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CAPICUA: Historias de tapatíos

En el parque del barrio, el niño corre para alcanzar la pelota, su mamá le repite que tenga cuidado, que los coches pasan muy rápido.

Por: Laura Zohn
Fotos: Alfredo Garcia

¿Cómo vive cada tapatío la ciudad? ¿Cómo percibe cada habitante su porción de ciudad? Esa que a diario recorre y respira, esos trayectos durante los cuales observa, sube, baja y se desplaza sin cesar. Esos espacios que le son familiares y otros que por casualidad descubre. Codo a codo en medio de la multitud o en la paz que la soledad concede, cada tapatío deja a diario una huella, un aroma, un cambio, una señal. Entre los miles de rincones y vericuetos que la ciudad contiene, nos vamos formando nuestra propia identidad. Y cada realidad, evidentemente, es y habrá de ser, distinta.

Si tuviera en este momento un telescopio, colocado en una de tantas azoteas de un edificio alto, y afocara al azar a una de tantas personas que circulan por la banqueta, podría jugar a adivinar quién es, qué siente, en qué piensa mientras cruza la calle, a dónde se dirige, con quien conversaba en aquel café...  Si el calentamiento global le preocupa, si está enamorado o abandonado, si prefiere una torta ahogada o un plato de frutas para desayunar... Imposible saber, pero divertido suponer. Tan sólo son conjeturas. Quizá acierte, quizá me equivoque, pero hoy decidí ser un adivino urbano. Con total libertad, vislumbro, intuyo y dictamino. Aquí van, pues, unas cuantas posibles historias de tapatíos.

El mesero de la nevería empezó a trabajar ahí el día que la inauguraron y eso hace más de 30 años. Moño y mandil verdes, camisa blanca de manga corta, pocos pelos pero bien peinados, sumamente atento y servicial. Incluso te echa aguas cuando vas a estacionarte. Su vida se divide en dos: el turno de la mañana y el turno de la tarde. Ha de saber más del funcionamiento del negocio que el dueño mismo y aunque vive rodeado de nieves, raspados y congeladores, no se le enfría el ánimo, aunque el cliente olvide dejar propina.

La viejita es tan delgada que parece que volará en el siguiente ventarrón. Si así fuera, el rebozo que envuelve su cuello y su espalda le serviría de paracaídas. Lleva unos lentes demasiado grandes para su afilado rostro, no usa falda, solo pantalones, ha de pesar unos 40 kilos. De perfil su silueta es casi lineal, su paso es firme, su voz más. Todas las mañanas camina a la abarrotera de la esquina, después de regar las macetas del balcón. Su pasatiempo favorito es contemplar las vías, justo antes de que los oxidados vagones desfilen con su ruidosa marcha. Vive justo enfrente, por lo que dos cosas son seguras: conoce la hora exacta en que pita el tren y lamenta que con cada tren sus oídos vayan perdiendo su capacidad. Los domingos pasea con esa pausa serena que da la edad, se acomoda en la banca de madera, enciende un cigarro sin filtro y me alienta a imaginarme la más feliz de las vejeces.

Parece ciego por sus ojos nublados, sin embargo lo he visto pasear por el camellón de avenida México, con ayuda de un palo a modo de bastón. El anciano vive en la banqueta, al pie de la vitrina de la farmacia. Por casa tiene un colchón hecho de cajas de cartón extendidas, recubierto por varias cobijas a cuadros, raídas pero enteras. Una bolsa negra contiene sus cosas personales. Sentado e inexpresivo, se lleva a la boca un trozo de pan birote. No extiende la mano para pedir limosna, aunque algunos lo miran de reojo y le sueltan monedas. Desaparece por las mañanas, no sin antes doblar cartones y cobijas, en busca de algo que justifique su existencia. Al caer la tarde, regresa a su rincón de cemento, para dormir iluminado por un tubo de neón, con un solo sueño: volver a nacer. Decía que parece ciego, porque uno de sus ojos viaja al infinito, pero ahora me doy cuenta que sí ve, al menos ve que la ciudad no será nunca más grande que su banqueta.

En el parque del barrio, el niño corre para alcanzar la pelota, su mamá le repite que tenga cuidado, que los coches pasan muy rápido. Hoy no tiene tarea, su única obligación –y deleite- es jugar, brincar, llenarse de tierra al bajar del resbaladero, sonreír cuando pasa el paletero, anunciándose con la rigurosa campanita, y pedir su boli de jamaica. Qué más puede hacer ese niño sino jugar, jugar e imaginar, como yo lo hago hoy, suponiendo tantas otras vidas y esperando que al menos una de ellas se parezca a la mía.

La señora de las flores no es de Guadalajara pero se ha apropiado de sus calles y ha contagiado a la gente con el brillante colorido de sus ramos. Viene del campo, como tanta gente, ilusionada por una vida un poco mejor. Anda de puerta en puerta, ofreciendo colores que alegran el día, con su balde a cuestas, rebosado de claveles, yerberas, crisantemos y margaritas. Siempre regresa a casa –alguna vecindad del centro- con su balde vacío y su monedero con suficientes monedas para alimentar a su hija. Sus piernas y sus hombros son resistentes como el fresno bajo el cual se detiene a descansar de su diario ir y venir. El sol brilla sobre su cabello negro, sus ojos son un par de rendijas. Quizá no quiera ver su futuro, el presente está mucho más cerca. Al paso de los días se le desgastan los huaraches pero nunca se quita de encima esa sonrisa positiva, esa calidez, acompañada del “ándele, seño, llévese otro ramito, mire qué bonitos lilis, ahí luego me lo paga, ahí pa l ’otra...”.

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