Internacional
El grafiti deja atrás el vandalismo para convertirse en negocio
Bares de copas, tiendas de videojuegos y estudios de tatuajes, pero también carnicerías, patios de vecinos y dormitorios, cualquier lugar puede ser bien decorado por un grafiti
MADRID, ESPAÑA.- Es uno de los símbolos de la cultura urbana marginal, para muchos en lugar de arte es "puro vandalismo" y a los comerciantes les trae de cabeza, pero, últimamente, el grafiti abandona poco a poco la incivilidad y comienza a convertirse en un negocio que ofrece decoración, protección y "un aire moderno".
Bares de copas, tiendas de videojuegos y estudios de tatuajes, pero también carnicerías, patios de vecinos y dormitorios, cualquier lugar puede ser bien decorado por un grafiti, y de eso se han dado cuenta tanto los grafiteros como los comerciantes y ciudadanos, que cada vez acuden más a este "arte urbano".
Asier, por ejemplo, se dio cuenta de que de lo que hacía por gusto podía hacerlo por dinero y ahora es algo más que un grafitero.
Primero le pidieron que decorara el estudio de un amigo y luego le ofrecieron un dinero por hacer un grafiti en la entrada de un bar.
"Poco a poco me di cuenta de que podía conseguir hacer negocio de esto, y entonces monté una página web y hasta me hice tarjetas de visita", recuerda.
No abandona la calle, y sigue pintando, como cuando empezó, debajo de túneles, en muros desiertos y a hurtadillas de las autoridades, casi siempre a las afueras de la ciudad, pero reconoce que en el mundo del grafiti se está gestando una evolución.
Bares de copas, tiendas de videojuegos y estudios de tatuajes, pero también carnicerías, patios de vecinos y dormitorios, cualquier lugar puede ser bien decorado por un grafiti, y de eso se han dado cuenta tanto los grafiteros como los comerciantes y ciudadanos, que cada vez acuden más a este "arte urbano".
Asier, por ejemplo, se dio cuenta de que de lo que hacía por gusto podía hacerlo por dinero y ahora es algo más que un grafitero.
Primero le pidieron que decorara el estudio de un amigo y luego le ofrecieron un dinero por hacer un grafiti en la entrada de un bar.
"Poco a poco me di cuenta de que podía conseguir hacer negocio de esto, y entonces monté una página web y hasta me hice tarjetas de visita", recuerda.
No abandona la calle, y sigue pintando, como cuando empezó, debajo de túneles, en muros desiertos y a hurtadillas de las autoridades, casi siempre a las afueras de la ciudad, pero reconoce que en el mundo del grafiti se está gestando una evolución.