Jalisco
Indignación y tristeza en velorio de niña baleada
La menor murió cuando se registraba una balacera en El Salto
GUADALAJARA, JALISCO (20/SEP/2013).- Hace 24 horas, Mariana y Julio César caminaron hacia una tienda que queda a pocas cuadras de su casa. En el trayecto escucharon detonaciones. Eran balazos. No les prestaron demasiada atención y siguieron su camino de regreso. Ahora están sentados afuera de una funeraria, en el centro de El Salto. Una de las balas del día anterior alcanzó a su sobrina de 10 años.
Minutos después de haber escuchado las detonaciones, Julio César recibió la llamada de su suegra. Estaba desesperada y acudieron pronto a ver qué pasaba. La suegra, madre de Mariana, tampoco lo sabía. Al padre de Adriana (la niña) lo habían visto gritar en la calle, con el cuerpo de su hija en las manos. Las notas publicadas al respecto cuentan que dos sujetos se acercaron a un hombre para dispararle. Una de las balas se impactó contra Adriana; cuando los servicios médicos municipales la trasladaron, aún tenía signos vitales. Fue alrededor de las 02:00 horas del día siguiente cuando la familia recibió la noticia de que la menor había perdido la vida.
Adriana acostumbraba ir a la casa de su madrina para jugar. Justo acababa de realizar una de esas visitas y la señora estaba por dejarla en su hogar. Estacionó el carro frente a la casa de la menor y, cuando ésta bajó del automóvil, recibió la bala que provocó el resto de la historia. Sólo alcanzó a gritar "¡madrina!" y se desvaneció.
Ahora, afuera de la funeraria, Mariana recuerda los hechos. Tiene los ojos rojos y un vaso desechable en la mano. Julio César está a su lado y el dolor le quiere salir por los ojos cada vez que habla sobre lo sucedido. Le queda agregar que ya no hay respeto por nadie y que cualquiera dispara un arma. Que ya no se puede salir a la calle sin el riesgo de que una bala perdida encuentre su rumbo.
Minutos después de haber escuchado las detonaciones, Julio César recibió la llamada de su suegra. Estaba desesperada y acudieron pronto a ver qué pasaba. La suegra, madre de Mariana, tampoco lo sabía. Al padre de Adriana (la niña) lo habían visto gritar en la calle, con el cuerpo de su hija en las manos. Las notas publicadas al respecto cuentan que dos sujetos se acercaron a un hombre para dispararle. Una de las balas se impactó contra Adriana; cuando los servicios médicos municipales la trasladaron, aún tenía signos vitales. Fue alrededor de las 02:00 horas del día siguiente cuando la familia recibió la noticia de que la menor había perdido la vida.
Adriana acostumbraba ir a la casa de su madrina para jugar. Justo acababa de realizar una de esas visitas y la señora estaba por dejarla en su hogar. Estacionó el carro frente a la casa de la menor y, cuando ésta bajó del automóvil, recibió la bala que provocó el resto de la historia. Sólo alcanzó a gritar "¡madrina!" y se desvaneció.
Ahora, afuera de la funeraria, Mariana recuerda los hechos. Tiene los ojos rojos y un vaso desechable en la mano. Julio César está a su lado y el dolor le quiere salir por los ojos cada vez que habla sobre lo sucedido. Le queda agregar que ya no hay respeto por nadie y que cualquiera dispara un arma. Que ya no se puede salir a la calle sin el riesgo de que una bala perdida encuentre su rumbo.