Jalisco

Por amor al arte

Martha Araceli Pérez Vargas da clase en una escuela nocturna, después de atender a un grupo por la tarde

GUADALAJARA, JALISCO (12/DIC/2011).- Amanece. Entre sombras diluidas y el ruido ensordecedor de una alarma, el inicio de la jornada se anuncia inminente. Un ojo abierto primero y el otro después, para programar a una mente que recién se hallaba en otro lado; quizás recibiendo los cálidos rayos de un Sol imaginario en una bella playa del Caribe. El constante sonar del despertador ya impide conciliar un nuevo sueño. Mejor así, pues la demora significará inasistencia y, peor aún, que una breve aula de clase quede bajo el gobierno anárquico de más de 50 mocosuelos con la energía al tope.

Agua fría en el cuerpo para vencer al demonio de la somnolencia, y un improvisado desayuno elaborado en tiempo récord, para luego abordar el auto y recorrer los ya conocidos caminos de polvo que la máquina misma podría seguir por su cuenta, si tan sólo la memoria mecánica fuera parte de un presente que aún sigue en la distancia.

El edificio está próximo, el aula también. Pero antes de encarar al alumnado resulta imperativo hacer constar su arribo a la autoridad. Así los pasos son hacia la oficina de dirección, donde decenas de individuos aletargados convienen y aprovechan el breve lapso previo al chillido del timbre para descargar su padecer matutino. El sonido estridente finalmente se impone a cualquier pensamiento y los cientos de alumnos comienzan a reunirse en filas.

Ahí empieza oficialmente la labor, pues acallar a mil 150 voces y desalojar a uno que otro padre de familia que añade protección a su vástago, no es sencillo. Las líneas interminables de estudiantes en la primaria 1202 de Santa Fe han de entrar en orden a su salón, bajo la mirada atenta de sus respectivos maestros.

Martha Araceli Pérez Vargas, una de esas almas que cuidan el orden en formación (y quien ha dedicado una década de su existencia a esta noble labor), arranca hacia quinto grado después de sus más de 50 pupilos. Es la última en entrar y percibe que lo siguiente es hacer frente a un ímpetu generalizado que llenó el salón de gritos y desorden. Las instrucciones severas de alguien acostumbrado a enfrentarse a las masas dan resultado y, sólo entonces, da inicio oficialmente con el trabajo para el cual se ha preparado durante sus 35 años.

El durante, califica ella misma, es sencillo. “Con ellos avanza uno más rápido; con los de la nocturna, que son adultos, es más difícil porque lo poco que aprendieron antes de dejar la escuela no lo pusieron en práctica, y hacérselos recordar sí es complicado”.

Detiene su mirada en el rostro de quien sostiene una grabadora frente a ella y, con semblante divertido, detalla: “Es que doy clase en una escuela nocturna, después de mi grupo de la tarde”.

Tres salones distintos, más de 10 horas de labor en la jornada —sin contar las demoras en el llenado de listas, exámenes calificados y evaluaciones varias— y aún sigue sonriendo. Es evidente que le agrada que se juzgue como extremadamente pesado su itinerario habitual, pero a la maestra Araceli en definitiva no le parece así. “Después de varios años en escuela particular, donde el estrés venía de la dirección, este ritmo es, de veras, más sencillo”.

“Sí me canso mentalmente; físicamente no. Puedo estar parada todo el día dando clase y físicamente no estoy cansada”. Por ello, descarta haber resentido afectaciones en la salud a consecuencia de su carga laboral; éstas, acepta, vendrán, “como en cualquier otro ámbito profesional”, pero en caso de que así sea, no lo lamentaría. Ella es una de las maestras que imparten conocimiento por verdadero amor al arte, no por estar atada a un salario, “que tampoco resulta tan holgado...”.

“El infierno”
Carga laboral


Ella no quiere que digamos su nombre porque, como trabaja en tres escuelas, tiene miedo que le quiten la plaza de alguna de ellas y eso mermaría su economía. Es por eso que le vamos a llamar Becky.

Pero lo importante de Becky no es el nombre sino que trabaja 12 horas al día: tiene a su cargo ocho grupos a la semana; parece poco, pero no lo es, en cinco días atiende 400 adolescentes con todo y sus hormonas.

Becky lleva un termo con café negro en la mano, aunque son las dos de la tarde. Ella no utiliza la cafeína para despertar sino para no dormirse frente al volante mientras se traslada de una escuela a otra. Da clases de matemáticas, inglés y español. Y si alguien pudiera verla a los ojos no dudaría en afirmar que no tarda en enfermarse.

“Además de los problemas que te comenté, el profesor de secundaria tiene otro factor que desarrolla el estrés, que es la disciplina de los adolescentes. Además en las secundarias se paga por hora, y los profesores tienen que estar buscando más horas clase en una o en dos… hemos encontrados profesores que trabajan hasta en cuatro escuelas. El que no tengan certidumbre laboral también afecta”, afirma en entrevista Jaqueline González, quien todos los días asiste a las escuelas que piden apoyo a la Secretaría de Educación para tratar de ayudar a los profesores.

En un Estado donde el promedio de edad de los profesores es de 40 años, otro de los problemas que influyen en aumentar el estrés de los docentes es el cambio tecnológico.

GUÍA
¿Qué es la neurosis?


Es un trastorno mental que distorsiona el pensamiento racional y el funcionamiento a nivel social, familiar y laboral. Se caracteriza por la presencia de un nivel elevado de angustia. Quien la padece está “consciente” de la realidad, aunque desarrolla conductas repetitivas con el objetivo de reducir el nivel de estrés.

Se presenta en grados leves y controlables; en casos más graves se requiere apoyo especializado.

Su uso popular relaciona a la neurosis como sinónimo de una obsesión, excentricidad o nerviosismo, que no precisamente va ligado con una patología de la mente.

Estado de salud
Radiografía del docente

Principales daños físicos:


Alteraciones en órganos fonéticos (oído).
Afectaciones del tipo vascular.
Daños a largo plazo en la vista.

Principales enfermedades:

Colitis.
Gastritis.
Frecuentes gripes.
Migrañas.
Parálisis faciales (en casos excepcionales y extremos).

Principales daños psicológicos:


Neurosis.
Fatiga.
Trastornos de personalidad en contextos personales, familiares, escolares y áulicos.

FUENTE: “El Mal-Estar Docente”, de José Antonio Lara Peinado, publicación independiente.

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