Cultura
Poesía para entender el mundo
El poeta jalisciense Ricardo Yáñez vuelve a su tierra para presentar su más reciente antología: Una Vez, Una Vida
GUADALAJARA, JALISCO (08/AGO/2012).- Aconsejado por sus maestros Elías Nandino y Adalberto Navarro Sánchez, Ricardo Yáñez dejó su natal Guadalajara y se instaló en la Ciudad de México en 1973. “Tengo la impresión de que ellos querían que me fuera ‘a triunfar’”, dice el poeta, “pero por fortuna nunca usaron ese verbo. Yo lo que quería era trabajar, y en mis tiempos no había trabajo para alguien como yo en Guadalajara”.
Sin embargo, no ha dejado de ser uno de los hijos predilectos de Jalisco. Tanto que el Gobierno del Estado, a través de la Secretaría de Cultura, le editó su más reciente antología en la colección Clásicos Jaliscienses. Una Vez, Una Vida, será presentada esta noche a las 20:30 horas, en el Ex Convento del Carmen.
A manera de retrospectiva —desde los poemas más recientes hasta el primero que le aprobaron a Yáñez en la facultad de letras— se organiza esta selección que estuvo a cargo del también poeta Ramiro Aguirre, quien advierte en el prólogo que toda antología es parcial y subjetiva, y que en este caso el énfasis recayó en el poema narrativo y de lo cotidiano.
“Lo que yo descubrí con esta antología”, cuenta Yáñez vía telefónica, “es que cada vez soy un poeta más tradicional, cosa que ya me dio un poco de temor”, y ríe. “No porque no me lean, sino porque a lo mejor estoy desfasado; a lo mejor sigo cantando canciones de Edith Piaf y ya hasta Chavela Vargas se murió”.
Además de escribir poesía, Ricardo Yáñez se ha desempeñado como periodista. Pero sin duda, es más conocido por ser un gran tallerista y maestro. Por más de 40 años, el jalisciense ha viajado por todo el país para impartir sus talleres de Escritura y Sensibilización a la Creatividad.
Ahora dice estar cansado de esa actividad: “Los talleres no me dieron el resultado esperado y yo no soy tan bueno como alguna vez pensé (…) Descuidé mucho mi propia poesía por andar en el ajo de los talleres y ahora intento dedicarle más tiempo a escribir”.
—¿Con qué idea o esperanza comenzó usted a impartir sus talleres?
Con una ambición que entonces yo no noté que era ambición, y por lo tanto es equívoca. Yo pensaba que se podía hacer un método para escribir poesía y para ello me intenté meter a los orígenes del arte. Intenté dibujar, cantar, bailar y que los demás también lo hicieran. Que no fuera sólo poesía porque en ese momento yo pensaba que lo importante de la creatividad era poner cuerpo y alma. Pero no me resultó. Ha sido para mí mismo un fiasco en cuanto a los resultados que yo mismo obtuve. Y dije ‘¿para qué estar buscando métodos de escritura? Mejor ponte a escribir y se acabó’. Claro que lo dije 40 años después.
—Aunque si los impartió durante 40 años tuvieron que haber dado algún resultado…
—Sí, yo lo que pienso es que ahorita paso por una etapa gris o oscura y si hay algo brillante se verá después. Ahorita no se puede. Es un poco el periodo de la crisálida. Si hay mariposa ya se verá, si no ahí queda el capullo seco.
—¿Todavía cree que la poesía se puede enseñar?
—Sí, yo creo que se puede enseñar, pero los poetas no están dispuestos a aprender de otra persona. Yo en mis sueños quise ser como un maestro oriental, pero eso fue un sueño y con frecuencia se convirtió en pesadilla. La gente lee o no lee y ahí aprende. Lo resumió muy bien un poeta joven de Guadalajara: “la poesía enseña, no se enseña”.
—¿Qué le ha enseñado a usted la poesía?
—A vivir, o mejor dicho, a resignarme que estoy vivo y que todavía no me muero (risas). Yo sin poesía, sin periodismo, sin la carrera de letras, no tendría donde pararme y desde donde entender el mundo. Me sentiría a la deriva, sin tener de dónde agarrarme para saber donde estoy.
—Usted ha dicho que el ejercicio de escribir poesía es como “reportearse a sí mismo”, ¿cómo se logra tal cosa?
—Volviendo público lo privado. O más bien, lo íntimo, sensible. No haciendo escándalo de la vida privada. Es la intimidad sensible objetivada. Para eso se necesita mucha escuela en el sentido más popular del término: estudiar, estudiar y estudiar. Pero también saber sentir lo que uno siente.
—¿Hay un estado emocional ideal para escribir poesía?
—Sí lo hay, pero no es ‘para’, sino es propio de escribir poesía. Eso lo he leído en algún lado pero no sé bien cómo se dice. Es algo científico, es como un estado alfa de la mente. Entran a él algunos chamanes, algunos músicos y yo digo que ese es el estado ideal para escribir poesía. Yo sólo lo conozco en mi propia experiencia, no tengo estudios al respecto.
—¿Y en su experiencia cómo surge?
—Yo me preparo. Pienso que la espontaneidad se da mucho en la juventud, pero yo ya tengo 64 años, entonces tengo que estarme ejercitando para poder hacer poesía. Estar un poco leyendo —y digo un poco porque no soy un gran lector— informándome y estando en contacto con la palabra, tanto hablada como escrita. A veces hasta viendo la tele, ese subtítulo de película puede ser el principio de un poema. Porque hay una conexión con la palabra pero no sólo de mi parte, sino del guionista, del actor, que se conectaron con la palabra misma. En algún momento dije que la poesía es la palabra misma. No es la otredad de la palabra, es la mismidad de la palabra. Cuando uno entra en contacto con la palabra misma entra en contacto con la poesía.
—¿En qué consiste la vocación de un escritor?
—Lo primero es que debe de ser humilde. Pero cuando uno dice ‘debe de ser’, ya no es humilde uno mismo, entonces ni quién le crea (risas). Pero lo que importa es el objeto a trabajar, no la personalidad de quien la está trabajando. Si un carpintero me quiere vender su personalidad en una silla, pues yo no se la compro. Mi trabajo en los talleres, ahora un poco denostado por mí mismo, siempre intento ir a las raíces del arte y ver cómo lo que yo aplicaba en poesía se podía aplicar en todo el arte.
—¿Qué otros principios se pueden aplicar a la poesía y al arte?
—Son frases que tengo hechas. A ver si me acuerdo de alguna de ellas… ‘Si tienes la experiencia tienes la palabra, si tienes la palabra no es muy seguro que tengas la experiencia’. Otra que es muy breve, dice: ‘Confía, no te confíes’, que significa ‘ten fe, no te confíes’, pero así no suena.
—¿Nunca incursionó en otros géneros además de la poesía?
—Una vez hice un cuento cuando todavía no sabía usar la computadora y cuando lo quise salvar lo borré (risas), y es el único que siento que estaba bien escrito. La verdad si tengo alguna capacidad para narrar, es en la crónica. No soy muy inventivo en términos de historias.
—Sin embargo muchos de sus poemas son narrativos…
—Eso se lo debo al periodismo y un poco a las pláticas que se usaban en mis tiempos cuando no había televisión, entonces los jóvenes se reunían en la esquina, a veces a chelear pero siempre a platicar. Eran dos horas o tres cada noche que había que platicar cosas.
—La música es otro elemento muy presente en su poesía, ¿cómo es su relación con este arte?
—Toco la flauta. Bueno es un decir puede pasar un año y no la toco. Pero luego la agarro un día y me doy gusto. Toco un poco la guitarra y a veces la armónica, pero es rarísimo. Lo que quiero decir es que con la música aprendí mucho de poesía. Considero a la música la maestra de las artes. La poesía es la madre, pero la música es la maestra. Yo por eso admiro muchísimo a los músicos, se me cae la baba cuando los oigo. Me gusta mucho la música tradicional, es decir, o clásica o folklórica. El rock es muy extraño porque es de mis tiempos para acá, pero yo oigo rock y no entiendo nada. Pues allá ustedes y sus Fabulosos Cadillacs. Ahí síganle. Claro, no menosprecio a los músicos pero no me jalan.
—¿De los distintos tipos de creadores, son entonces los músicos a quienes más admira?
—A veces también a los cineastas, pero ellos son un poco músicos de la imagen. Quizá admiro más las artes del tiempo, y en ese sentido veo a la poesía más como un arte del tiempo que como un arte espacial.
—¿Cómo se puede trabajar la imaginación creativa?
—Me he encontrado muchas veces que la gente, para hacer una obra de arte, piensa de más, y yo lo que les digo es que se pongan a hacerlo. La obra se piensa al hacerla. Lo que yo sugiero es que imaginen y hagan al mismo tiempo.
—¿De qué manera que la creación puede transformar?
—Cuando uno se transforma, uno transforma a otros. Pero no es la ambición transformar a los demás y eso es una de las cosas que me critico de mi taller. Yo intenté transformar a las personas y eso no es lo que hay que hacer. Hay que transformarse a sí mismo. Uno como poeta la única aspiración es: ‘si necesito cambiar, cambiaré; y si necesito que los demás cambien, cambiaré’.
Sin embargo, no ha dejado de ser uno de los hijos predilectos de Jalisco. Tanto que el Gobierno del Estado, a través de la Secretaría de Cultura, le editó su más reciente antología en la colección Clásicos Jaliscienses. Una Vez, Una Vida, será presentada esta noche a las 20:30 horas, en el Ex Convento del Carmen.
A manera de retrospectiva —desde los poemas más recientes hasta el primero que le aprobaron a Yáñez en la facultad de letras— se organiza esta selección que estuvo a cargo del también poeta Ramiro Aguirre, quien advierte en el prólogo que toda antología es parcial y subjetiva, y que en este caso el énfasis recayó en el poema narrativo y de lo cotidiano.
“Lo que yo descubrí con esta antología”, cuenta Yáñez vía telefónica, “es que cada vez soy un poeta más tradicional, cosa que ya me dio un poco de temor”, y ríe. “No porque no me lean, sino porque a lo mejor estoy desfasado; a lo mejor sigo cantando canciones de Edith Piaf y ya hasta Chavela Vargas se murió”.
Además de escribir poesía, Ricardo Yáñez se ha desempeñado como periodista. Pero sin duda, es más conocido por ser un gran tallerista y maestro. Por más de 40 años, el jalisciense ha viajado por todo el país para impartir sus talleres de Escritura y Sensibilización a la Creatividad.
Ahora dice estar cansado de esa actividad: “Los talleres no me dieron el resultado esperado y yo no soy tan bueno como alguna vez pensé (…) Descuidé mucho mi propia poesía por andar en el ajo de los talleres y ahora intento dedicarle más tiempo a escribir”.
—¿Con qué idea o esperanza comenzó usted a impartir sus talleres?
Con una ambición que entonces yo no noté que era ambición, y por lo tanto es equívoca. Yo pensaba que se podía hacer un método para escribir poesía y para ello me intenté meter a los orígenes del arte. Intenté dibujar, cantar, bailar y que los demás también lo hicieran. Que no fuera sólo poesía porque en ese momento yo pensaba que lo importante de la creatividad era poner cuerpo y alma. Pero no me resultó. Ha sido para mí mismo un fiasco en cuanto a los resultados que yo mismo obtuve. Y dije ‘¿para qué estar buscando métodos de escritura? Mejor ponte a escribir y se acabó’. Claro que lo dije 40 años después.
—Aunque si los impartió durante 40 años tuvieron que haber dado algún resultado…
—Sí, yo lo que pienso es que ahorita paso por una etapa gris o oscura y si hay algo brillante se verá después. Ahorita no se puede. Es un poco el periodo de la crisálida. Si hay mariposa ya se verá, si no ahí queda el capullo seco.
—¿Todavía cree que la poesía se puede enseñar?
—Sí, yo creo que se puede enseñar, pero los poetas no están dispuestos a aprender de otra persona. Yo en mis sueños quise ser como un maestro oriental, pero eso fue un sueño y con frecuencia se convirtió en pesadilla. La gente lee o no lee y ahí aprende. Lo resumió muy bien un poeta joven de Guadalajara: “la poesía enseña, no se enseña”.
—¿Qué le ha enseñado a usted la poesía?
—A vivir, o mejor dicho, a resignarme que estoy vivo y que todavía no me muero (risas). Yo sin poesía, sin periodismo, sin la carrera de letras, no tendría donde pararme y desde donde entender el mundo. Me sentiría a la deriva, sin tener de dónde agarrarme para saber donde estoy.
—Usted ha dicho que el ejercicio de escribir poesía es como “reportearse a sí mismo”, ¿cómo se logra tal cosa?
—Volviendo público lo privado. O más bien, lo íntimo, sensible. No haciendo escándalo de la vida privada. Es la intimidad sensible objetivada. Para eso se necesita mucha escuela en el sentido más popular del término: estudiar, estudiar y estudiar. Pero también saber sentir lo que uno siente.
—¿Hay un estado emocional ideal para escribir poesía?
—Sí lo hay, pero no es ‘para’, sino es propio de escribir poesía. Eso lo he leído en algún lado pero no sé bien cómo se dice. Es algo científico, es como un estado alfa de la mente. Entran a él algunos chamanes, algunos músicos y yo digo que ese es el estado ideal para escribir poesía. Yo sólo lo conozco en mi propia experiencia, no tengo estudios al respecto.
—¿Y en su experiencia cómo surge?
—Yo me preparo. Pienso que la espontaneidad se da mucho en la juventud, pero yo ya tengo 64 años, entonces tengo que estarme ejercitando para poder hacer poesía. Estar un poco leyendo —y digo un poco porque no soy un gran lector— informándome y estando en contacto con la palabra, tanto hablada como escrita. A veces hasta viendo la tele, ese subtítulo de película puede ser el principio de un poema. Porque hay una conexión con la palabra pero no sólo de mi parte, sino del guionista, del actor, que se conectaron con la palabra misma. En algún momento dije que la poesía es la palabra misma. No es la otredad de la palabra, es la mismidad de la palabra. Cuando uno entra en contacto con la palabra misma entra en contacto con la poesía.
—¿En qué consiste la vocación de un escritor?
—Lo primero es que debe de ser humilde. Pero cuando uno dice ‘debe de ser’, ya no es humilde uno mismo, entonces ni quién le crea (risas). Pero lo que importa es el objeto a trabajar, no la personalidad de quien la está trabajando. Si un carpintero me quiere vender su personalidad en una silla, pues yo no se la compro. Mi trabajo en los talleres, ahora un poco denostado por mí mismo, siempre intento ir a las raíces del arte y ver cómo lo que yo aplicaba en poesía se podía aplicar en todo el arte.
—¿Qué otros principios se pueden aplicar a la poesía y al arte?
—Son frases que tengo hechas. A ver si me acuerdo de alguna de ellas… ‘Si tienes la experiencia tienes la palabra, si tienes la palabra no es muy seguro que tengas la experiencia’. Otra que es muy breve, dice: ‘Confía, no te confíes’, que significa ‘ten fe, no te confíes’, pero así no suena.
—¿Nunca incursionó en otros géneros además de la poesía?
—Una vez hice un cuento cuando todavía no sabía usar la computadora y cuando lo quise salvar lo borré (risas), y es el único que siento que estaba bien escrito. La verdad si tengo alguna capacidad para narrar, es en la crónica. No soy muy inventivo en términos de historias.
—Sin embargo muchos de sus poemas son narrativos…
—Eso se lo debo al periodismo y un poco a las pláticas que se usaban en mis tiempos cuando no había televisión, entonces los jóvenes se reunían en la esquina, a veces a chelear pero siempre a platicar. Eran dos horas o tres cada noche que había que platicar cosas.
—La música es otro elemento muy presente en su poesía, ¿cómo es su relación con este arte?
—Toco la flauta. Bueno es un decir puede pasar un año y no la toco. Pero luego la agarro un día y me doy gusto. Toco un poco la guitarra y a veces la armónica, pero es rarísimo. Lo que quiero decir es que con la música aprendí mucho de poesía. Considero a la música la maestra de las artes. La poesía es la madre, pero la música es la maestra. Yo por eso admiro muchísimo a los músicos, se me cae la baba cuando los oigo. Me gusta mucho la música tradicional, es decir, o clásica o folklórica. El rock es muy extraño porque es de mis tiempos para acá, pero yo oigo rock y no entiendo nada. Pues allá ustedes y sus Fabulosos Cadillacs. Ahí síganle. Claro, no menosprecio a los músicos pero no me jalan.
—¿De los distintos tipos de creadores, son entonces los músicos a quienes más admira?
—A veces también a los cineastas, pero ellos son un poco músicos de la imagen. Quizá admiro más las artes del tiempo, y en ese sentido veo a la poesía más como un arte del tiempo que como un arte espacial.
—¿Cómo se puede trabajar la imaginación creativa?
—Me he encontrado muchas veces que la gente, para hacer una obra de arte, piensa de más, y yo lo que les digo es que se pongan a hacerlo. La obra se piensa al hacerla. Lo que yo sugiero es que imaginen y hagan al mismo tiempo.
—¿De qué manera que la creación puede transformar?
—Cuando uno se transforma, uno transforma a otros. Pero no es la ambición transformar a los demás y eso es una de las cosas que me critico de mi taller. Yo intenté transformar a las personas y eso no es lo que hay que hacer. Hay que transformarse a sí mismo. Uno como poeta la única aspiración es: ‘si necesito cambiar, cambiaré; y si necesito que los demás cambien, cambiaré’.