Cultura
Una artista en contra del exceso de velocidad
Con su obra plástica en torno al automóvil, Betsabé Romero cuestiona el vértigo de la ciudad moderna
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CIUDAD DE MÉXICO.- Con frecuencia a Betsabé Romero le resulta más complicado romper las trabas burocráticas de los museos, que conseguir las partes de carros y llantas para crear su obra, la cual ha llegado a numerosos museos y espacios públicos de México y el mundo.
“Tengo mis deshuesaderos de cabecera desde hace años. El que me consigue las llantas es mi colaborador; si no las consigo me dice ‘no te preocupes’; me ayudan a calar, son una comunidad muy sensible. Yo no llego con ellos diciéndoles ‘soy artista’, la comunión es a través de proyectos de trabajo”, explica la artista en entrevista con KIOSKO.
Romero no se detiene: este fin de semana dará un taller en el municipio de Mina, Nuevo León, paralelo a su exposición individual Lágrimas negras, una muestra que del Museo Amparo de Puebla pasó al Marco de Monterrey.
En una semana partirá hacia Liubliana, Eslovenia, para representar a México en la Bienal de gráfica; irá luego a Nueva York a ofrecer una conferencia sobre lo prehispánico en su obra contemporánea. De vuelta a México hará una obra para la Feria del Libro del Zócalo, en octubre; ese mismo mes pondrá Lágrimas negras en el Museo de San Ildefonso -donde es escasa la puesta de autores contemporáneos. De ahí irá a San Miguel de Allende para presentar la muestra Memoria en tránsito.
Cuando el ocio es mal visto
Romero (México D.F., 1963), continúa con obras donde los motivos son las llantas, el automóvil. Ahonda en estas series como una manera de reflexionar acerca del tiempo y la memoria: “Una de las categorías que cuestiona mi trabajo a través de la llanta y del carro es la velocidad. No es algo que nos ha llevado a buenos lugares: por sí misma la velocidad es aberrante, muchas cosas necesitan todo lo contrario de la velocidad: la pausa. Este tiempo no nos permite la pausa, el ocio es mal visto”, dice.
En el piso, las mesas, las paredes y los estantes del estudio están los materiales con que trabaja la artista: hay llantas con grabados de bordados llenos de chicle de color; llantas con incrustaciones de plata cuyos trazos fueron hechos con gurbias; hay diseños de papel picado expuesto en dibujos orientales. En los estantes se guardan carros decorados cual maqueta.
En la planta baja permanece un carro cubierto de trozos de talavera.
Para su visita a Mina, Romero preparó una llanta con glifos propios de la zona, y diseñó un taller de grabados en panes tradicionales con los signos de estos glifos, así como señalización con esos grafitos. Para su obra en Liubliana usó banderas de manifestaciones que tienen grabados de tejidos antiguos de la región. Esos tejidos, en rojo y negro, se habían trazado en las llantas.
“Es como la huella de la tradición que está por encima de lo político. En muchas obras hago un trabajo como de resistencia y desindustrialización del objeto transformando la huella de la máquina en un tejido manual. Es el tejido como un registro histórico, manual, cultural”.
La artista explica que lo persigue es resignificar esos objetos urbanos, ya en desuso: “es un ejercicio de resistencia de la memoria en oposición a la velocidad. Lo increíble es que es un material que pierde todo su valor de cambio en cuanto ya no está moviéndose. En países del primer mundo, con que firmes un papel que diga no lo vas a usar está bien. Pero en nuestros países donde reciclamos hasta la leche, donde hay mercados de segunda y tercera, todo se vuelve a usar, todo eso cuesta. Y eso pasa en Cuba, en Bolivia, en Perú, en Egipto, en la India… todo se recicla, se revende”.
La relación que sostenemos con los autos, el desplazamiento, se ha convertido en eje de reflexión y obra para Romero. Observa, por ejemplo, a un hombre, frente a su casa, que se viste de overol para lavar su carro antiguo, donde permanece una hora al día oyendo la radio
En 1997 creó el primer carro, fue en Tijuana, y la gente se involucró de inmediato. En un proyecto binacional, en la colonia Buenos Aires y en East LA, la gente de los deshuesaderos de la Buenos Aires la contactó con familiares de Los Ángeles. Eso la empujó a seguir haciendo más trabajos con estas piezas.
Vivir en una colonia relativamente cercana al centro le ha facilitado el trabajo: hay muchos mecánicos en los alrededores. “Todos los materiales los consigo en los mercados cercanos al centro, conozco la ciudad, es mi laboratorio”.
Al mismo tiempo, en cada lugar que visita busca descifrar la cultura del carro local. “En la ciudad de México la inseguridad ha cambiado los usos del carro. El auto, lejos de ser un espacio de tranquilidad, es el lugar del secuestro y es también el sitio donde más se ha perdido contacto con el exterior, usas las ventanas cerradas, no quieres el ruido, quieres oler tu perfume, escuchar tu música, no dejas entrar el exterior. Y el que se mueve en transporte público también vive en el desplazamiento. Lo que define la cultura urbana son los trayectos, más que las estadías; estamos como culturas en tránsito; lo que te pasa, ocurre en el camino. Por eso no se acaba el tema del carro”.
De vocación docente
A la par de su obra artística, Romero -quien estudió comunicación, Bellas Artes e Historia del Arte en Francia y México- tiene interés por la teoría, la investigación, la docencia. Por eso busca acompañar sus exposiciones con talleres, da clases o está trabajando muy de cerca con estudiantes.
“En otros países como Argentina hay mucha gente teorizando, en Colombia hay mucha reflexión acerca del arte, muchas facultades. Aquí hay un hueco de publicaciones, de plumas en los periódicos, una falta de reflexión teórica acerca de lo que está pasando”, opina.
Durante la Feria del Libro en el Zócalo Romero hará una obra con tres columnas de libros y llantas. “Una estructura simbólica, que es a veces lo que nos mantiene vivos en una sociedad tan cruda. Los libros sosteniendo todo ese peso que ha generado Occidente con sus llantas, su contaminación”.
“Toda la tecnología que se alimenta del petróleo y sus derivados nos la van hacer atragantar hasta que se acabe la última gota. Cómo es posible que cuando se está acabando el petróleo, nos digan que la tercera parte de la deuda de Pemex es lo que han ordeñado desde narcos hasta políticos. Son lágrimas negras lo que lloramos en este país”, concluye Romero, cuya muestra se presenta en San Ildefonso a mediados de octubre.
CIUDAD DE MÉXICO.- Con frecuencia a Betsabé Romero le resulta más complicado romper las trabas burocráticas de los museos, que conseguir las partes de carros y llantas para crear su obra, la cual ha llegado a numerosos museos y espacios públicos de México y el mundo.
“Tengo mis deshuesaderos de cabecera desde hace años. El que me consigue las llantas es mi colaborador; si no las consigo me dice ‘no te preocupes’; me ayudan a calar, son una comunidad muy sensible. Yo no llego con ellos diciéndoles ‘soy artista’, la comunión es a través de proyectos de trabajo”, explica la artista en entrevista con KIOSKO.
Romero no se detiene: este fin de semana dará un taller en el municipio de Mina, Nuevo León, paralelo a su exposición individual Lágrimas negras, una muestra que del Museo Amparo de Puebla pasó al Marco de Monterrey.
En una semana partirá hacia Liubliana, Eslovenia, para representar a México en la Bienal de gráfica; irá luego a Nueva York a ofrecer una conferencia sobre lo prehispánico en su obra contemporánea. De vuelta a México hará una obra para la Feria del Libro del Zócalo, en octubre; ese mismo mes pondrá Lágrimas negras en el Museo de San Ildefonso -donde es escasa la puesta de autores contemporáneos. De ahí irá a San Miguel de Allende para presentar la muestra Memoria en tránsito.
Cuando el ocio es mal visto
Romero (México D.F., 1963), continúa con obras donde los motivos son las llantas, el automóvil. Ahonda en estas series como una manera de reflexionar acerca del tiempo y la memoria: “Una de las categorías que cuestiona mi trabajo a través de la llanta y del carro es la velocidad. No es algo que nos ha llevado a buenos lugares: por sí misma la velocidad es aberrante, muchas cosas necesitan todo lo contrario de la velocidad: la pausa. Este tiempo no nos permite la pausa, el ocio es mal visto”, dice.
En el piso, las mesas, las paredes y los estantes del estudio están los materiales con que trabaja la artista: hay llantas con grabados de bordados llenos de chicle de color; llantas con incrustaciones de plata cuyos trazos fueron hechos con gurbias; hay diseños de papel picado expuesto en dibujos orientales. En los estantes se guardan carros decorados cual maqueta.
En la planta baja permanece un carro cubierto de trozos de talavera.
Para su visita a Mina, Romero preparó una llanta con glifos propios de la zona, y diseñó un taller de grabados en panes tradicionales con los signos de estos glifos, así como señalización con esos grafitos. Para su obra en Liubliana usó banderas de manifestaciones que tienen grabados de tejidos antiguos de la región. Esos tejidos, en rojo y negro, se habían trazado en las llantas.
“Es como la huella de la tradición que está por encima de lo político. En muchas obras hago un trabajo como de resistencia y desindustrialización del objeto transformando la huella de la máquina en un tejido manual. Es el tejido como un registro histórico, manual, cultural”.
La artista explica que lo persigue es resignificar esos objetos urbanos, ya en desuso: “es un ejercicio de resistencia de la memoria en oposición a la velocidad. Lo increíble es que es un material que pierde todo su valor de cambio en cuanto ya no está moviéndose. En países del primer mundo, con que firmes un papel que diga no lo vas a usar está bien. Pero en nuestros países donde reciclamos hasta la leche, donde hay mercados de segunda y tercera, todo se vuelve a usar, todo eso cuesta. Y eso pasa en Cuba, en Bolivia, en Perú, en Egipto, en la India… todo se recicla, se revende”.
La relación que sostenemos con los autos, el desplazamiento, se ha convertido en eje de reflexión y obra para Romero. Observa, por ejemplo, a un hombre, frente a su casa, que se viste de overol para lavar su carro antiguo, donde permanece una hora al día oyendo la radio
En 1997 creó el primer carro, fue en Tijuana, y la gente se involucró de inmediato. En un proyecto binacional, en la colonia Buenos Aires y en East LA, la gente de los deshuesaderos de la Buenos Aires la contactó con familiares de Los Ángeles. Eso la empujó a seguir haciendo más trabajos con estas piezas.
Vivir en una colonia relativamente cercana al centro le ha facilitado el trabajo: hay muchos mecánicos en los alrededores. “Todos los materiales los consigo en los mercados cercanos al centro, conozco la ciudad, es mi laboratorio”.
Al mismo tiempo, en cada lugar que visita busca descifrar la cultura del carro local. “En la ciudad de México la inseguridad ha cambiado los usos del carro. El auto, lejos de ser un espacio de tranquilidad, es el lugar del secuestro y es también el sitio donde más se ha perdido contacto con el exterior, usas las ventanas cerradas, no quieres el ruido, quieres oler tu perfume, escuchar tu música, no dejas entrar el exterior. Y el que se mueve en transporte público también vive en el desplazamiento. Lo que define la cultura urbana son los trayectos, más que las estadías; estamos como culturas en tránsito; lo que te pasa, ocurre en el camino. Por eso no se acaba el tema del carro”.
De vocación docente
A la par de su obra artística, Romero -quien estudió comunicación, Bellas Artes e Historia del Arte en Francia y México- tiene interés por la teoría, la investigación, la docencia. Por eso busca acompañar sus exposiciones con talleres, da clases o está trabajando muy de cerca con estudiantes.
“En otros países como Argentina hay mucha gente teorizando, en Colombia hay mucha reflexión acerca del arte, muchas facultades. Aquí hay un hueco de publicaciones, de plumas en los periódicos, una falta de reflexión teórica acerca de lo que está pasando”, opina.
Durante la Feria del Libro en el Zócalo Romero hará una obra con tres columnas de libros y llantas. “Una estructura simbólica, que es a veces lo que nos mantiene vivos en una sociedad tan cruda. Los libros sosteniendo todo ese peso que ha generado Occidente con sus llantas, su contaminación”.
“Toda la tecnología que se alimenta del petróleo y sus derivados nos la van hacer atragantar hasta que se acabe la última gota. Cómo es posible que cuando se está acabando el petróleo, nos digan que la tercera parte de la deuda de Pemex es lo que han ordeñado desde narcos hasta políticos. Son lágrimas negras lo que lloramos en este país”, concluye Romero, cuya muestra se presenta en San Ildefonso a mediados de octubre.