México
Sí y luego no, o no y luego sí
Jesús estaba tratando de salvarlos de su incredulidad, ya que su destino eterno dependía de ello
Parece trabalenguas, pero es un resumen de la historia que Jesús contó a la gente para confrontarla; no se trataba de una historia interesante o divertida, sino una manera creativa de poner el dedo en la llaga del corazón de sus oyentes. Jesús estaba tratando de salvarlos de su incredulidad, ya que su destino eterno dependía de ello, y por esa razón les contó la historia de un padre con dos hijos.
Ambos hijos fueron enviados a trabajar a la viña del padre, pero uno le dijo “no”, aunque luego cambió de opinión y se fue a trabajar, mientras que el otro contestó “sí”, pero más adelante su “sí” se convirtió en “no”. La pregunta de Jesús entonces fue: ¿cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? La respuesta fue que “el que al final realmente trabajó en la viña del padre”.
Las propias palabras de la gente sirvieron a Jesús para confrontarlos, ya que Él los comparó a la clase de personas que decían amar a Dios, pero en realidad estaban viviendo como si lo odiaran. Le pido de favor que lo piense por un momento, ya que suena duro, pero es realidad: ¿Qué pensaría usted de su propio hijo, si frecuentemente le dijera a usted que lo ama, pero todos los días hiciera lo contrario a su voluntad?
Usted quizá al principio justificaría la desobediencia de su hijo, pero tarde que temprano llegaría a la conclusión de que la falta de obediencia refleja falta de amor. Lo mismo podríamos considerar en el tema de la lealtad: ¿Qué pensaría el dueño de una compañía, cuando uno de sus empleados siempre declara lealtad a su fuente de trabajo, pero no trabaja, ni apoya a la empresa?
Seguramente ese empleado tendría sus días contados en esa compañía; y no por causa de lo que dice, sino por causa de lo que hace o deja de hacer.
Hay un refrán que dice que “el ejemplo vale más que mil palabras”. Nuestras acciones son la realidad de nuestra vida, independientemente de lo que digamos a favor o en contra. Es curioso, pero el nombre de Dios se usa con mucha frecuencia en nuestra cultura, aunque el verdadero amor, el respeto y la honra a ese nombre no siempre están presentes.
Es común escuchar “Dios te bendiga”, como una especie de saludo o despedida benévola; también decimos “gracias a Dios” como una manera de reconocer la intervención de Dios en asuntos cotidianos; otros afirman “le pedí a Diosito que me ayudara” para tal o cual cosa, es decir, que el nombre de Dios está presente en muchas de nuestras expresiones; pero lo más común es que quien dice lo anterior, en realidad no está dispuesto a comprometer su voluntad o libertad por los valores del reino de Dios.
Por ejemplo, alguien puede decir “gracias a Dios, mi esposa no descubrió el correo que me mandó la mujer con quien estoy saliendo”, o “Dios bendiga a quien se le cayó el billete en la calle, porque yo me lo encontré”. Estas personas están hablando de Dios en términos favorables, pero en realidad no lo están honrando.
Olvidemos por un momento nuestras palabras acerca de Dios, y concentrémonos en nuestras acciones, que son las que realmente cuentan.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Ambos hijos fueron enviados a trabajar a la viña del padre, pero uno le dijo “no”, aunque luego cambió de opinión y se fue a trabajar, mientras que el otro contestó “sí”, pero más adelante su “sí” se convirtió en “no”. La pregunta de Jesús entonces fue: ¿cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? La respuesta fue que “el que al final realmente trabajó en la viña del padre”.
Las propias palabras de la gente sirvieron a Jesús para confrontarlos, ya que Él los comparó a la clase de personas que decían amar a Dios, pero en realidad estaban viviendo como si lo odiaran. Le pido de favor que lo piense por un momento, ya que suena duro, pero es realidad: ¿Qué pensaría usted de su propio hijo, si frecuentemente le dijera a usted que lo ama, pero todos los días hiciera lo contrario a su voluntad?
Usted quizá al principio justificaría la desobediencia de su hijo, pero tarde que temprano llegaría a la conclusión de que la falta de obediencia refleja falta de amor. Lo mismo podríamos considerar en el tema de la lealtad: ¿Qué pensaría el dueño de una compañía, cuando uno de sus empleados siempre declara lealtad a su fuente de trabajo, pero no trabaja, ni apoya a la empresa?
Seguramente ese empleado tendría sus días contados en esa compañía; y no por causa de lo que dice, sino por causa de lo que hace o deja de hacer.
Hay un refrán que dice que “el ejemplo vale más que mil palabras”. Nuestras acciones son la realidad de nuestra vida, independientemente de lo que digamos a favor o en contra. Es curioso, pero el nombre de Dios se usa con mucha frecuencia en nuestra cultura, aunque el verdadero amor, el respeto y la honra a ese nombre no siempre están presentes.
Es común escuchar “Dios te bendiga”, como una especie de saludo o despedida benévola; también decimos “gracias a Dios” como una manera de reconocer la intervención de Dios en asuntos cotidianos; otros afirman “le pedí a Diosito que me ayudara” para tal o cual cosa, es decir, que el nombre de Dios está presente en muchas de nuestras expresiones; pero lo más común es que quien dice lo anterior, en realidad no está dispuesto a comprometer su voluntad o libertad por los valores del reino de Dios.
Por ejemplo, alguien puede decir “gracias a Dios, mi esposa no descubrió el correo que me mandó la mujer con quien estoy saliendo”, o “Dios bendiga a quien se le cayó el billete en la calle, porque yo me lo encontré”. Estas personas están hablando de Dios en términos favorables, pero en realidad no lo están honrando.
Olvidemos por un momento nuestras palabras acerca de Dios, y concentrémonos en nuestras acciones, que son las que realmente cuentan.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com