Jalisco

Una historia entre millones

Tras es espectáculo, las calles en el Centro de la ciudad quedaron llenas de basura

Desde el filtro principal de seguridad, el lento caminar de una solitaria y malhablada viejecita ya se hacía notar. La manera en que la dama de varias décadas mostraba a todos, usando un poco usual y muy florido lenguaje, su jovial determinación por acudir con premura al ya abarrotado predio en donde tres marionetas de tamaño colosal reposaban de una jornada sabatina que las dejó exhaustas, levantó una sincera sonrisa en varios de los oficiales que resguardaban el acceso a la explanada que se encuentra en la intersección de las avenidas Ávila Camacho y Alcalde.

“Soy Doña Mary, pero tú puedes decirme corazón”, menciona con voz carrasposa a un inoportuno preguntón que se detuvo a su lado, atraído por la naturalidad con la que la dama transparentaba su estado de ánimo.  “Quiero ver qué tanto alboroto se traen estos con los ‘monigotes’ que están ahí, ‘dizque’ dormidos”, dice poco antes de expresar a toda luz su descontento porque el monedero “con varios pesitos” que ocultaba en su escote, delató los metales que pretendía pasar para hacerse de un sombrero de paja, a fin de abatir el Sol matutino que ya golpea a los miles de asistentes.

El reloj marcaba las 09:30 horas, cuando sólo 60 minutos distanciaban el sonido de la alarma que haría despertar de su letargo a los colosos franceses, cuyos resoplidos de sueño se hacían escuchar por varias calles a la redonda. Doña Mary, inquieta cual niña que visita por vez primera el circo, inicia el alboroto con una serie de expertos chiflidos por su impaciencia, mismos que un grupo de adolescentes próximos a ella se encargan de secundar, para dar mayor alegría al ambiente que ya había comenzado.

“Quise venir aquí sola; ya hacía falta que trajeran una cosa (espectáculo) de estas; los franceses de veras que son bien ch…, porque aquí no se había visto algo parecido”, señala a un reportero que plasma a la brevedad en un papel lo que escucha, pues la tecnología no es del mayor agrado de la octogenaria, quien amenaza con dejar su atractivo lírico de lado en caso de que el artefacto grabador continúe cerca de sus labios.

La plática, banal por momentos, histórica y filosófica en otros tantos, se traslada a un estado de letargo en el cual el sinsentido es el protagonista. La edad causa estragos en su mente (la señora misma lo reconoce), pero se dice feliz, pues aunque la memoria pueda fallar en momentos clave, como los cumpleaños de la poca familia que le queda, su presencia en el sitio, asegura, es para grabarse en la cabeza un desfile de tal magnitud, “y para que nadie me lo cuente”.

No obstante, las dolencias en su espalda, los espolones de sus pies y la marabunta humana que a las 10:30 horas ya no permitía el fácil desplazamiento la obligaron a renunciar y obviar el paseo que poco después emprendieron los títeres por toda la Avenida Alcalde, aunque su opinión del perro “Xolo”, de la niña gigante y su tío, el campesino, se evidenció con la gran cantidad de segundos que permaneció boquiabierta cuando el simpático canino corrió muy cerca de ella para, según su percepción, dedicarle una sonrisa sólo a ella.

Acto seguido, Doña Mary se fue a buscar un sitio para sentarse, pues su “pin… espalda” ya no le permitía seguir de pie. Luego, un mar de gente la devoró entera y su carismática presencia se borró rápidamente del momento; unos de esos tantos desconocidos fueron los afortunados que, seguramente, recibieron a la simpática anciana…

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