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ARQUITECTURA: De la cultura del paisaje a los paisajes culturales
Si bien el paisaje agavero fue reconocido por sus valores culturales universales, bajo la categoría de Paisaje Cultural según los cánones de la UNESCO, estos pueden resultar confusos y poco aclaradores.
Por: Pedro Alcocer.
Foto: Carlos Hernández
El tema del paisaje parece haberse posicionado en una de las preferencias en torno al debate arquitectónico alrededor del mundo. Al mismo tiempo resulta un tema con una carga de ambigüedad bastante amplia. El paisaje resulta un concepto que nos es completamente cotidiano y al mismo tiempo ajeno. Lo vivimos cada día de nuestra existencia, sin embargo su cercanía, su convivencia cotidiana le dotan de una carga de anonimato y de indiferencia que se traduce en un desconocimiento hacia su potencial como medio y herramienta para la interpretación de nuestra problemática urbana y sus relaciones ambientales, territoriales y por ende culturales.
Joaquín Sabate (1), sostiene que “en la identidad del territorio está su alternativa de intervención”. En este sentido, la identidad del territorio se materializa seguramente en la interpretación de sus valores paisajísticos. Efectivamente, parece que el fracaso del urbanismo científico derivado de una obsesión por el apoyo en disciplinas como la economía o la sociología, desde herramientas como las variables poblacionales o el deslumbramiento por los resultados de encuestas, principalmente desarrollado en la última mitad del siglo XX, se ha transformado paulatinamente hacia un interés por la interpretación de las singularidades de cada contexto como medio de intervención. El sentido común, es decir, la puesta en valor de las particularidades de cada lugar, lo más obvio, lo que queremos ignorar por su inmediatez, parece haberse convertido en el medio para encontrar el fundamento de planes y proyectos. En este contexto adquiere vigencia una definición de arquitectura del siglo XIX de William Morris: “La arquitectura abarca toda consideración del ambiente físico que rodea la vida humana. No podemos quedarnos al margen en tanto que formamos parte de la civilización, porque la arquitectura es el conjunto de modificaciones y alteraciones producidas en la superficie de la tierra para satisfacer cualquier necesidad humana...”.
Lo urbano disperso y lo rural urbanizado
Desde esta concepción entendemos que tanto el espacio urbano como el espacio rural son construcciones humanas, por tanto son entendidas como componentes del concepto de arquitectura y de paisaje. Si bien, la morfología de la ciudad tradicional es estructurada por terrenos o superficies con alguna lógica de orden, vías y edificaciones, el espacio rural no está exento de transformaciones humanas y por tanto, de una estructura morfológica. En él se deforesta, se canaliza el agua, se abren caminos, se cultiva, etcétera La diferencia únicamente se encuentra en el grado de intervención. En este sentido, a la realidad de las ciudades contemporáneas, enmarcada por el mayor proceso de expansión en su historia, podría asociarse un denominador común: el espacio urbano es cada vez más disperso y el espacio rural es cada vez más urbanizado.
Podemos así entender el concepto paisaje desde una interpretación morfológica que rompe con los límites tradicionales entre ciudad compacta (lleno) y espacio rural (vacío) (2), como un espacio continuo, estructurado por elementos de orden y conformado por una interrelación de “vacíos” y “llenos” con elementos construidos y elementos naturales ordenados en función de las necesidades de la sociedad o relacionadas a una actividad humana específica.
Sin embargo, para que esta concepción adquiera sentido resulta indispensable el impulso de una cultura del paisaje. El paisaje no es sinónimo de verde, el paisajista no es un jardinero con alto estatus, el paisaje somos todos, el paisaje se transforma en la medida que nos movemos. La interpretación del paisaje es fundamentalmente un hecho cultural, significa un reconocimiento de nosotros mismos de nuestros defectos, de nuestras virtudes y de la huella que esos defectos y esas virtudes han dejado en nuestro entorno inmediato.
En este sentido, la nominación del paisaje agavero como patrimonio de la humanidad por la UNESCO en el verano de 2006 se ha convertido en un tema de orgullo para todos, sin saber mucho sobre las razones por las que nos nominaron, resulta un tema unánime de aceptación y de reconocimiento social. Todos somos parte del paisaje del agave. Esta ola de aceptación social y cultural es una oportunidad inigualable para un despunte de nuestra propia cultura del paisaje.
El paisaje agavero
Si bien el paisaje agavero fue reconocido por sus valores culturales universales, bajo la categoría de Paisaje Cultural según los cánones de la UNESCO, estos pueden resultar confusos y poco aclaradores (3). El concepto de paisaje cultural es mucho más amplio. La universidad de Harvard desde su Instituto de Investigación sobre el Paisaje Cultural ha desarrollado una definición sumamente interesante. Así, la referencia a los paisajes culturales no se desarrolla en función de una clasificación específica, sino que se refiere a una forma de interpretar el paisaje desde la relación del hombre con su ambiente natural, la cual tiene una diversidad de aproximaciones. Y sostiene: “... La mayoría de las discusiones sobre paisajes culturales tratan sobre la conservación de lugares con un ‘especial’ valor histórico; pero la definición de ‘especial’ puede variar a través del tiempo y diferentes culturas, así como diferentes lugares; un paisaje que es valioso para un grupo de personas, tal vez, sea invisible u ofensivo para otros” (4). En este sentido, Peter Fowler menciona que para reconocer un paisaje cultural por primera vez, tenemos que darnos la oportunidad de apreciar lugares que tal vez parecen ordinarios pero que pueden satisfacer nuestra apreciación y volverse extraordinarios; es decir, la habilidad de estos lugares de crear monumentos a la comunidad anónima. A la gente que murió y vivió sin ser recordada más que inconsciente y colectivamente, por el paisaje que fue modificado por su trabajo. Es así como su definición concluye un paisaje cultural al memorial del labrador (y en nuestro caso, del jimador) desconocido (5).
Y otras piezas territoriales
Nuestro patrimonio cultural está enmarcado por paisajes de calidad extraordinaria, es indispensable no apostar todo al paisaje agavero, que si bien tiene valores extraordinarios e irrepetibles, existe una extensa variedad de paisajes que es indispensable poner en valor como parte de nuestra identidad. La Barranca de Huentitán; el sistema lacustre que viene desde Michoacán y que en nuestra localidad se manifiesta por la rivera de Chapala; Cajititlán, así como el extraordinario paisaje de Sayula; las poblaciones instaladas en los bordes del Río Santiago, así como algunos paisajes urbanos, entre ellos el Parque Morelos y su vinculación a la diagonal alameda que rompe la traza fundacional, entre muchos otros, son ejemplos de piezas territoriales que necesitan una atención especial para lograr estructurar un sistema urbano y territorial propio, irrepetible, fuera de calcas y copias sin sentido.
El reto es cómo poder utilizar nuestro inmenso patrimonio cultural enmarcado por el paisaje y sus valores culturales, para establecer los criterios que guiarán una planificación urbana, territorial y paisajística. El reto está en el aire, como sociedad, gobierno y academia debemos dialogar para el establecimiento del entorno que deseamos.
Bibliografía: (1) Sabate Joaquín. Paisajes Culturales: El patrimonio como recurso básico para un nuevo modelo de desarrollo. Revista Urban no 9. Madrid, 2004.
(2) Para estos efectos han sido muy importantes los trabajos de urbanistas italianos. Entre ellos Vittorio Gregoti, con su libro La arquitectura del territorio, ed. Gustavo Gili, Barcelona 1972. Por su parte, en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), se han desarrollados trabajos al respecto. Es importante destacar los trabajos de Antonio Font, Carlos Llop y Jose Ma Vilanova en: Anatomia de una metròpoli discontínua: la Barcelona metropolitana. Papers número 26. Barcelona, 1997.
(3) La UNESCO distingue tres categorías: Los paisajes claramente definidos, diseñados y creados intencionalmente por el hombre. Estos comprenden los jardines y los parques; Los paisajes evolutivos (u orgánicamente desarrollados) resultantes de condicionantes sociales, económicas, administrativas, y /o religiosas que se han desarrollado conjuntamente y en respuesta a su medio ambiente natural. Se dividen en dos subcategorías: Un paisaje fósil / relicto, en el cual el proceso evolutivo llegó a su fin: Un paisaje continuo en el tiempo, que sigue teniendo un papel social activo en la sociedad contemporánea, conjuntamente con la forma tradicional de vida. La categoría final es el paisaje cultural asociativo de los aspectos religiosos, artísticos o culturales relacionados con los elementos del medio ambiente.
(4) Ingerson, Alice E. What are Cultural Landscapes?. Institute for Cultural Landscapes Studies. Harvard University.
http://www.icls.harvard.edu/language/whatare.html
(5) Fowler, Peter. World Heritage Cultural Landscape. 1992-2002. World Heritage Papers 6. UNESCO 2003. p. 23
Foto: Carlos Hernández
El tema del paisaje parece haberse posicionado en una de las preferencias en torno al debate arquitectónico alrededor del mundo. Al mismo tiempo resulta un tema con una carga de ambigüedad bastante amplia. El paisaje resulta un concepto que nos es completamente cotidiano y al mismo tiempo ajeno. Lo vivimos cada día de nuestra existencia, sin embargo su cercanía, su convivencia cotidiana le dotan de una carga de anonimato y de indiferencia que se traduce en un desconocimiento hacia su potencial como medio y herramienta para la interpretación de nuestra problemática urbana y sus relaciones ambientales, territoriales y por ende culturales.
Joaquín Sabate (1), sostiene que “en la identidad del territorio está su alternativa de intervención”. En este sentido, la identidad del territorio se materializa seguramente en la interpretación de sus valores paisajísticos. Efectivamente, parece que el fracaso del urbanismo científico derivado de una obsesión por el apoyo en disciplinas como la economía o la sociología, desde herramientas como las variables poblacionales o el deslumbramiento por los resultados de encuestas, principalmente desarrollado en la última mitad del siglo XX, se ha transformado paulatinamente hacia un interés por la interpretación de las singularidades de cada contexto como medio de intervención. El sentido común, es decir, la puesta en valor de las particularidades de cada lugar, lo más obvio, lo que queremos ignorar por su inmediatez, parece haberse convertido en el medio para encontrar el fundamento de planes y proyectos. En este contexto adquiere vigencia una definición de arquitectura del siglo XIX de William Morris: “La arquitectura abarca toda consideración del ambiente físico que rodea la vida humana. No podemos quedarnos al margen en tanto que formamos parte de la civilización, porque la arquitectura es el conjunto de modificaciones y alteraciones producidas en la superficie de la tierra para satisfacer cualquier necesidad humana...”.
Lo urbano disperso y lo rural urbanizado
Desde esta concepción entendemos que tanto el espacio urbano como el espacio rural son construcciones humanas, por tanto son entendidas como componentes del concepto de arquitectura y de paisaje. Si bien, la morfología de la ciudad tradicional es estructurada por terrenos o superficies con alguna lógica de orden, vías y edificaciones, el espacio rural no está exento de transformaciones humanas y por tanto, de una estructura morfológica. En él se deforesta, se canaliza el agua, se abren caminos, se cultiva, etcétera La diferencia únicamente se encuentra en el grado de intervención. En este sentido, a la realidad de las ciudades contemporáneas, enmarcada por el mayor proceso de expansión en su historia, podría asociarse un denominador común: el espacio urbano es cada vez más disperso y el espacio rural es cada vez más urbanizado.
Podemos así entender el concepto paisaje desde una interpretación morfológica que rompe con los límites tradicionales entre ciudad compacta (lleno) y espacio rural (vacío) (2), como un espacio continuo, estructurado por elementos de orden y conformado por una interrelación de “vacíos” y “llenos” con elementos construidos y elementos naturales ordenados en función de las necesidades de la sociedad o relacionadas a una actividad humana específica.
Sin embargo, para que esta concepción adquiera sentido resulta indispensable el impulso de una cultura del paisaje. El paisaje no es sinónimo de verde, el paisajista no es un jardinero con alto estatus, el paisaje somos todos, el paisaje se transforma en la medida que nos movemos. La interpretación del paisaje es fundamentalmente un hecho cultural, significa un reconocimiento de nosotros mismos de nuestros defectos, de nuestras virtudes y de la huella que esos defectos y esas virtudes han dejado en nuestro entorno inmediato.
En este sentido, la nominación del paisaje agavero como patrimonio de la humanidad por la UNESCO en el verano de 2006 se ha convertido en un tema de orgullo para todos, sin saber mucho sobre las razones por las que nos nominaron, resulta un tema unánime de aceptación y de reconocimiento social. Todos somos parte del paisaje del agave. Esta ola de aceptación social y cultural es una oportunidad inigualable para un despunte de nuestra propia cultura del paisaje.
El paisaje agavero
Si bien el paisaje agavero fue reconocido por sus valores culturales universales, bajo la categoría de Paisaje Cultural según los cánones de la UNESCO, estos pueden resultar confusos y poco aclaradores (3). El concepto de paisaje cultural es mucho más amplio. La universidad de Harvard desde su Instituto de Investigación sobre el Paisaje Cultural ha desarrollado una definición sumamente interesante. Así, la referencia a los paisajes culturales no se desarrolla en función de una clasificación específica, sino que se refiere a una forma de interpretar el paisaje desde la relación del hombre con su ambiente natural, la cual tiene una diversidad de aproximaciones. Y sostiene: “... La mayoría de las discusiones sobre paisajes culturales tratan sobre la conservación de lugares con un ‘especial’ valor histórico; pero la definición de ‘especial’ puede variar a través del tiempo y diferentes culturas, así como diferentes lugares; un paisaje que es valioso para un grupo de personas, tal vez, sea invisible u ofensivo para otros” (4). En este sentido, Peter Fowler menciona que para reconocer un paisaje cultural por primera vez, tenemos que darnos la oportunidad de apreciar lugares que tal vez parecen ordinarios pero que pueden satisfacer nuestra apreciación y volverse extraordinarios; es decir, la habilidad de estos lugares de crear monumentos a la comunidad anónima. A la gente que murió y vivió sin ser recordada más que inconsciente y colectivamente, por el paisaje que fue modificado por su trabajo. Es así como su definición concluye un paisaje cultural al memorial del labrador (y en nuestro caso, del jimador) desconocido (5).
Y otras piezas territoriales
Nuestro patrimonio cultural está enmarcado por paisajes de calidad extraordinaria, es indispensable no apostar todo al paisaje agavero, que si bien tiene valores extraordinarios e irrepetibles, existe una extensa variedad de paisajes que es indispensable poner en valor como parte de nuestra identidad. La Barranca de Huentitán; el sistema lacustre que viene desde Michoacán y que en nuestra localidad se manifiesta por la rivera de Chapala; Cajititlán, así como el extraordinario paisaje de Sayula; las poblaciones instaladas en los bordes del Río Santiago, así como algunos paisajes urbanos, entre ellos el Parque Morelos y su vinculación a la diagonal alameda que rompe la traza fundacional, entre muchos otros, son ejemplos de piezas territoriales que necesitan una atención especial para lograr estructurar un sistema urbano y territorial propio, irrepetible, fuera de calcas y copias sin sentido.
El reto es cómo poder utilizar nuestro inmenso patrimonio cultural enmarcado por el paisaje y sus valores culturales, para establecer los criterios que guiarán una planificación urbana, territorial y paisajística. El reto está en el aire, como sociedad, gobierno y academia debemos dialogar para el establecimiento del entorno que deseamos.
Bibliografía: (1) Sabate Joaquín. Paisajes Culturales: El patrimonio como recurso básico para un nuevo modelo de desarrollo. Revista Urban no 9. Madrid, 2004.
(2) Para estos efectos han sido muy importantes los trabajos de urbanistas italianos. Entre ellos Vittorio Gregoti, con su libro La arquitectura del territorio, ed. Gustavo Gili, Barcelona 1972. Por su parte, en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), se han desarrollados trabajos al respecto. Es importante destacar los trabajos de Antonio Font, Carlos Llop y Jose Ma Vilanova en: Anatomia de una metròpoli discontínua: la Barcelona metropolitana. Papers número 26. Barcelona, 1997.
(3) La UNESCO distingue tres categorías: Los paisajes claramente definidos, diseñados y creados intencionalmente por el hombre. Estos comprenden los jardines y los parques; Los paisajes evolutivos (u orgánicamente desarrollados) resultantes de condicionantes sociales, económicas, administrativas, y /o religiosas que se han desarrollado conjuntamente y en respuesta a su medio ambiente natural. Se dividen en dos subcategorías: Un paisaje fósil / relicto, en el cual el proceso evolutivo llegó a su fin: Un paisaje continuo en el tiempo, que sigue teniendo un papel social activo en la sociedad contemporánea, conjuntamente con la forma tradicional de vida. La categoría final es el paisaje cultural asociativo de los aspectos religiosos, artísticos o culturales relacionados con los elementos del medio ambiente.
(4) Ingerson, Alice E. What are Cultural Landscapes?. Institute for Cultural Landscapes Studies. Harvard University.
http://www.icls.harvard.edu/language/whatare.html
(5) Fowler, Peter. World Heritage Cultural Landscape. 1992-2002. World Heritage Papers 6. UNESCO 2003. p. 23