Cuerpos novelescos

Los escritores van poniendo en sus libros todo lo que les rodea y añaden lo que llevan dentro, en total van dejando en el papel un mundo: datos, hechos, pensamientos, realidad, fantasía, sentimientos y muchas cosas más.

Nos montan el paisaje y en él van colocando, como en un escenario, a sus personajes que ríen, lloran, aman, sufren o son felices.

Aunque cada novela es la historia de un sufrimiento. Pocas acaban con la frase “y vivieron felices y comieron perdices”. Pero algunas hay.

Digo todo esto porque recuerdo cosas en los libros de ayer, el escritor se extasiaba en describirnos los rostros, generalmente el de la protagonista: sus ojos, su boca, sus sonrosadas mejillas... el de él con barba rizada, mirada seductora e inteligente, como si de la persona no hubiera más que la cara, bueno, sí, el corazón latía, se aceleraba, casi se detenía, expresando la emoción de ciertos momentos que vivían los personajes.

Hay que leer y releer la finura con que don Quijote describe a su Dulcinea. Era como una santa. No había en ella más que bondad y belleza ¿dónde? ¿Pies, manos, nariz, cabellera, ojos...? Si parece que no tenía cuerpo, y de existir su persona habría poseído todo lo que hay de la cabeza a las plantas.

Yo, leyendo esas novelas, famosas muchas, ejemplo de la literatura buena, me decía, pero ¿qué hay del hígado, la garganta, de los glúteos, de las rodillas? Estas partes también merecen sus buenos párrafos.

Hasta que casi de repente, cambió la moda novelesca y ahora nos presentan los cuerpos de los personajes novelescos detallando las partes que ayer estaban tapadas con recato y vestidos bonitos. Poca ropa hoy, detalles de los senos, de las caderas, de las asentaderas y de los ejercicios gimnásticos que ellas y ellos hacen bien en una cama, bien en un pajar.

A veces uno da con un libro en el que las personas que en él aparecen no sienten lo que todo ser humano lleva dentro de sí. El autor se detiene en explicarnos lo que siente físicamente con el roce o el apabullón del otro y nos muestra cómo quedan de cansados, sudorosos, agotados y totalmente felices.

Es decir, que si antes estábamos cansados de los latidos del corazón, ahora buscamos lecturas en las que no nos detallan los otros latidos. No es por santurrones, sino por buen gusto, hay quienes no entienden de estas cosas a la clara y confunden el buen gusto con la ordiniarez. Cuántos de los libros famosos de hoy serían mejores sin esos detalles animalescos que nada tienen de arte literario, y si usted tiene buen gusto se los salta.

Imagínese a Don Quijote hablando de los senos de Dulcinea ¡Imposible! Dulcinea llevaba su lindo vestido y sólo sus extraordinarios sentimientos importaban.

Sí, había novelas en las que los protagonistas jugaban en serio al amor, pero sin detallar lo que ambos poseían debajo del ombligo. Y ahora, cuando en nuestra actualidad llevan a la televisión una novela de éstas, con amor tranquilo o poco tranquilo, los productores y directores le añaden escenas que ya... ya...

Conocemos entero y detallado el cuerpo de la protagonista y de él —la pantalla televisiva lo muestra todos los días—. Muchos televidentes no los ven, porque están hartos y toman un libro de ayer y repiten su limpia lectura.

GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com

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