedicto XVI en su misma homilía: “Para ser santos no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales… es necesario ante todo escuchar a Jesús y después seguirle, sin desalentarse ante las dificultades”,
La segunda respuesta la da San Pablo, cuando enseña que el camino de la santidad es el amor a Dios y al prójimo puesto en práctica, siguiendo el ejemplo de N. S. Jesucristo: “Ustedes deben ambicionar los mejores dones. Voy a enseñarles un camino mucho mejor” (1Cor 12, 31), y anuncia todo lo que es el amor de Dios, la caridad perfecta, contenida en el capítulo 13 de su primera carta a los Corintios.
Así, aspirar a la santidad es vivir para Dios, cumplir su voluntad y reconocer las propias limitaciones del ser humano. Una forma de tomar consciencia de que se está en el camino de la santidad, es poder decir de corazón: “somos servidores inútiles, porque no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación” (Lc 17, 10), y cada vez tratar de llegar más lejos y realizar más de lo que nuestro simple deber indica.
De estas dos respuestas, es claro que avanzar en el camino de la santidad requiere que nuestra fe evolucione hasta llegar a una fe adulta, o, mejor todavía, a una fe madura. Esta es, quizás, la razón por la que con frecuencia se observa que son pocos quienes buscan la santidad, aunque lo único importante es la pregunta: “¿por qué no soy YO un santo?”. Si es el caso, responder a tal pregunta es simple: porque serlo requiere un amor hecho sacrificio (Cfr. 1Cor 13).
Esto lo podemos entender todos y todas a nivel intelectual, pero no es fácil llevarlo a la práctica en la vida diaria. Es más fácil y confortable seguir viviendo según el mundo y la carne, porque creemos que es imperativa la auto-preservación del ego y el deseo de evitar todo tipo de sufrimiento. Muy humano. No obstante, la lucha diaria contra la soberbia y el dar sentido a los sufrimientos cambian radicalmente el panorama, puesto que de acuerdo con Benedicto XVI, “los santos no son personas que nunca han cometido errores ni pecados, sino quienes se arrepienten y reconcilian”. Podemos caer, pero el camino de la santidad nos indica que hay que levantarse y volver a intentar una y otra vez hasta que lo logremos, de acuerdo con el espíritu paulino, que nos exhorta diciendo que busquemos “afanosamente la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” (Heb 12, 14). Nuevamente, sólo cuando nuestra fe sea madura lograremos alcanzar el éxito en esta empresa.
La fiesta de todos los santos se celebra porque la Iglesia no puede contar la cantidad de ellos; como se lee en el libro del Apocalipsis (7, 9): “vi aparecer una gran muchedumbre que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”, y aunque son innumerables, la Iglesia sólo considera para su canonización a unos pocos, a quienes por su vida dan ejemplo y muestran que es posible, aquí y ahora, tomar la cruz de cada día y seguir a Jesús hacia la santidad. Así, al venerar –que no es lo mismo que adorar– a los santos canonizados, expresamos la doctrina de la comunión de los santos, que enseña que la muerte no rompe los lazos que unen a los cristianos en Cristo.
Todos estamos llamados ser santos y formar parte de la muchedumbre a la que se refiere el Apocalipsis. La conversión, la renuncia que invita a despojarnos del egoísmo y la soberbia, son el camino más seguro que permiten vivir las bienaventuranzas. Después de todo, no hay sino una sola desgracia: la de no ser santos. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
El 1 de Noviembre de 2006, S.S. el Papa Benedicto XVI afirmó en su homilía que “la infelicidad consiste en vivir lejos de Dios. Por eso, felicidad y santidad se convierten en sinónimos”. El Papa hizo recordar que “los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una multitud sin número…”, y que en tal muchedumbre “no sólo están representados los santos oficialmente reconocidos, sino los bautizados de todas las épocas y naciones, que han intentado cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina”.
Surge entonces la pregunta: ¿cómo podemos convertirnos en santos, en amigos de Dios? La primera respuesta la proporciona Benedicto XVI en su misma homilía: “Para ser santos no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales… es necesario ante todo escuchar a Jesús y después seguirle, sin desalentarse ante las dificultades”,
La segunda respuesta la da San Pablo, cuando enseña que el camino de la santidad es el amor a Dios y al prójimo puesto en práctica, siguiendo el ejemplo de N. S. Jesucristo: “Ustedes deben ambicionar los mejores dones. Voy a enseñarles un camino mucho mejor” (1Cor 12, 31), y anuncia todo lo que es el amor de Dios, la caridad perfecta, contenida en el capítulo 13 de su primera carta a los Corintios.
Así, aspirar a la santidad es vivir para Dios, cumplir su voluntad y reconocer las propias limitaciones del ser humano. Una forma de tomar consciencia de que se está en el camino de la santidad, es poder decir de corazón: “somos servidores inútiles, porque no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación” (Lc 17, 10), y cada vez tratar de llegar más lejos y realizar más de lo que nuestro simple deber indica.
De estas dos respuestas, es claro que avanzar en el camino de la santidad requiere que nuestra fe evolucione hasta llegar a una fe adulta, o, mejor todavía, a una fe madura. Esta es, quizás, la razón por la que con frecuencia se observa que son pocos quienes buscan la santidad, aunque lo único importante es la pregunta: “¿por qué no soy YO un santo?”. Si es el caso, responder a tal pregunta es simple: porque serlo requiere un amor hecho sacrificio (Cfr. 1Cor 13).
Esto lo podemos entender todos y todas a nivel intelectual, pero no es fácil llevarlo a la práctica en la vida diaria. Es más fácil y confortable seguir viviendo según el mundo y la carne, porque creemos que es imperativa la auto-preservación del ego y el deseo de evitar todo tipo de sufrimiento. Muy humano. No obstante, la lucha diaria contra la soberbia y el dar sentido a los sufrimientos cambian radicalmente el panorama, puesto que de acuerdo con Benedicto XVI, “los santos no son personas que nunca han cometido errores ni pecados, sino quienes se arrepienten y reconcilian”. Podemos caer, pero el camino de la santidad nos indica que hay que levantarse y volver a intentar una y otra vez hasta que lo logremos, de acuerdo con el espíritu paulino, que nos exhorta diciendo que busquemos “afanosamente la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” (Heb 12, 14). Nuevamente, sólo cuando nuestra fe sea madura lograremos alcanzar el éxito en esta empresa.
La fiesta de todos los santos se celebra porque la Iglesia no puede contar la cantidad de ellos; como se lee en el libro del Apocalipsis (7, 9): “vi aparecer una gran muchedumbre que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”, y aunque son innumerables, la Iglesia sólo considera para su canonización a unos pocos, a quienes por su vida dan ejemplo y muestran que es posible, aquí y ahora, tomar la cruz de cada día y seguir a Jesús hacia la santidad. Así, al venerar –que no es lo mismo que adorar– a los santos canonizados, expresamos la doctrina de la comunión de los santos, que enseña que la muerte no rompe los lazos que unen a los cristianos en Cristo.
Todos estamos llamados ser santos y formar parte de la muchedumbre a la que se refiere el Apocalipsis. La conversión, la renuncia que invita a despojarnos del egoísmo y la soberbia, son el camino más seguro que permiten vivir las bienaventuranzas. Después de todo, no hay sino una sola desgracia: la de no ser santos. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx