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A un paso del poder
En un Estados Unidos poco paritario, otras mujeres abrieron camino a Hillary Clinton
GUADALAJARA, JALISCO (12/JUN/2016).- Hillary Clinton ha logrado ser la primera mujer candidata presidencial de uno de los dos grandes partidos estadounidenses, pero muchas labraron antes ese camino en un país poco paritario cuando se trata de cargos políticos.
Después de notables casos aislados de mujeres que durante el siglo XX fueron pioneras al alcanzar el Gobierno de sus países, como la israelí Golda Meir, la india Indira Gandhi o la islandesa Vigdís Finnbogadóttir, hoy por hoy la elección de mujeres es normal en medio mundo, como pueden testificar Alemania, Dinamarca, Chile, Brasil, Liberia o Corea del Sur.
La primera economía mundial sigue rezagada en lo que respecta a igualdad en puestos electos y ocupa, según datos de la Unión Interpalamentaria, el puesto 97 mundial en porcentaje de mujeres legisladoras, con un 20%, muy por detrás de países como España (40%) o los líderes en este ránking: Bolivia y Ruanda, con el 50 por ciento.
El camino que Clinton ha iniciado en Estados Unidos, y que podría culminar con la elección presidencial el 8 de noviembre, comenzó en 1874 cuando Victoria Woodhull se presentó a la Presidencia por el Partido de la Igualdad de Derechos.
Hace casi 140 años, Woodhull tuvo la osadía de presentarse a unas elecciones en las que no podía ni votar por sí misma, ya que el sufragio femenino no fue garantizado por la Constitución estadounidense hasta 1920.
Woodhull, que se convirtió en la primera propietaria de acciones en Wall Street años antes, denunció en su campaña la esclavitud sexual de la mujer y la falta de libertad para determinar su futuro en asuntos como el divorcio.
Encarcelada tres días antes de los comicios por “indecencia” en su encendida defensa de la igualdad ante el hombre blanco, fue condenada al ostracismo.
En las décadas posteriores varias fueron las mujeres que intentaron asumir posiciones de responsabilidad política, algo que al principio solía recaer en esposas de senadores fallecidos.
En 1964, Margaret Chase Smith fue la primera mujer en aspirar a la candidatura presidencial por un gran partido cuando se presentó a la primarias por el Partido Republicano, de las que se retiró.
Shirley Chisholm abrió ese mismo camino en 1972 en las primarias demócratas, con el añadido de ser la primera afroamericana que buscaba la nominación presencial en una convención de uno de los grandes partidos, donde consiguió más de 150 delegados.
Desde entonces, varias mujeres exploraron sus opciones presidenciales en partidos minoritarios y en las presidenciales de este año ya hay dos candidatas oficiales a la Casa Blanca: Jill Stein, del Partido Verde, y Gloria La Riva, del Partido por el Socialismo y la Liberación.
Pero hasta la llegada de Clinton ninguna mujer se había proclamado (a la espera de que lo confirme la convención del partido el próximo mes) como candidata presidencial de una de las formaciones de este sistema bipartidista.
Una de las pioneras en buscar la nominación demócrata, Patricia Schroeder, quien lo intentó en 1988, comentaba esta semana la importancia simbólica del paso dado por Clinton para convertirse en la primera mujer presidenta de Estados Unidos.
“La Casa Blanca era la última barrera que mantenía el cartel de ‘no se permiten mujeres’ y vamos a acabar con eso (...) No sé por qué hemos tardado tanto. Puede que se deba a la falta de una tradición como la de las monarcas mujeres”, señalaba Schroeder en entrevista con MSNBC.
Sea como fuere, Estados Unidos progresa muy lentamente en la elección de mujeres a puestos de alta responsabilidad política.
De los 50 estados, sólo seis están gobernados por mujeres; mientras que los Legislativos estatales mantienen mejores porcentajes de participación femenina que el Congreso federal, donde sólo un quinto son mujeres.
Pese a todo, las cosas parecen condenadas a cambiar, especialmente en un Congreso dividido desde 2010 en el que las legisladoras de ambos partidos han demostrado ser las mejores constructoras de consenso e incluso las más trabajadoras.
En la gran nevada del pasado enero, que obligó al cierre de gran parte de las oficinas de Washington, pasó relativamente desapercibido que cuando muchos disfrutaban de un día tácito de vacaciones, todos los que acudieron a sus puestos de trabajo en el Congreso pese al temporal eran mujeres.
“Permítanme darles un poco de perspectiva histórica. Si echan un vistazo a esta Cámara verán que la sesión la preside una mujer, que las parlamentarias son todas mujeres, que las ujieres son todas mujeres. Esto no estaba planeado, pero algo ha cambiado esta mañana y a mí me parece fabuloso”, se regodeaba la senadora republicana Lisa Murkowski.
De feroces competidores a grandes amigos
En 2008 fueron “feroces competidores” y ahora son “grandes amigos”, en palabras de la virtual candidata demócrata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, que tiene ya de su lado el apoyo y la popularidad del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, para reforzar su campaña electoral.
Hace casi ocho años, el 7 de junio de 2008, la entonces senadora Clinton decía adiós a una larga contienda en la que partió como favorita para lograr la nominación demócrata y fue sorprendida, como casi todos, por un fenómeno llamado Barack Obama.
“Trabajaré con todo mi corazón para asegurar que Barack Obama sea nuestro próximo presidente”, prometió ese día Clinton ante unas dos mil personas en el National Building Museum de Washington.
Atrás quedaba una dura campaña, una feroz competición entre ambos, con duros ataques de Clinton a la inexperiencia de Obama, sobre todo en política exterior, ante los que el entonces senador por Illinois respondió cuestionando el apoyo de su rival a la guerra de Irak.
Fue en la Convención Demócrata de agosto de 2008 en Denver (Colorado) cuando los Clinton (Hillary y el expresidente Bill) enterraron definitivamente el hacha de guerra y tendieron la mano a Obama.
En diciembre de 2008, ya como presidente electo de Estados Unidos, Obama nominó a Clinton para ser su secretaria de Estado y entonces se refirió a ella como una “gran amiga” con la que, según dijo, compartía la opinión de mantener la seguridad nacional mediante una combinación del poderío militar y la capacidad diplomática.
“Será una secretaria de Estado sobresaliente. Si yo no lo creyera, no le habría ofrecido el puesto, y si ella no creyera que tengo las cualidades necesarias para ser presidente no lo habría aceptado”, argumentó entonces Obama.
Clinton fue la jefa de la diplomacia estadounidense hasta comienzos de 2013 y pasarán a la historia imágenes como la de ella, con la mano en la boca y cara de preocupación, junto a Obama en la Situation Room (sala de crisis) de la Casa Blanca mientras recibían información en tiempo real de la operación que acabó con la vida de Osama Bin Laden en mayo de 2011.
“Estoy con ella”, dijo esta semana Obama en un video con el que anunció oficialmente su respaldo a la candidatura presidencial de Clinton.
En ese video, Obama no escatima elogios hacia la primera mujer con opciones de convertirse en presidenta de Estados Unidos y comenta que, a su juicio, no ha habido nunca “alguien tan cualificado” como ella para ocupar el cargo de mayor responsabilidad del país.
“Sé lo difícil que puede ser este trabajo, es por eso que sé que Hillary será tan buena”, subraya Obama, para quien la ex primera dama posee “el coraje, la compasión y el corazón” para ejercer la presidencia.
Ya en abril de 2015, un día antes de que Clinton lanzara formalmente su segunda campaña hacia la Casa Blanca, Obama dejó clara su opinión.
“Ella fue una candidata formidable en 2008, un gran apoyo para mí en las elecciones, una espectacular secretaria de Estado y es mi amiga. Creo que sería una excelente presidenta”, comentó entonces desde Panamá, donde asistió a la VII Cumbre de las Américas.
Según el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, Obama “está deseando” volver a hacer campaña. Se estrenará el próximo miércoles, junto a Clinton, con un mitin en Green Bay (Wisconsin).
En contraste con la histórica impopularidad que persigue sondeo tras sondeo a Clinton y a su casi seguro rival republicano en las elecciones de noviembre, Donald Trump, la aprobación a Obama roza actualmente el 50% y está en los mejores niveles de su segundo mandato.
De acuerdo con los datos de la firma Gallup, donde más ha crecido la popularidad de Obama desde mayo pasado es entre los hispanos, las mujeres, los menores de 30 años y aquellos que, en cuanto a ideología política, se identifican como independientes.
La debilidad de Clinton entre los independientes y los jóvenes ha quedado patente durante la larga contienda por la nominación frente al senador Bernie Sanders, por lo que una de las principales tareas de Obama en la campaña será convencer a esos votantes de que no hay mejor inquilino para la Casa Blanca que su “gran amiga”.
Después de notables casos aislados de mujeres que durante el siglo XX fueron pioneras al alcanzar el Gobierno de sus países, como la israelí Golda Meir, la india Indira Gandhi o la islandesa Vigdís Finnbogadóttir, hoy por hoy la elección de mujeres es normal en medio mundo, como pueden testificar Alemania, Dinamarca, Chile, Brasil, Liberia o Corea del Sur.
La primera economía mundial sigue rezagada en lo que respecta a igualdad en puestos electos y ocupa, según datos de la Unión Interpalamentaria, el puesto 97 mundial en porcentaje de mujeres legisladoras, con un 20%, muy por detrás de países como España (40%) o los líderes en este ránking: Bolivia y Ruanda, con el 50 por ciento.
El camino que Clinton ha iniciado en Estados Unidos, y que podría culminar con la elección presidencial el 8 de noviembre, comenzó en 1874 cuando Victoria Woodhull se presentó a la Presidencia por el Partido de la Igualdad de Derechos.
Hace casi 140 años, Woodhull tuvo la osadía de presentarse a unas elecciones en las que no podía ni votar por sí misma, ya que el sufragio femenino no fue garantizado por la Constitución estadounidense hasta 1920.
Woodhull, que se convirtió en la primera propietaria de acciones en Wall Street años antes, denunció en su campaña la esclavitud sexual de la mujer y la falta de libertad para determinar su futuro en asuntos como el divorcio.
Encarcelada tres días antes de los comicios por “indecencia” en su encendida defensa de la igualdad ante el hombre blanco, fue condenada al ostracismo.
En las décadas posteriores varias fueron las mujeres que intentaron asumir posiciones de responsabilidad política, algo que al principio solía recaer en esposas de senadores fallecidos.
En 1964, Margaret Chase Smith fue la primera mujer en aspirar a la candidatura presidencial por un gran partido cuando se presentó a la primarias por el Partido Republicano, de las que se retiró.
Shirley Chisholm abrió ese mismo camino en 1972 en las primarias demócratas, con el añadido de ser la primera afroamericana que buscaba la nominación presencial en una convención de uno de los grandes partidos, donde consiguió más de 150 delegados.
Desde entonces, varias mujeres exploraron sus opciones presidenciales en partidos minoritarios y en las presidenciales de este año ya hay dos candidatas oficiales a la Casa Blanca: Jill Stein, del Partido Verde, y Gloria La Riva, del Partido por el Socialismo y la Liberación.
Pero hasta la llegada de Clinton ninguna mujer se había proclamado (a la espera de que lo confirme la convención del partido el próximo mes) como candidata presidencial de una de las formaciones de este sistema bipartidista.
Una de las pioneras en buscar la nominación demócrata, Patricia Schroeder, quien lo intentó en 1988, comentaba esta semana la importancia simbólica del paso dado por Clinton para convertirse en la primera mujer presidenta de Estados Unidos.
“La Casa Blanca era la última barrera que mantenía el cartel de ‘no se permiten mujeres’ y vamos a acabar con eso (...) No sé por qué hemos tardado tanto. Puede que se deba a la falta de una tradición como la de las monarcas mujeres”, señalaba Schroeder en entrevista con MSNBC.
Sea como fuere, Estados Unidos progresa muy lentamente en la elección de mujeres a puestos de alta responsabilidad política.
De los 50 estados, sólo seis están gobernados por mujeres; mientras que los Legislativos estatales mantienen mejores porcentajes de participación femenina que el Congreso federal, donde sólo un quinto son mujeres.
Pese a todo, las cosas parecen condenadas a cambiar, especialmente en un Congreso dividido desde 2010 en el que las legisladoras de ambos partidos han demostrado ser las mejores constructoras de consenso e incluso las más trabajadoras.
En la gran nevada del pasado enero, que obligó al cierre de gran parte de las oficinas de Washington, pasó relativamente desapercibido que cuando muchos disfrutaban de un día tácito de vacaciones, todos los que acudieron a sus puestos de trabajo en el Congreso pese al temporal eran mujeres.
“Permítanme darles un poco de perspectiva histórica. Si echan un vistazo a esta Cámara verán que la sesión la preside una mujer, que las parlamentarias son todas mujeres, que las ujieres son todas mujeres. Esto no estaba planeado, pero algo ha cambiado esta mañana y a mí me parece fabuloso”, se regodeaba la senadora republicana Lisa Murkowski.
De feroces competidores a grandes amigos
En 2008 fueron “feroces competidores” y ahora son “grandes amigos”, en palabras de la virtual candidata demócrata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, que tiene ya de su lado el apoyo y la popularidad del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, para reforzar su campaña electoral.
Hace casi ocho años, el 7 de junio de 2008, la entonces senadora Clinton decía adiós a una larga contienda en la que partió como favorita para lograr la nominación demócrata y fue sorprendida, como casi todos, por un fenómeno llamado Barack Obama.
“Trabajaré con todo mi corazón para asegurar que Barack Obama sea nuestro próximo presidente”, prometió ese día Clinton ante unas dos mil personas en el National Building Museum de Washington.
Atrás quedaba una dura campaña, una feroz competición entre ambos, con duros ataques de Clinton a la inexperiencia de Obama, sobre todo en política exterior, ante los que el entonces senador por Illinois respondió cuestionando el apoyo de su rival a la guerra de Irak.
Fue en la Convención Demócrata de agosto de 2008 en Denver (Colorado) cuando los Clinton (Hillary y el expresidente Bill) enterraron definitivamente el hacha de guerra y tendieron la mano a Obama.
En diciembre de 2008, ya como presidente electo de Estados Unidos, Obama nominó a Clinton para ser su secretaria de Estado y entonces se refirió a ella como una “gran amiga” con la que, según dijo, compartía la opinión de mantener la seguridad nacional mediante una combinación del poderío militar y la capacidad diplomática.
“Será una secretaria de Estado sobresaliente. Si yo no lo creyera, no le habría ofrecido el puesto, y si ella no creyera que tengo las cualidades necesarias para ser presidente no lo habría aceptado”, argumentó entonces Obama.
Clinton fue la jefa de la diplomacia estadounidense hasta comienzos de 2013 y pasarán a la historia imágenes como la de ella, con la mano en la boca y cara de preocupación, junto a Obama en la Situation Room (sala de crisis) de la Casa Blanca mientras recibían información en tiempo real de la operación que acabó con la vida de Osama Bin Laden en mayo de 2011.
“Estoy con ella”, dijo esta semana Obama en un video con el que anunció oficialmente su respaldo a la candidatura presidencial de Clinton.
En ese video, Obama no escatima elogios hacia la primera mujer con opciones de convertirse en presidenta de Estados Unidos y comenta que, a su juicio, no ha habido nunca “alguien tan cualificado” como ella para ocupar el cargo de mayor responsabilidad del país.
“Sé lo difícil que puede ser este trabajo, es por eso que sé que Hillary será tan buena”, subraya Obama, para quien la ex primera dama posee “el coraje, la compasión y el corazón” para ejercer la presidencia.
Ya en abril de 2015, un día antes de que Clinton lanzara formalmente su segunda campaña hacia la Casa Blanca, Obama dejó clara su opinión.
“Ella fue una candidata formidable en 2008, un gran apoyo para mí en las elecciones, una espectacular secretaria de Estado y es mi amiga. Creo que sería una excelente presidenta”, comentó entonces desde Panamá, donde asistió a la VII Cumbre de las Américas.
Según el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, Obama “está deseando” volver a hacer campaña. Se estrenará el próximo miércoles, junto a Clinton, con un mitin en Green Bay (Wisconsin).
En contraste con la histórica impopularidad que persigue sondeo tras sondeo a Clinton y a su casi seguro rival republicano en las elecciones de noviembre, Donald Trump, la aprobación a Obama roza actualmente el 50% y está en los mejores niveles de su segundo mandato.
De acuerdo con los datos de la firma Gallup, donde más ha crecido la popularidad de Obama desde mayo pasado es entre los hispanos, las mujeres, los menores de 30 años y aquellos que, en cuanto a ideología política, se identifican como independientes.
La debilidad de Clinton entre los independientes y los jóvenes ha quedado patente durante la larga contienda por la nominación frente al senador Bernie Sanders, por lo que una de las principales tareas de Obama en la campaña será convencer a esos votantes de que no hay mejor inquilino para la Casa Blanca que su “gran amiga”.