Cultura
Migrantes somos, y en el camino andamos
En su libro, Amarás a Dios sobre todas las cosas, Alejandro Hernández propone un acercamiento a la experiencia de quienes buscan el Sueño americano
GUADALAJARA, JALISCO (28/MAY/2013).- Cuando la fe mengua Amarás a Dios sobre todas las cosas. Así es en el trayecto migrante que propone la literatura de Alejandro Hernández en su más reciente libro, donde recoge lo que él cree que las letras debe tener hoy: mucho de realidad, apenas un con un guiño de ficción que permita relatar eso que pasa y que a veces parece venir de un otro mundo, que no pertenece al ser humano, sino a bestias.
Así fue el impacto que Hernández tuvo cuando se enteró de los 72 migrantes muertos en San Fernando, Tamaulipas. Lo estremeció. Se trataba de 72 historias que jamás serían contadas, de personas que encontraron la pesadilla antes del sueño que los había impulsado a salir de sus casas.
Aunque este acontecimiento tuvo lugar hace casi tres años, el autor no tiene muy buenos presagios con el trabajo del nuevo Gobierno, sobre todo porque: “la actual administración tiene escasos seis meses, pero lo preocupante es que no se ha pronunciado al respecto. Tiene el beneficio de la duda, por lo pronto. Aunque no se ha asoma nada hasta ahora, me parece una omisión. Lo que es grave es que el tema esté en el olvido”.
Entusiasmado sólo porque identifica una auténtica preocupación en los jóvenes ante el tema (ha sido profesor de periodismo y es de allí que toma el pulso del que habla) se mantiene a la espera de la evolución de las estrategias que permitan tratar al migrante de una manera más apropiada, digna, segura.
Propone una visión más compleja del migrante que vive extremos: hambre e ilusión, amor y desamor, vida y muerte. Quiere conmover para que el tema deje de ser sólo números y tomen formas de historias, como las de cualquiera que un día quiera moverse para estar mejor.
—¿El periodismo ya no alcanza para contar la migración, al menos en tu caso?
—Creo que hacía falta una extensión, que es ésta, la de la narrativa; otro tipo de textos a los que se están generando para contar la migración. Lo que he buscado es generar empatía; tratar de que la gente viva desde lo más profundo posible este trayecto. Que la gente sepa lo que pasa, que lo veo, que lo huela. Esa es mi aspiración, por eso lo convertí en un ejercicio de narrativa.
—¿También tiene que ver con generar empatía hacia la gente que se queda, que también vive ese viaje, pero de otra manera?
—Sí, lo vive lleno de angustia, de interrogantes, de dudas. El otro, el que se va, lo vive intensamente y al menos sabe lo que está pasando. Las personas que se quedan en casa se la pasan pensando a ver qué día reaparecen, mediante una llamada, un mensaje, alguna forma de comunicación. El fenómeno ha cambiado con el tiempo. Antes, hace unos ocho años, la familia se preguntaba: ‘cuándo nos hablará’, ‘cuando se comunicará’. Ahora la familia se pregunta si estará vivo el que se fue. Me parece que este es un cambio muy importante.
—¿Cómo estableces en el libro los conceptos de dolor, esperanza e impunidad de los que has hablado constantemente?
—El dolor se produce no sólo por las condiciones del propio viaje que, sin maldad humana ya sería toda una odisea, sobre todo por la maldad, ya sea por los representantes del Estado o de la delincuencia, que no solamente hacen daño al migrante, sino que lo someten a una carga psicológica de terror, de presión, de tortura. Ese dolor es gigante. Pero también uno debe advertir que en el camino migrante siempre hay una esperanza, sin la cual nadie seguiría dando pasos a pesar de lo que le va ocurriendo. Y lo que corona todo este asunto es la impunidad. Me han preguntado si es la ruta de la muerte, a lo que digo que por supuesto, pero sin duda también puede llamarse la ruta de la impunidad porque si vivimos en un país que en la justicia queda muy rezagado de todo lo que ocurre, en cuestión de migración o transmigración centroamericana hacia México, la impunidad es absoluta.
—¿Este fenómeno no se ve o no quiere verse?
—Se ve pero no se siente. Es algo que sólo se registra como un dato. Un saber ocasional y transitorio. Lo que hace falta es que lo sintamos. Creo que sí hay una diferencia entre el registro sin mayo hondura, nada más en la superficie, en la piel, y lo que hace falta es ir a la entraña para sacar, aunque sea parcialmente, la experiencia migrante que está siempre en la sombra, como en un subsuelo del país. Y si esta realidad se sabe y no se siente no vamos a poder hacer nada.
—Tocas recurrentemente el caso de la matanza de migrantes en San Fernando, Tamaulipas, ¿cómo te afectó esa noticia?
—A mí me tocó profundamente porque, además, se había advertido a las autoridades que todo eso podía pasar y siempre lo minimizaron. Aseguraban que si había secuestros era un asunto ocasional, aislado, nada generalizado. Si a alguien le reventó en la cara fue justamente a las autoridades por haber tratado de minimizar el problema. Desde otro ángulo diría que nos sacudió a todos. Lo malo de estas sacudidas tan fuertes es que tienden a bajar tan pronto como suben. Aunque perduró y hubo una serie de esfuerzos de ciertos grupos para hacer que eso no se olvidara, creo que finalmente bajó. El caso es que de todas formas faltó saber qué había detrás de ese tremendo número de 72 personas muertas, porque cada uno de ellos tenía su propia historia. A mí me interesaba esa cuestión, dejar claro que no se trataba sólo de números, sino que había una lucha intensa, una vida que buscaba algo mejor.
—¿Cómo encuentras puntos de equilibrio en tu narración, ante el amor y la barbarie con la que aseguras encuentra el migrantes en su viaje?
—La experiencia migrante indocumentada es, casi por definición, extrema. Se encuentran los actos más heroicos y los más mezquinos; los más bondadoso y los más malvados. Todo lo que ocurre ahí es grande; es grande el dolor y es grande la esperanza. Si es grande la indiferencia, también es grande la voluntad. Todo es extremo. Así es ese microcosmos. Es mayúsculo. Sólo así pueden confrontarse todos los antípodas de la condición humana. Para aspirar a lograr un equilibrio se debe registrar lo que sucede en ambos extremos. Darle espacio al lector para que se siente a descansar con el migrante o ponerlo sobre una vía y que medite un poco, que deje salir un poco de él, que viva esos rasgos de amor, momentos de luz, de algo que pueda ir iluminando un poco el camino. Como se lo iluminan los migrantes en ese camino lleno de crueldades.
—Hablas de emocionar y conmocionar con este libro y hay otras expresiones como el cine que abordan el caso de los migrantes, ¿cómo asumes tu trabajo con respeto de otros soportes de mayor alcance que la literatura?
—Todos los esfuerzos se complementan y en ese sentido son para sumar. Lo que puede aportarse a través de esta novela es que hay causas desde el seno hogareño que determinan que la gente de un paso, pero además se agrega todo el recorrido por México e interioridad de los personajes. Un poco asomarse para conocer cómo sufren o se esperanzan. La narrativa lo que agrega es un asomo de interioridad y una descripción más amplia. Que la gente lo vea a través de este medio.
FRASE
"Necesitamos saber y hacer saber todo lo que podamos para que en lugar de indiferencia colectiva haya consciencia colectiva "
Alejandro Hernández, escritor
Así fue el impacto que Hernández tuvo cuando se enteró de los 72 migrantes muertos en San Fernando, Tamaulipas. Lo estremeció. Se trataba de 72 historias que jamás serían contadas, de personas que encontraron la pesadilla antes del sueño que los había impulsado a salir de sus casas.
Aunque este acontecimiento tuvo lugar hace casi tres años, el autor no tiene muy buenos presagios con el trabajo del nuevo Gobierno, sobre todo porque: “la actual administración tiene escasos seis meses, pero lo preocupante es que no se ha pronunciado al respecto. Tiene el beneficio de la duda, por lo pronto. Aunque no se ha asoma nada hasta ahora, me parece una omisión. Lo que es grave es que el tema esté en el olvido”.
Entusiasmado sólo porque identifica una auténtica preocupación en los jóvenes ante el tema (ha sido profesor de periodismo y es de allí que toma el pulso del que habla) se mantiene a la espera de la evolución de las estrategias que permitan tratar al migrante de una manera más apropiada, digna, segura.
Propone una visión más compleja del migrante que vive extremos: hambre e ilusión, amor y desamor, vida y muerte. Quiere conmover para que el tema deje de ser sólo números y tomen formas de historias, como las de cualquiera que un día quiera moverse para estar mejor.
—¿El periodismo ya no alcanza para contar la migración, al menos en tu caso?
—Creo que hacía falta una extensión, que es ésta, la de la narrativa; otro tipo de textos a los que se están generando para contar la migración. Lo que he buscado es generar empatía; tratar de que la gente viva desde lo más profundo posible este trayecto. Que la gente sepa lo que pasa, que lo veo, que lo huela. Esa es mi aspiración, por eso lo convertí en un ejercicio de narrativa.
—¿También tiene que ver con generar empatía hacia la gente que se queda, que también vive ese viaje, pero de otra manera?
—Sí, lo vive lleno de angustia, de interrogantes, de dudas. El otro, el que se va, lo vive intensamente y al menos sabe lo que está pasando. Las personas que se quedan en casa se la pasan pensando a ver qué día reaparecen, mediante una llamada, un mensaje, alguna forma de comunicación. El fenómeno ha cambiado con el tiempo. Antes, hace unos ocho años, la familia se preguntaba: ‘cuándo nos hablará’, ‘cuando se comunicará’. Ahora la familia se pregunta si estará vivo el que se fue. Me parece que este es un cambio muy importante.
—¿Cómo estableces en el libro los conceptos de dolor, esperanza e impunidad de los que has hablado constantemente?
—El dolor se produce no sólo por las condiciones del propio viaje que, sin maldad humana ya sería toda una odisea, sobre todo por la maldad, ya sea por los representantes del Estado o de la delincuencia, que no solamente hacen daño al migrante, sino que lo someten a una carga psicológica de terror, de presión, de tortura. Ese dolor es gigante. Pero también uno debe advertir que en el camino migrante siempre hay una esperanza, sin la cual nadie seguiría dando pasos a pesar de lo que le va ocurriendo. Y lo que corona todo este asunto es la impunidad. Me han preguntado si es la ruta de la muerte, a lo que digo que por supuesto, pero sin duda también puede llamarse la ruta de la impunidad porque si vivimos en un país que en la justicia queda muy rezagado de todo lo que ocurre, en cuestión de migración o transmigración centroamericana hacia México, la impunidad es absoluta.
—¿Este fenómeno no se ve o no quiere verse?
—Se ve pero no se siente. Es algo que sólo se registra como un dato. Un saber ocasional y transitorio. Lo que hace falta es que lo sintamos. Creo que sí hay una diferencia entre el registro sin mayo hondura, nada más en la superficie, en la piel, y lo que hace falta es ir a la entraña para sacar, aunque sea parcialmente, la experiencia migrante que está siempre en la sombra, como en un subsuelo del país. Y si esta realidad se sabe y no se siente no vamos a poder hacer nada.
—Tocas recurrentemente el caso de la matanza de migrantes en San Fernando, Tamaulipas, ¿cómo te afectó esa noticia?
—A mí me tocó profundamente porque, además, se había advertido a las autoridades que todo eso podía pasar y siempre lo minimizaron. Aseguraban que si había secuestros era un asunto ocasional, aislado, nada generalizado. Si a alguien le reventó en la cara fue justamente a las autoridades por haber tratado de minimizar el problema. Desde otro ángulo diría que nos sacudió a todos. Lo malo de estas sacudidas tan fuertes es que tienden a bajar tan pronto como suben. Aunque perduró y hubo una serie de esfuerzos de ciertos grupos para hacer que eso no se olvidara, creo que finalmente bajó. El caso es que de todas formas faltó saber qué había detrás de ese tremendo número de 72 personas muertas, porque cada uno de ellos tenía su propia historia. A mí me interesaba esa cuestión, dejar claro que no se trataba sólo de números, sino que había una lucha intensa, una vida que buscaba algo mejor.
—¿Cómo encuentras puntos de equilibrio en tu narración, ante el amor y la barbarie con la que aseguras encuentra el migrantes en su viaje?
—La experiencia migrante indocumentada es, casi por definición, extrema. Se encuentran los actos más heroicos y los más mezquinos; los más bondadoso y los más malvados. Todo lo que ocurre ahí es grande; es grande el dolor y es grande la esperanza. Si es grande la indiferencia, también es grande la voluntad. Todo es extremo. Así es ese microcosmos. Es mayúsculo. Sólo así pueden confrontarse todos los antípodas de la condición humana. Para aspirar a lograr un equilibrio se debe registrar lo que sucede en ambos extremos. Darle espacio al lector para que se siente a descansar con el migrante o ponerlo sobre una vía y que medite un poco, que deje salir un poco de él, que viva esos rasgos de amor, momentos de luz, de algo que pueda ir iluminando un poco el camino. Como se lo iluminan los migrantes en ese camino lleno de crueldades.
—Hablas de emocionar y conmocionar con este libro y hay otras expresiones como el cine que abordan el caso de los migrantes, ¿cómo asumes tu trabajo con respeto de otros soportes de mayor alcance que la literatura?
—Todos los esfuerzos se complementan y en ese sentido son para sumar. Lo que puede aportarse a través de esta novela es que hay causas desde el seno hogareño que determinan que la gente de un paso, pero además se agrega todo el recorrido por México e interioridad de los personajes. Un poco asomarse para conocer cómo sufren o se esperanzan. La narrativa lo que agrega es un asomo de interioridad y una descripción más amplia. Que la gente lo vea a través de este medio.
FRASE
"Necesitamos saber y hacer saber todo lo que podamos para que en lugar de indiferencia colectiva haya consciencia colectiva "
Alejandro Hernández, escritor