Internacional

Obama refuerza la seguridad aérea

El mandatario ordenó la actualización del sistema de listas de sospechosos, mientras busca limitar el daño político por el fallido atentado del 25 de diciembre

WASHINGTON, E.U.- Tratando de disipar cualquier duda sobre su firmeza contra el terrorismo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, discutió medidas para tapar los agujeros detectados en los servicios de espionaje y ordenó la revisión de los sistemas de seguridad en el transporte aéreo.

Al mismo tiempo ofreció garantías de que se están tomando todas las medidas necesarias para proteger a la nación hasta el límite y para perseguir a donde sea necesario a quienes la amenazan.

El presidente formalizó sus instrucciones en una inhabitual sesión de trabajo con los responsables de 20 departamentos del Gobierno responsables de la seguridad nacional, entre ellos el director Nacional de Inteligencia, Dennis Blair, que coordina todas las labores de espionaje, el director de la CIA, Leon Panetta, el director del FBI, Robert Mueller, la secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, el consejero Nacional de Seguridad, James Jones, junto a los cargos más relevantes del Gabinete.

El principal objetivo de la reunión era el de tratar de solventar los múltiples problemas de comunicación entre las agencias de espionaje que permitieron al joven nigeriano Umar Faruk Abdulmutalab abordar un avión rumbo a Detroit pese a que su nombre estaba incluido en una lista de sospechosos de terrorismo y que su padre había acudido pocas semanas antes a la embajada de Estados Unidos en Lagos, para denunciar la vinculación de su hijo con el radicalismo islámico.

El mandatario estadounidense criticó a la comunidad de Inteligencia, diciendo que tenían información que podría haber evitado el intento de ataque del 25 de diciembre, pero no pudieron atar los cabos.

Aunque, como se demostró en su día, los atentados del 11 de septiembre fueron producto de la acumulación de fallos de los sistemas de seguridad, George W. Bush pudo despedirse del cargo sin que nunca más el territorio de Estados Unidos fuera objeto de un ataque terrorista.

A Obama se le exige, por tanto, continuar esa trayectoria. La reacción al episodio de Detroit ha demostrado que la popularidad de la actual Administración se vería muy seriamente perjudicada por un nuevo atentado terrorista en suelo norteamericano.

Por el momento, prometió cambios en especial en el sistema de “lista de atención” a terroristas del Gobierno, que fue duramente criticada por no identificar la amenaza en el intento de ataque en Navidad. “Quiero que nuestras revisiones adicionales estén listas esta semana”.

Análisis

El cartero siempre llama dos veces

Orestes Díaz Rodríguez


Cuando la Casa Blanca anunció que el presidente de Estados Unidos viajaría a Hawai (Pacífico) junto a su familia a pasar las vacaciones navideñas de 2009, en plena temporada “alta” de profecías y presagios, nadie imaginó que el “obsequio” más importante que recibiría Barack Obama por esas fechas estaba en una dirección completamente opuesta (Detroit).

El plan de los chicos malos tenía un ingrediente similar al del S-11 (11 de septiembre de 2001), era teóricamente inviable. Consistía en enviar a un joven de 23 años con una carga de explosivos en su ropa interior que activaría sobre territorio norteamericano el día de Navidad, después de volar en un avión comercial a través de medio mundo sorteando filtros de seguridad entrenados y en alerta. No desconocían, seguramente, que era altamente probable que los servicios de Inteligencia tuvieran información sobre la alineación ideológica hacia el fundamentalismo de Umar Farouk.

La onda expansiva hubiera derribado irremediablemente al avión con sus 278 pasajeros y, también, a la estrategia antiterrorista, a la agenda y la imagen presidencial. Un solo año de administración demócrata había bastado para que Al Qaeda golpeara sobre el territorio más protegido del planeta, algo que después de 2001 George W. Bush no había permitido.

Claro está, el presidente hubiera interrumpido apresuradamente sus vacaciones, pero de poco serviría, días después del atentado la opinión pública descubriría que los servicios de Inteligencia dispusieron siempre de los elementos suficientes para haber impedido el desastre.

Las consecuencias no se harían esperar, el presidente hubiera sido acorralado, la paranoia del terrorismo hubiera resurgido con más fuerza, los republicanos envalentonados terminarían imponiéndose abultadamente en las legislativas de noviembre, el ¡Yes we can! habría sido una consigna hereje, Guantánamo jamás cerraría sus puertas, y la era de Obama comenzaría a declinar justo cuando iniciaba. La casualidad o la fortuna impidieron el descalabro. Barack Obama tiene ahora todo a su favor para limpiar a fondo y relanzar los sistemas de seguridad, tan reticentes a los cambios y a compartir la información. Ahora puede modelarlos a su antojo, según su talento e imaginación.

“Fue un error fatal. No lo volveré a tolerar”, ha dicho el presidente. De lo que se trata es de impedir que el cartero llame otra vez.

Orestes Díaz Rodríguez,
maestro de la UdeG.

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