Entretenimiento

VISIONES DE ATEMAJAC Por ENRIQUE NAVARRO

Tres retratos y un solo pintor verdadero

Sus clientes eran vecinos pueblerinos, compadres, indios, clérigos satisfechos, algunos criollos chapeteados y mujeres con sutil bozo. Todos, en general, eran gente modesta y de pocos recursos. Sin embargo, todos pagaban sus encargos. Cantidades simbólicas, si ustedes quieren, pero dinero contante y sonante. Bustos, con ello y desde su sencilla trinchera, dignificó la profesionalización de su labor. Él decía que era "aficionado". En su Autorretrato de 1891 anotó al reverso: "me retraté para ver si podía". En otra ocasión firmó como "Indio, pintor de pueblo". Pura retórica. Él conocía su valía. Detrás de tales modestias adivinamos un personaje digno y pundonoroso. Una cosa es que se enfrentara al acto de pintar con absoluta humildad, sencillez y gozo genuino, sin afectaciones, y otra muy diferente que, en fuero interno, no justipreciara el singular alcance social y calidad artística que su arte desempeñaba entre el grupo humano de la Purísima.

Tres retratos y un solo pintor verdadero.
Comencemos con su Retrato de familia. Se trata de una hija flanqueda por sus padres. El varón es claramente indígena, pues además de ostentar piel cobriza viste camisa y calzón de manta blancos amarrados por una faja roja en la cintura. Su rostro, endurecido y con facciones toscas, lo surca profundas arrugas y lo enmarca una caballera desaliñada. La mujer, dispuesta a la derecha, exhibe una profunda tristeza en su rostro curtido. Lo contrasta el oscuro pelo recogido y el luto riguroso de su vestido, solamente aligerado por los aretes color rubí. En medio, una joven tranquila, circunspecta, con los brazos y el chongo del cabello trenzados. Destaca aquí, por encima de cualquier consideración, la calidez con que los padres abrazan a su hija. ¿Quién sugirió la pose? Lo más seguro es que provino de la inventiva de Bustos. Los retratados consintieron con absoluta naturalidad.

Sigamos con el Retrato de Alejandra Aranda de 1871. Estamos frente a una bellísima y joven mujer mestiza. Resaltan aquí no solo los matices dorados y naranjas de la turgente piel morena, también los ojos alertas y almendrados.
Tanto sus orejas, como el cuello y los dedos de las grandes manos, muestran accesorios y coqueteos femeninos. Hay vida, plenitud y expectante sensualidad. Los labios carnosos color carmesí y la sutil prominencia de los pómulos no hacen sino resaltar la vibración de la vida contenida.

Por último, visualicemos un duro caballero llamado José María Aranda, pintado hacia 1864. Temperamento enérgico, traducido en profundos ojos azules, pelo cano, frente amplia, ceño fruncido y boca y nariz rigurosos y como cincelados en piedra. La actitud soberbia, la mano sosteniendo una tarjeta con su nombre y el blanco quemado de la saludable piel del rostro, no hacen sino hablarnos de un orgulloso criollo, seguro de su condición social y racial.

Dicen que don Hermenegildo fungió el rol de pintor popular, diáfano, sin malicia, sin dobleces, sin construcciones ideológicas previas. Otros opinan que se contrapuso a la soberbia de los académicos citadinos. Que si era un tipo extraño, que si primitivo o que cómo pudo devenir en artista. Que no dejó escuela o seguidores. Que no tiene parangón y así hasta el infinito. Ahora bien, lo que yo si sé; lo que a mí me queda claro, es que estamos frente a un hombre sensible y vital, asombrado ante los meteoros, la carne y el espíritu de la realidad terrenal, pero, esencialmente, estamos ante un hombre empeñado en transmitir reductos de luz y humanidad.

navatorr@hotmail.com

Temas

Sigue navegando