Jalisco
La ciudad y las aguas
Conforme la ciudad creció la violencia ejercida sobre el terreno natural fue incrementándose
Cada temporal se recrudece la situación: la naturaleza cobra, una por una, las consecuencias de una ocupación irreflexiva del territorio. Es necesario realizar, al efecto, un ejercicio de sustracción que clarifique las cosas. ¿Qué pasaba en este valle cuando no había ciudad?
Pasaba que el libre juego de las fuerzas naturales había establecido un equilibrio sobre los territorios existentes. Un complejo juego de cauces, galerías, taludes, terraplenes y mantos freáticos constituían un sistema hidráulico que determinaba a su vez la vida vegetal y la presencia animal en el contexto. Un equilibrio frágil y cambiante, pero eficaz y fluido.
Los cerros que delimitan al sur el Valle de Atemajac estaban cubiertos de vegetación y posiblemente de un arbolado no muy diferente al del bosque de la Primavera. Dos vertientes en la planicie llevaban, a través de múltiples arroyos, a algunas cuencas principales: la del río de San Juan de Dios, la del arroyo de Atemajac, de la Barranca Ancha, San Andrés, Osorio. Todo un delicado balance que se vio alterado por las primeras urbanizaciones coloniales.
Conforme la ciudad creció la violencia ejercida sobre el terreno natural fue incrementándose. El tipo de crecimiento en damero, típico de las ciudades novohispanas, predispuso una intolerancia a las características naturales del suelo que habría de resultar, a través de la historia, en extremo gravosa.
Otro factor decisivo en el maltrato del territorio ha sido la especulación inmobiliaria, siempre renuente a ceder terrenos a favor de la original conformación del contexto. No fueron eficaces los esfuerzos para que cada negocio inmobiliario invirtiera parte de su utilidad en proporcionar contextos más apropiados. Respetar cauces, cuidar barrancas, preservar manantiales, hubiera significado menores ganancias en el corto plazo, pero una plusvalía social y natural muy importante en términos permanentes.
No es de extrañarse ahora que ocurran graves eventualidades como la reciente del cerro del Cuatro. Aquí, además de los factores mencionados, se suma el agravante de un desarrollo irregular con todas sus consecuencias.
En términos amplios, la alternativa de Guadalajara no es la de las medidas de fuerza y excesivo gasto como el "drenaje profundo". Se requiere más bien una política de recuperación de cauces naturales, de infiltración de aguas pluviales al subsuelo, de cuidado en las soluciones particulares que abonen a una tendencia global de relación con el entorno más responsable y sustentable.
Quizás lo verán las futuras generaciones: Guadalajara debe emprender el trabajoso camino de reconstruir el equilibrio en su
propio territorio.
jpalomar@informador.com.mx
Pasaba que el libre juego de las fuerzas naturales había establecido un equilibrio sobre los territorios existentes. Un complejo juego de cauces, galerías, taludes, terraplenes y mantos freáticos constituían un sistema hidráulico que determinaba a su vez la vida vegetal y la presencia animal en el contexto. Un equilibrio frágil y cambiante, pero eficaz y fluido.
Los cerros que delimitan al sur el Valle de Atemajac estaban cubiertos de vegetación y posiblemente de un arbolado no muy diferente al del bosque de la Primavera. Dos vertientes en la planicie llevaban, a través de múltiples arroyos, a algunas cuencas principales: la del río de San Juan de Dios, la del arroyo de Atemajac, de la Barranca Ancha, San Andrés, Osorio. Todo un delicado balance que se vio alterado por las primeras urbanizaciones coloniales.
Conforme la ciudad creció la violencia ejercida sobre el terreno natural fue incrementándose. El tipo de crecimiento en damero, típico de las ciudades novohispanas, predispuso una intolerancia a las características naturales del suelo que habría de resultar, a través de la historia, en extremo gravosa.
Otro factor decisivo en el maltrato del territorio ha sido la especulación inmobiliaria, siempre renuente a ceder terrenos a favor de la original conformación del contexto. No fueron eficaces los esfuerzos para que cada negocio inmobiliario invirtiera parte de su utilidad en proporcionar contextos más apropiados. Respetar cauces, cuidar barrancas, preservar manantiales, hubiera significado menores ganancias en el corto plazo, pero una plusvalía social y natural muy importante en términos permanentes.
No es de extrañarse ahora que ocurran graves eventualidades como la reciente del cerro del Cuatro. Aquí, además de los factores mencionados, se suma el agravante de un desarrollo irregular con todas sus consecuencias.
En términos amplios, la alternativa de Guadalajara no es la de las medidas de fuerza y excesivo gasto como el "drenaje profundo". Se requiere más bien una política de recuperación de cauces naturales, de infiltración de aguas pluviales al subsuelo, de cuidado en las soluciones particulares que abonen a una tendencia global de relación con el entorno más responsable y sustentable.
Quizás lo verán las futuras generaciones: Guadalajara debe emprender el trabajoso camino de reconstruir el equilibrio en su
propio territorio.
jpalomar@informador.com.mx