Jalisco
Aumento de expectativa de vida compromete a las finanzas públicas
Ni los sistemas de salud y seguridad social ni el mercado laboral parecen listos para afrontar la vejez
GUADALAJARA, JALISCO (25/JUL/2013).- A sus 65 años, María consiguió jubilarse con pensión completa. Recibe al menos 15 mil pesos mensuales y considera cubiertas sus necesidades básicas. No tiene hijos ni pareja, pero sí una casa propia en un fraccionamiento en Tlajomulco, que terminó de pagar hace dos años. Se considera afortunada y tiene razón: no son muchos los jaliscienses en su posición. Su vecina Alicia, de 74 años y divorciada desde hace 25, recibe solamente mil 800 pesos, con los que no puede pagar ni siquiera su alquiler. Sus hijos tienen que prestarle mes con mes “para completar la renta y el gasto”, ya que sus pocos ahorros no le bastan para garantizarle la subsistencia. Sin embargo, se consuela al decir que no le sucedió como a su madre, quien durante años tuvo que formarse cada mes para cobrar su cheque. Ahora, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) le deposita el dinero en una tarjeta de débito. El único requisito es presentarse cada seis meses en la clínica que le corresponde, para firmar un papel que certifica que sigue viva, “porque luego dicen que hay muchos hijos de pensionados que salen muy vivos y que siguen cobrando cuando su mamá o papá se muere”.
En octubre del año pasado, Salomón Chertorivski, entonces secretario de Salud federal, afirmó que el desarrollo y los avances registrados en campos como la medicina genética, la robótica y la biónica permitirán que la vida de una persona se extienda a edades nunca antes vistas. “Para el año 2040, la esperanza de vida podría aumentar a 150 o 200 años”.
¿Cómo afectará los sistemas de seguridad y previsión social la incorporación de alrededor de seis millones de ancianos a la población cada decenio? ¿Cómo evolucionará el mercado laboral para permitir que la vida productiva se extienda y se minimicen los riesgos de desocupación masiva? Algunas de estas preguntas han sido ya formuladas por las autoridades y se han tomado ciertas medidas de previsión. La reforma general de las pensiones y las realizadas en dependencias como el ISSSTE —y, en cierto sentido, la propia desaparición de Luz y Fuerza del Centro, empresa pública cuyo presupuesto estaba destinado en un buen porcentaje a pagar las pensiones de sus jubilados—, pese a su impopularidad, han sido consideradas por los expertos como pasos duros pero necesarios, para evitar un colapso de las finanzas públicas bajo el peso de las obligaciones con los trabajadores retirados.
Sin embargo, además de la disminución en los derechos y la calidad de vida de los pensionados, estas reformas por sí mismas no resuelven las incógnitas al respecto de cómo vivirá un país, en el cual la pirámide poblacional comienza a invertirse y las generaciones jóvenes se ven igualadas y superadas numéricamente por las de sus antecesores.
ADULTO MAYOR, NO VALORADO
Si el sistema de pensiones y el de salud pública no parecen estar listos para lo que se avecina, lo cierto es que tampoco el mercado laboral se ha adaptado al cambio poblacional. Numerosas empresas prefieren pagar jóvenes recién egresados, pensando en pagarles menos que al personal más capacitado y experimentado.
Mario, de 71 años, trabajó como operador de máquinas de calzado y más tarde como electricista en una fábrica. Lo liquidaron hace dos años y ya no pudo encontrar trabajo. Ahora es “empacador voluntario” en un supermercado. En un buen día puede ganarse 200 pesos de propinas, por embolsar los productos en las cajas del establecimiento. En días malos no saca ni 50. No obstante, pase lo que pase, debe pasar muchas horas de pie y su cadera se lo reclama. “Pero pues no me dan trabajo de otra cosa, porque dicen que ya no puedo ni cargar”. No quiso decirle a su hija a lo que se dedicaba, hasta que un día “unos conocidos me vieron y se lo dijeron. Ella me regañó, pero pues le dije que ningún trabajo es vergüenza. Vergüenza robar como los políticos”.
“Hay todo un mundo de posibilidades laborales para personas de la tercera edad que no está siendo detectado y aprovechado”, afirma la experta en mercados laborales Jesús González de la Rosa, de la consultora Productivity Systems. “Un trabajador experimentado quizá ya no puede desempeñar trabajos muy físicos o que le exijan grandes desplazamientos, pero sí puede ser un estupendo instructor, capacitador y supervisor, porque conoce a fondo lo que debe enseñar y evaluar. Sin embargo, muchas empresas no aprovechan esa capacitación y conocimientos”.
Su empresa se encuentra impulsando un proyecto para abrir un centro universitario enfocado a la tercera edad, que, por un lado, facilite la reinserción laboral de los adultos mayores y, por otro, les brinde la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos que les permitan seguir vigentes en el mercado, incluyendo, por ejemplo, el manejo de nuevas tecnologías, como computadoras, smartphones, tabletas y otros implementos cada día más indispensables y que por cuestiones culturales, muchos adultos mayores sencillamente no conocen.
EUROPA Y JAPÓN, POCO EJEMPLARES
El fenómeno del envejecimiento de la población, causado tanto por el aumento de la esperanza de vida como por la reducción de los nacimientos, se ha manifestado desde hace algunos años en países desarrollados. Por ejemplo, la edad promedio de los ciudadanos japoneses y europeos occidentales ronda los 44 años. El sistema de pensiones en el que el trabajador aportaba cuotas a lo largo de su vida laboral que, al retirarse, le reportaban una pensión mensual, ha sido considerado ya insostenible, debido al aumento de la esperanza de vida, que en Japón alcanza los 87 años para una mujer y 80.57 para los hombres; en Europa es de 76 años, pero en países como España, Francia, Italia y Suiza supera los 80 para el sexo femenino y los 77 para el masculino.
Esto representa que si un trabajador se retira en algún momento entre los 60 y los 65 años, pero vive todavía 20 o 25 años más sin trabajar, los fondos que debe erogar el Estado para cubrir su pensión se duplican o triplican.
Lo anterior, ha llevado a que se produzcan declaraciones polémicas, como la del ministro de Economía de Japón, el septuagenario Taro Aso, quien en 2012 aseguró que los ancianos representaban una “carga innecesaria” para el estado y los animó a no prolongar su vida con tratamientos. “El problema no se resolverá a menos que los dejemos que se apuren y se mueran”.
En el mismo sentido y con una falta de tacto muy similar, el Fondo Monetario Internacional recomendó en 2012 a los países que lo integran aumentar la edad de jubilación de manera automática de acuerdo con la extensión de la esperanza de vida, y advirtió sobre “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado” en el informe titulado “El impacto financiero del riesgo de longevidad”. Si el promedio de vida aumentara para 2050 tres años más de lo previsto, los costos de envejecimiento aumentarían el doble.
En octubre del año pasado, Salomón Chertorivski, entonces secretario de Salud federal, afirmó que el desarrollo y los avances registrados en campos como la medicina genética, la robótica y la biónica permitirán que la vida de una persona se extienda a edades nunca antes vistas. “Para el año 2040, la esperanza de vida podría aumentar a 150 o 200 años”.
¿Cómo afectará los sistemas de seguridad y previsión social la incorporación de alrededor de seis millones de ancianos a la población cada decenio? ¿Cómo evolucionará el mercado laboral para permitir que la vida productiva se extienda y se minimicen los riesgos de desocupación masiva? Algunas de estas preguntas han sido ya formuladas por las autoridades y se han tomado ciertas medidas de previsión. La reforma general de las pensiones y las realizadas en dependencias como el ISSSTE —y, en cierto sentido, la propia desaparición de Luz y Fuerza del Centro, empresa pública cuyo presupuesto estaba destinado en un buen porcentaje a pagar las pensiones de sus jubilados—, pese a su impopularidad, han sido consideradas por los expertos como pasos duros pero necesarios, para evitar un colapso de las finanzas públicas bajo el peso de las obligaciones con los trabajadores retirados.
Sin embargo, además de la disminución en los derechos y la calidad de vida de los pensionados, estas reformas por sí mismas no resuelven las incógnitas al respecto de cómo vivirá un país, en el cual la pirámide poblacional comienza a invertirse y las generaciones jóvenes se ven igualadas y superadas numéricamente por las de sus antecesores.
ADULTO MAYOR, NO VALORADO
Si el sistema de pensiones y el de salud pública no parecen estar listos para lo que se avecina, lo cierto es que tampoco el mercado laboral se ha adaptado al cambio poblacional. Numerosas empresas prefieren pagar jóvenes recién egresados, pensando en pagarles menos que al personal más capacitado y experimentado.
Mario, de 71 años, trabajó como operador de máquinas de calzado y más tarde como electricista en una fábrica. Lo liquidaron hace dos años y ya no pudo encontrar trabajo. Ahora es “empacador voluntario” en un supermercado. En un buen día puede ganarse 200 pesos de propinas, por embolsar los productos en las cajas del establecimiento. En días malos no saca ni 50. No obstante, pase lo que pase, debe pasar muchas horas de pie y su cadera se lo reclama. “Pero pues no me dan trabajo de otra cosa, porque dicen que ya no puedo ni cargar”. No quiso decirle a su hija a lo que se dedicaba, hasta que un día “unos conocidos me vieron y se lo dijeron. Ella me regañó, pero pues le dije que ningún trabajo es vergüenza. Vergüenza robar como los políticos”.
“Hay todo un mundo de posibilidades laborales para personas de la tercera edad que no está siendo detectado y aprovechado”, afirma la experta en mercados laborales Jesús González de la Rosa, de la consultora Productivity Systems. “Un trabajador experimentado quizá ya no puede desempeñar trabajos muy físicos o que le exijan grandes desplazamientos, pero sí puede ser un estupendo instructor, capacitador y supervisor, porque conoce a fondo lo que debe enseñar y evaluar. Sin embargo, muchas empresas no aprovechan esa capacitación y conocimientos”.
Su empresa se encuentra impulsando un proyecto para abrir un centro universitario enfocado a la tercera edad, que, por un lado, facilite la reinserción laboral de los adultos mayores y, por otro, les brinde la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos que les permitan seguir vigentes en el mercado, incluyendo, por ejemplo, el manejo de nuevas tecnologías, como computadoras, smartphones, tabletas y otros implementos cada día más indispensables y que por cuestiones culturales, muchos adultos mayores sencillamente no conocen.
EUROPA Y JAPÓN, POCO EJEMPLARES
El fenómeno del envejecimiento de la población, causado tanto por el aumento de la esperanza de vida como por la reducción de los nacimientos, se ha manifestado desde hace algunos años en países desarrollados. Por ejemplo, la edad promedio de los ciudadanos japoneses y europeos occidentales ronda los 44 años. El sistema de pensiones en el que el trabajador aportaba cuotas a lo largo de su vida laboral que, al retirarse, le reportaban una pensión mensual, ha sido considerado ya insostenible, debido al aumento de la esperanza de vida, que en Japón alcanza los 87 años para una mujer y 80.57 para los hombres; en Europa es de 76 años, pero en países como España, Francia, Italia y Suiza supera los 80 para el sexo femenino y los 77 para el masculino.
Esto representa que si un trabajador se retira en algún momento entre los 60 y los 65 años, pero vive todavía 20 o 25 años más sin trabajar, los fondos que debe erogar el Estado para cubrir su pensión se duplican o triplican.
Lo anterior, ha llevado a que se produzcan declaraciones polémicas, como la del ministro de Economía de Japón, el septuagenario Taro Aso, quien en 2012 aseguró que los ancianos representaban una “carga innecesaria” para el estado y los animó a no prolongar su vida con tratamientos. “El problema no se resolverá a menos que los dejemos que se apuren y se mueran”.
En el mismo sentido y con una falta de tacto muy similar, el Fondo Monetario Internacional recomendó en 2012 a los países que lo integran aumentar la edad de jubilación de manera automática de acuerdo con la extensión de la esperanza de vida, y advirtió sobre “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado” en el informe titulado “El impacto financiero del riesgo de longevidad”. Si el promedio de vida aumentara para 2050 tres años más de lo previsto, los costos de envejecimiento aumentarían el doble.