Suplementos
Abuelos y nietos en la familia y el mundo
La vida de los niños es incompleta sin la presencia y la influencia de los abuelos
Hay una teoría que dice que los extremos tienden siempre a tocarse. Lo vemos también en la vida de los seres humanos, en donde los mayores o ancianos y los pequeños encuentran un acercamiento y una afinidad muy especial. A pesar de que en algún desafortunado momento alguien, de esos que creen saberlo todo y que creen saber organizar las cosas en forma muy lógica y efectiva, se inventó la teoría, también bastante desafortunada, de que el gran problema que sufre nuestro mundo es “la lucha de generaciones”.
¡Mentira! Lo cierto es que Dios quiso dar a cada persona una familia para que en ella empezara a vivir y aprendiera a desarrollarse.
En cada familia cada uno tiene una función definida y bien delimitada, en cada etapa que le está tocando vivir.
Lo cierto es que vemos buenas familias, en donde se da la convivencia entre niños, jóvenes, adultos y viejos con una armonía maravillosa.
Y lo más encantador es ver esa especie de complicidad, de sano entendimiento, de comprensión, de afecto y de verdadero cariño entre abuelos y nietos. Si nos pusiéramos a citar ejemplos, los hay por cientos y millares, donde podemos apreciar bien esa realidad tan fascinante.
Por eso en un día en que hemos reflexionado seriamente en la mayoría de edad, nos hemos dado cuenta de que los abuelos son necesarios en la familia para el buen funcionamiento de la misma, pero sobre todo para el sano crecimiento de los que empiezan a caminar por la vida.
Ellos, los mayores, sí entienden perfectamente las palabras de Jesús cuando decía: “dejen que los niños se acerquen a mí”. Y sin duda también entienden aquello de que “si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos”.
Los mayores lo entienden, lo saben porque lo viven y lo llevan a la práctica, pero hay una etapa de los adultos en que la mente se les ofusca y no quieren verlo.
Todo esto concuerda perfectamente con las enseñanzas que nos da el Evangelio que leemos en la liturgia de este día, la cual nos habla de ubicarse en el lugar del más pequeño, porque es allí donde se descubre la verdadera grandeza.
El abuelo que ha logrado esa sana complicidad con el nieto, que se sabe preferido, que reconoce la influencia benéfica que sus años le dan, vive la etapa más feliz de su vida. Es la plenitud cuando se cosecha el fruto abundante de aquello que se sembró a lo largo de la vida.
La vida de los niños es incompleta sin la presencia y la influencia de los abuelos. Es allí donde los extremos empiezan a tocarse, y donde se descubren realidades muy profundas que muchas veces los adultos, metidos en su mundo de frivolidades y de negocios, de competencias y de apariencias, no siempre alcanzan a entender.
Si miráramos con los ojos de Dios la forma tan sabia como Él estableció la creación, de cómo organizó este mundo, seríamos los seres más felices.
Porque todos necesitamos ver el ejemplo de los que nos precedieron, porque todos necesitamos afianzar nuestro sentido de pertenencia; pero muchas veces preferimos pagar para que nos acepten en algún club o en un gremio, que cultivar la asociación natural, donde las cosas se dan lógicamente. Es verdaderamente importante recuperar el sentido de familia, si queremos sanar a nuestro mundo de tantos males que le aquejan.
Mirar a los niños y a los ancianos es una lección vital que no debemos olvidar ni desaprovechar; es un verdadero tesoro que estamos desaprovechando y negamos a las nuevas generaciones la oportunidad de aprender la sabiduría escondida en la experiencia de los mayores. Cosa que no siempre reconocen abierta y conscientemente, pero que es innegable que van acumulando en el corazón, y llega un momento en la vida que aquello sale a flote y les ayuda mucho más que todo lo aprendido en cualqier escuela o universidad.
Por todo esto y mucho más, hoy podemos meditar en dónde se puede encontrar la verdadera grandeza que nos enseña Jesús.
María Belén Sánchez fsp
¡Mentira! Lo cierto es que Dios quiso dar a cada persona una familia para que en ella empezara a vivir y aprendiera a desarrollarse.
En cada familia cada uno tiene una función definida y bien delimitada, en cada etapa que le está tocando vivir.
Lo cierto es que vemos buenas familias, en donde se da la convivencia entre niños, jóvenes, adultos y viejos con una armonía maravillosa.
Y lo más encantador es ver esa especie de complicidad, de sano entendimiento, de comprensión, de afecto y de verdadero cariño entre abuelos y nietos. Si nos pusiéramos a citar ejemplos, los hay por cientos y millares, donde podemos apreciar bien esa realidad tan fascinante.
Por eso en un día en que hemos reflexionado seriamente en la mayoría de edad, nos hemos dado cuenta de que los abuelos son necesarios en la familia para el buen funcionamiento de la misma, pero sobre todo para el sano crecimiento de los que empiezan a caminar por la vida.
Ellos, los mayores, sí entienden perfectamente las palabras de Jesús cuando decía: “dejen que los niños se acerquen a mí”. Y sin duda también entienden aquello de que “si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos”.
Los mayores lo entienden, lo saben porque lo viven y lo llevan a la práctica, pero hay una etapa de los adultos en que la mente se les ofusca y no quieren verlo.
Todo esto concuerda perfectamente con las enseñanzas que nos da el Evangelio que leemos en la liturgia de este día, la cual nos habla de ubicarse en el lugar del más pequeño, porque es allí donde se descubre la verdadera grandeza.
El abuelo que ha logrado esa sana complicidad con el nieto, que se sabe preferido, que reconoce la influencia benéfica que sus años le dan, vive la etapa más feliz de su vida. Es la plenitud cuando se cosecha el fruto abundante de aquello que se sembró a lo largo de la vida.
La vida de los niños es incompleta sin la presencia y la influencia de los abuelos. Es allí donde los extremos empiezan a tocarse, y donde se descubren realidades muy profundas que muchas veces los adultos, metidos en su mundo de frivolidades y de negocios, de competencias y de apariencias, no siempre alcanzan a entender.
Si miráramos con los ojos de Dios la forma tan sabia como Él estableció la creación, de cómo organizó este mundo, seríamos los seres más felices.
Porque todos necesitamos ver el ejemplo de los que nos precedieron, porque todos necesitamos afianzar nuestro sentido de pertenencia; pero muchas veces preferimos pagar para que nos acepten en algún club o en un gremio, que cultivar la asociación natural, donde las cosas se dan lógicamente. Es verdaderamente importante recuperar el sentido de familia, si queremos sanar a nuestro mundo de tantos males que le aquejan.
Mirar a los niños y a los ancianos es una lección vital que no debemos olvidar ni desaprovechar; es un verdadero tesoro que estamos desaprovechando y negamos a las nuevas generaciones la oportunidad de aprender la sabiduría escondida en la experiencia de los mayores. Cosa que no siempre reconocen abierta y conscientemente, pero que es innegable que van acumulando en el corazón, y llega un momento en la vida que aquello sale a flote y les ayuda mucho más que todo lo aprendido en cualqier escuela o universidad.
Por todo esto y mucho más, hoy podemos meditar en dónde se puede encontrar la verdadera grandeza que nos enseña Jesús.
María Belén Sánchez fsp