Entretenimiento
Félix Bernardelli en Guadalajara
Se trata de un Autorretrato, Estudio de anciano y Paisaje con barca, llegan al Museo Regional de Guadalajara
GUADALAJARA, JALISCO.- En la sala dedicada a la pintura del siglo XIX y primeras décadas del XX, ubicada en la planta alta del Museo Regional de Guadalajara, podemos encontrar tres obras de
Félix Bernardelli. Se trata de un Autorretrato, Estudio de anciano y Paisaje con barca. El primer caso consiste en una sobria representación de un hombre maduro donde la claridad de la piel del rostro solamente acentúa la lobreguez de los colores del fondo y el saco. Sin embargo, la pincelada gestual y el hecho de jugar con formas insinuadas como la oreja o el ojo izquierdo, ayudan a filtrar inquietudes modernistas vinculadas con el impresionismo. Sustenta la composición un elemental triángulo isósceles cargado hacia la izquierda permitiendo que la espalda de Bernardelli repose.
El Paisaje con barca es un estudio diminuto y de modestas pretensiones. No logra el maestro brasileño ni la atmósfera propia de un paisaje abierto ni los efectos necesarios para simular correctamente tanto la lluvia de la parte superior como de las ramas y matorrales del primer plano. Pintado sin rigor y de manera apresurada pudiera ser el producto de una de sus múltiples incursiones por los alrededores de Guadalajara y la laguna de Chapala. En contraste, su Estudio de anciano destaca por la excelencia de la factura técnica y estética. Planteado como un análisis profundo de la condición humana en su etapa senil, la pintura sintetiza magistralmente tanto las posibilidades -y evidente regodeo- de la vertiente academicista, como una sincera interpretación social y psicologista del autor en torno a la ancianidad. El resultado es una obra rica en expresividad y lecturas. No sólo la eficaz composición triangular, el giro del torso y las líneas del cuello, el correcto escorzo de los brazos, la armonía de los tonos claros y la luz ultra terrena colaboran para el efecto buscado. También sumemos la fibra de la estructura interna de la anatomía del personaje y la serena determinación del anciano rostro asumiendo su -todavía- protagónico rol en éste mundo. El verismo testimonial que Bernardelli imprime en esta obra lo emparenta tanto con las exploraciones de Sorolla en torno de la turgencia de las carnes humanas y la luz, como con el naturalismo literario francés y mexicano.
Bernardelli inició su formación pictórica en 1877 cuando ingresó a la Academia Imperial de Bellas Artes de Río de Janeiro. Hacia 1886 se dirige a Italia y Francia donde asiste a la Escuela de Bellas Artes de Roma y a los talleres de Bougereau y Ferrier en París. Es cierto que el academicismo y otras tendencias del arte europeo (como el orientalismo, el intimismo y el decadentismo de fines del XIX) fueron su fuente principal; no obstante, al experimentar con juegos lumínicos mas libres, con las posibilidades de la acuarela y con la adaptación de tipos y colores mexicanos a su iconografía, Bernardelli pudo ofrecer a sus discípulos tapatíos alternativas plásticas por demás atractivas.
Desfilarán por tanto en sus cuadros, lo mismo manolas y gitanas que odaliscas y personajes enturbantados; igual los estudios anatómicos, los retratos y los paisajes que monjas, religiosos y detalles arquitectónicos inmersos en el líquido amniótico de un romanticismo intimista.
El Paisaje con barca es un estudio diminuto y de modestas pretensiones. No logra el maestro brasileño ni la atmósfera propia de un paisaje abierto ni los efectos necesarios para simular correctamente tanto la lluvia de la parte superior como de las ramas y matorrales del primer plano. Pintado sin rigor y de manera apresurada pudiera ser el producto de una de sus múltiples incursiones por los alrededores de Guadalajara y la laguna de Chapala. En contraste, su Estudio de anciano destaca por la excelencia de la factura técnica y estética. Planteado como un análisis profundo de la condición humana en su etapa senil, la pintura sintetiza magistralmente tanto las posibilidades -y evidente regodeo- de la vertiente academicista, como una sincera interpretación social y psicologista del autor en torno a la ancianidad. El resultado es una obra rica en expresividad y lecturas. No sólo la eficaz composición triangular, el giro del torso y las líneas del cuello, el correcto escorzo de los brazos, la armonía de los tonos claros y la luz ultra terrena colaboran para el efecto buscado. También sumemos la fibra de la estructura interna de la anatomía del personaje y la serena determinación del anciano rostro asumiendo su -todavía- protagónico rol en éste mundo. El verismo testimonial que Bernardelli imprime en esta obra lo emparenta tanto con las exploraciones de Sorolla en torno de la turgencia de las carnes humanas y la luz, como con el naturalismo literario francés y mexicano.
Bernardelli inició su formación pictórica en 1877 cuando ingresó a la Academia Imperial de Bellas Artes de Río de Janeiro. Hacia 1886 se dirige a Italia y Francia donde asiste a la Escuela de Bellas Artes de Roma y a los talleres de Bougereau y Ferrier en París. Es cierto que el academicismo y otras tendencias del arte europeo (como el orientalismo, el intimismo y el decadentismo de fines del XIX) fueron su fuente principal; no obstante, al experimentar con juegos lumínicos mas libres, con las posibilidades de la acuarela y con la adaptación de tipos y colores mexicanos a su iconografía, Bernardelli pudo ofrecer a sus discípulos tapatíos alternativas plásticas por demás atractivas.
Desfilarán por tanto en sus cuadros, lo mismo manolas y gitanas que odaliscas y personajes enturbantados; igual los estudios anatómicos, los retratos y los paisajes que monjas, religiosos y detalles arquitectónicos inmersos en el líquido amniótico de un romanticismo intimista.