Cultura
''Mas sin en cambio'', la lengua
Cuando los hablantes sienten que las palabras se desgastan, “corrigen” y les dan giros, les agregan para potenciarlas aunque el uso no sea el correcto
GUADALAJARA, JALISCO (03/JUL/2012).- Cruzó la puerta y penetró la oscuridad de la habitación con la cara agestada. Fue directo al ajado y sucio sillón. Tomó el control remoto y encendió el televisor. Vio atrapada la imagen de un hombre de cabello canoso y rostro rosadísimo que presentaba las noticias. En la pantalla apareció la imagen de un político.
“Queridos colegas, la realización del deber obliga al análisis de las condiciones del desarrollo futuro. De igual manera, el inicio de la acción general de mi gobierno ante la embestida del crimen organizado ayudará a la preparación del sistema participativo y de la democracia, de la que me declaro respetuoso. Asimismo, el aumento de la actividad de los sectores productivos del país facilita la creación de admirables modelos de crecimiento como los que tuvieron Brasil y China en sus anteriores administraciones. Sin embargo, la complejidad de los hechos exige la precisión de nuevas propuestas que no tendré miedo en presentar ante el Congreso de la Unión”.
La perorata seguía: “De igual manera, el inicio de la acción general ayuda a la preparación de un proyecto de nación que ayudará a los que menos tienen y...”.
Desconectó el televisor.
Ya sea para salirnos por la tangente, resolver situaciones incómodas, echar a perder diálogos, ganar tiempo, los lugares comunes o las frases hechas son utilizadas desde el principio de los tiempos.
La filóloga española y coordinadora del Diccionario de mexicanismos (Siglo XXI, 2010), Concepción Company, destaca que los lugares comunes son un mecanismo natural de los procesos y del mantenimiento funcional de las lenguas. Entre el grueso de los hablantes, es más cómodo tener la frase hecha o la fórmula lista para expresar algo, que escarbar en los meandros del cerebro.
La académica resalta tres características de las lenguas que pueden explicar mejor el fenómeno: una es que son altamente económicas: “Repetir es una de las características de la economía (de la lengua) que significa con menos herramientas decir lo mismo y los políticos, personas, creerán que están diciendo más”. La segunda es que cualquier lengua es productiva: “Usted puede echar mano de herramientas para decir cosas nuevas y lo sorprendente es que el oyente va a entender aunque nunca lo haya oído antes”. La tercera es que cuanto más se usa una frase o palabra, ésta se desgasta y una vez que eso sucede pierde fuerza expresiva y los hablantes buscan restituir esa falta.
“Pero sin embargo”
“Lo repito, lo repito, lo repito, se desgasta, ¿qué significa ese desgaste? que ya no nos significa nada, pierde fuerza expresiva. Y cuando pierde fuerza expresiva los hablantes buscamos mecanismos de restitución de esa fuerza expresiva, de esa semántica (...). Por ejemplo en “pero”. “Pero” es una adversación. Como los hablantes ya hemos desgastado el “pero” porque lleva en la lengua más de mil 500 años, le metemos el “sin embargo”. “Pero sin embargo”, que a ojos de un filólogo es una ridiculez decir lo mismo dos veces. ¿Por qué lo hacen los hablantes? Porque el “pero” ya perdió para ellos la fuerza semántica de adversación que tenía y entonces le meten otra adversación que es “sin embargo”.
“Después los hablantes ya no entienden qué será eso del sin embargo (...). No sé si ha oído usted esa joya del habla popular que es ‘mas sin en cambio’. Es un error pero es una dinámica natural, es como si se estuviera equivocando el hablante, pero el hablante en realidad no se está equivocando, el hablante está queriendo rescatar la fuerza expresiva, el significado real de una adversación y ¿qué tiene más adversación, el embargo o el en cambio? pues el en cambio. ¿Qué cosas contraponen mejor? ¿el en cambio o el embargo? El embargo es una frase hecha, una fórmula compuesta desde hace mil años, ningún hablante de la calle sabe de qué va la película. Hay que pasar por las escuelas para que uno aprenda a escribir eso y entonces el hablante de la calle dice “pues sin en cambio” y ese es el mecanismo.
La especialista agrega que en el terreno de los políticos se utilizan fórmulas como los plurales inclusivos (”Vamos a hacer”) para que el oyente se sienta involucrado aunque no entienda el mensaje. En esas frases hechas ocurre el mismo desgaste, un mecanismo de la lengua.
“Esa es la esencia de las lenguas. Básicamente funcionan así. Cuando digo ‘esencia de las lenguas’ es porque 90 por ciento de los hablantes funcionan así. Tiene uno que haber pasado por la escuela. Tiene uno que haberse dedicado con cierto cariño a la lengua o reflexionar sobre la lengua para pensar ‘¡ay, qué estoy diciendo!’”.
Company dice que el deterioro educativo provoca que las personas no tengan interés en resarcir las fallas en su forma de hablar y entonces siguen las dinámicas de volver económica rápida y eficiente la comunicación.
“Si usted educa, entonces va a tener un pueblo más reflexivo sobre qué está usando, porque la lengua es nuestra herramienta de identidad, nuestra herramienta de cultura, es lo único que tenemos para expresar quiénes somos”.
“Güey”, deja abierto el canal de conversación
Por su parte, el Doctor en Lingüística por el Colegio de México y director del Diccionario del Español en México, Luis Fernando Lara, dice que el fenómeno de los lugares comunes es normal en cualquier lengua, pues al compartirla, los individuos recurrimos a vocablos y giros de uso común.
“Dentro de esta normalidad hay que tomar en cuenta lo que un lingüista ruso ya muerto que se llamó Román Jakobson señalaba como la función fática del lenguaje. Esta función consiste en que utilizamos la lengua no necesariamente para decir algo, sino para mantener abierto el canal. Es decir, para que la comunicación entre dos o más personas esté siempre dispuesta, que es más o menos lo que hacemos cuando hablamos por teléfono y no vemos a nuestro interlocutor. Tratamos de que haya muy pocos espacios con silencio, porque si hay mucho silencio, el interlocutor no sabe si ya se interrumpió la llamada o si el otro colgó”.
Uno de los ejemplos más obvios que Lara observa en México es la utilización recurrente de la palabra “güey” en los jóvenes.
Dos jóvenes caminan por una calle cualquiera, en una ciudad mexicana cualquiera.
—¿Ya viste, güey?
—¿Qué, güey?
—Eso, güey.
—¿Qué, güey? ¿De qué hablas, güey?
—¡Voltea rápido, güey!
—No manches, güey, no lo alcancé a ver por tu culpa.
El académico destaca que los jóvenes no están significando al toro castrado. El significado de la palabra “güey” desaparece y se convierte en un elemento más para “mantener abierto el canal” de comunicación. Lara añade que los lugares comunes también promueven la solidaridad entre las personas, pues una persona que le dice güey a otra le está indicando cierto grado de confianza.
El académico dice que en México hay “modas” tomadas del inglés como cuando los políticos dicen “esto es una ventana de oportunidad” cuando pueden decir “ahí hay una oportunidad”, además de expresiones como “definitivamente”, “esto es un argumento contundente”. “Un argumento contundente debe de ser un argumento que hace que el interlocutor se sienta absolutamente golpeado y maltratado. Les gusta mucho la palabrita”.
Sentado en el sillón de su casa, cuidando cada una de las palabras, el poeta jalisciense Luis Vicente de Aguinaga dice que los lugares comunes representan el reverso de lo que él como literato intenta hacer. “El idioma es como, entre otras cosas, un gran río que viene arrastrando piedras, ramas, basura, materiales desde muchos siglos arriba y no hace falta ser muy observador para darse cuenta que en su mayoría ese material es cotidianamente inservible para los hablantes”.
Pone de relieve que el trabajo del poeta, tal y cómo él lo entiende, consiste en “devolverle vida a muchas de esas palabras que ya parecen inertes o en todo caso desinfladas o desanimadas y que no basta con escribir en una hoja para que recuperen esa vitalidad que se supone alguna vez tuvieron”.
“Entendemos como genio poético la facultad de reunir rítmicamente y con la mayor concentración y brevedad posible unas cuantas palabras en una frase que no habría existido antes, lo cual pone a la frase poética del otro lado del espejo que la frase hecha, es decir, ¿de dónde viene la frase poética? Pues viene de una frase deshecha. Es la recomposición en un cuerpo nuevo de un material que probablemente en forma de polvo ya estaba ahí flotando en el aire, pero que aquí logró condensarse en un material nuevo que no existía antes. El poeta, por lo tanto, desmonta los objetos ya calcificados que el habla cotidiana va depositando en nuestra comunicación, teóricamente para facilitárnosla, pero, en términos más profundos, dificultándola”.
Al escribir un artículo en el que se refería a la frase “los que menos tienen”, De Aguinaga buscó en internet y el resultado fue cómico: “En todas partes del mundo donde se habla español hay alguien haciendo algo por los que menos tienen (...): la obra social del club River Plate, de Argentina que tenía clínicas de fútbol para acercar el deporte a los que menos tienen; discursos en Panamá, República Dominicana, Colombia; políticos que a la mínima provocación salían con ‘los que menos tienen’”.
El escritor afirma que desde los tiempos de la Roma Clásica, los lugares comunes tienen una función implícita, pues Cicerón, teórico de la retórica en ese tiempo, aconsejaba al orador que representara su discurso como un edificio que iba recorriendo, entre otras cosas, para no anticipar conclusiones y el mensaje resultara convincente y persuasivo.
Lugar común, lo vacuo
“Las partes del discurso se vinculan entre sí como se vinculan los lugares de un edificio. Por eso en el discurso hay lugares comunes en el entendido de que son esos espacios que (...) todos podemos coincidir: el corredor, el umbral, la puerta de la entrada (...). El problema empieza cuando la conversación se limita a los lugares comunes y no pasa nunca a las ideas propias de cada uno de los hablantes. Ese sería el riesgo del lugar común: que en lugar de hacer las veces de herramienta se convierta en sustancia misma de lo que se está diciendo”.
De Aguinaga dice que al leer un poema, el hablante puede pensar que esa pieza jamás conseguirá que hable como está escrito. Sin embargo, resalta que el idioma que hablamos está hecho, entre otras cosas, del impacto minucioso, milimétrico e incuantificable de “pequeñas y persistentes gotas de un trabajo verbal” que provocó que la generación pasada no fuera igual a la actual y la de hace 100 fuera distinta a la de hace mil años.
“El poema es un instrumento lo suficientemente frágil. Si no cumple su misión, al menos no mata al paciente. Se trata de que el instrumento sea benigno. No es un instrumento destructivo aunque a la larga termina por movilizar grandes masas de realidad en la medida que desplaza las formas de pensamiento previas de quien, tras la lectura de ese poema, cambia aun sin darse cuenta. Cambia en su forma de ver el mundo, en su forma de expresarse, de sentir cosas en la medida que la poesía es una educación para todo eso, una educación para la emoción, para la expresión, para la percepción de la realidad. La poesía no como un taladro, es en todo caso como esas gotas de agua que al paso de siglos o milenios consiguen horadar la piedra y pasar del otro lado”.
FRASES
"La poesía es una educación para todo eso, una educación para la emoción, para la expresión, para la percepción de la realidad "
Luis Vicente de Aguinaga, poeta
"Si usted educa, entonces va a tener un pueblo más reflexivo sobre qué está usando, porque la lengua es nuestra herramienta de identidad, nuestra herramienta de cultura, es lo único que tenemos para expresar quiénes
somos "
Concepción Company, filóloga
“Queridos colegas, la realización del deber obliga al análisis de las condiciones del desarrollo futuro. De igual manera, el inicio de la acción general de mi gobierno ante la embestida del crimen organizado ayudará a la preparación del sistema participativo y de la democracia, de la que me declaro respetuoso. Asimismo, el aumento de la actividad de los sectores productivos del país facilita la creación de admirables modelos de crecimiento como los que tuvieron Brasil y China en sus anteriores administraciones. Sin embargo, la complejidad de los hechos exige la precisión de nuevas propuestas que no tendré miedo en presentar ante el Congreso de la Unión”.
La perorata seguía: “De igual manera, el inicio de la acción general ayuda a la preparación de un proyecto de nación que ayudará a los que menos tienen y...”.
Desconectó el televisor.
Ya sea para salirnos por la tangente, resolver situaciones incómodas, echar a perder diálogos, ganar tiempo, los lugares comunes o las frases hechas son utilizadas desde el principio de los tiempos.
La filóloga española y coordinadora del Diccionario de mexicanismos (Siglo XXI, 2010), Concepción Company, destaca que los lugares comunes son un mecanismo natural de los procesos y del mantenimiento funcional de las lenguas. Entre el grueso de los hablantes, es más cómodo tener la frase hecha o la fórmula lista para expresar algo, que escarbar en los meandros del cerebro.
La académica resalta tres características de las lenguas que pueden explicar mejor el fenómeno: una es que son altamente económicas: “Repetir es una de las características de la economía (de la lengua) que significa con menos herramientas decir lo mismo y los políticos, personas, creerán que están diciendo más”. La segunda es que cualquier lengua es productiva: “Usted puede echar mano de herramientas para decir cosas nuevas y lo sorprendente es que el oyente va a entender aunque nunca lo haya oído antes”. La tercera es que cuanto más se usa una frase o palabra, ésta se desgasta y una vez que eso sucede pierde fuerza expresiva y los hablantes buscan restituir esa falta.
“Pero sin embargo”
“Lo repito, lo repito, lo repito, se desgasta, ¿qué significa ese desgaste? que ya no nos significa nada, pierde fuerza expresiva. Y cuando pierde fuerza expresiva los hablantes buscamos mecanismos de restitución de esa fuerza expresiva, de esa semántica (...). Por ejemplo en “pero”. “Pero” es una adversación. Como los hablantes ya hemos desgastado el “pero” porque lleva en la lengua más de mil 500 años, le metemos el “sin embargo”. “Pero sin embargo”, que a ojos de un filólogo es una ridiculez decir lo mismo dos veces. ¿Por qué lo hacen los hablantes? Porque el “pero” ya perdió para ellos la fuerza semántica de adversación que tenía y entonces le meten otra adversación que es “sin embargo”.
“Después los hablantes ya no entienden qué será eso del sin embargo (...). No sé si ha oído usted esa joya del habla popular que es ‘mas sin en cambio’. Es un error pero es una dinámica natural, es como si se estuviera equivocando el hablante, pero el hablante en realidad no se está equivocando, el hablante está queriendo rescatar la fuerza expresiva, el significado real de una adversación y ¿qué tiene más adversación, el embargo o el en cambio? pues el en cambio. ¿Qué cosas contraponen mejor? ¿el en cambio o el embargo? El embargo es una frase hecha, una fórmula compuesta desde hace mil años, ningún hablante de la calle sabe de qué va la película. Hay que pasar por las escuelas para que uno aprenda a escribir eso y entonces el hablante de la calle dice “pues sin en cambio” y ese es el mecanismo.
La especialista agrega que en el terreno de los políticos se utilizan fórmulas como los plurales inclusivos (”Vamos a hacer”) para que el oyente se sienta involucrado aunque no entienda el mensaje. En esas frases hechas ocurre el mismo desgaste, un mecanismo de la lengua.
“Esa es la esencia de las lenguas. Básicamente funcionan así. Cuando digo ‘esencia de las lenguas’ es porque 90 por ciento de los hablantes funcionan así. Tiene uno que haber pasado por la escuela. Tiene uno que haberse dedicado con cierto cariño a la lengua o reflexionar sobre la lengua para pensar ‘¡ay, qué estoy diciendo!’”.
Company dice que el deterioro educativo provoca que las personas no tengan interés en resarcir las fallas en su forma de hablar y entonces siguen las dinámicas de volver económica rápida y eficiente la comunicación.
“Si usted educa, entonces va a tener un pueblo más reflexivo sobre qué está usando, porque la lengua es nuestra herramienta de identidad, nuestra herramienta de cultura, es lo único que tenemos para expresar quiénes somos”.
“Güey”, deja abierto el canal de conversación
Por su parte, el Doctor en Lingüística por el Colegio de México y director del Diccionario del Español en México, Luis Fernando Lara, dice que el fenómeno de los lugares comunes es normal en cualquier lengua, pues al compartirla, los individuos recurrimos a vocablos y giros de uso común.
“Dentro de esta normalidad hay que tomar en cuenta lo que un lingüista ruso ya muerto que se llamó Román Jakobson señalaba como la función fática del lenguaje. Esta función consiste en que utilizamos la lengua no necesariamente para decir algo, sino para mantener abierto el canal. Es decir, para que la comunicación entre dos o más personas esté siempre dispuesta, que es más o menos lo que hacemos cuando hablamos por teléfono y no vemos a nuestro interlocutor. Tratamos de que haya muy pocos espacios con silencio, porque si hay mucho silencio, el interlocutor no sabe si ya se interrumpió la llamada o si el otro colgó”.
Uno de los ejemplos más obvios que Lara observa en México es la utilización recurrente de la palabra “güey” en los jóvenes.
Dos jóvenes caminan por una calle cualquiera, en una ciudad mexicana cualquiera.
—¿Ya viste, güey?
—¿Qué, güey?
—Eso, güey.
—¿Qué, güey? ¿De qué hablas, güey?
—¡Voltea rápido, güey!
—No manches, güey, no lo alcancé a ver por tu culpa.
El académico destaca que los jóvenes no están significando al toro castrado. El significado de la palabra “güey” desaparece y se convierte en un elemento más para “mantener abierto el canal” de comunicación. Lara añade que los lugares comunes también promueven la solidaridad entre las personas, pues una persona que le dice güey a otra le está indicando cierto grado de confianza.
El académico dice que en México hay “modas” tomadas del inglés como cuando los políticos dicen “esto es una ventana de oportunidad” cuando pueden decir “ahí hay una oportunidad”, además de expresiones como “definitivamente”, “esto es un argumento contundente”. “Un argumento contundente debe de ser un argumento que hace que el interlocutor se sienta absolutamente golpeado y maltratado. Les gusta mucho la palabrita”.
Sentado en el sillón de su casa, cuidando cada una de las palabras, el poeta jalisciense Luis Vicente de Aguinaga dice que los lugares comunes representan el reverso de lo que él como literato intenta hacer. “El idioma es como, entre otras cosas, un gran río que viene arrastrando piedras, ramas, basura, materiales desde muchos siglos arriba y no hace falta ser muy observador para darse cuenta que en su mayoría ese material es cotidianamente inservible para los hablantes”.
Pone de relieve que el trabajo del poeta, tal y cómo él lo entiende, consiste en “devolverle vida a muchas de esas palabras que ya parecen inertes o en todo caso desinfladas o desanimadas y que no basta con escribir en una hoja para que recuperen esa vitalidad que se supone alguna vez tuvieron”.
“Entendemos como genio poético la facultad de reunir rítmicamente y con la mayor concentración y brevedad posible unas cuantas palabras en una frase que no habría existido antes, lo cual pone a la frase poética del otro lado del espejo que la frase hecha, es decir, ¿de dónde viene la frase poética? Pues viene de una frase deshecha. Es la recomposición en un cuerpo nuevo de un material que probablemente en forma de polvo ya estaba ahí flotando en el aire, pero que aquí logró condensarse en un material nuevo que no existía antes. El poeta, por lo tanto, desmonta los objetos ya calcificados que el habla cotidiana va depositando en nuestra comunicación, teóricamente para facilitárnosla, pero, en términos más profundos, dificultándola”.
Al escribir un artículo en el que se refería a la frase “los que menos tienen”, De Aguinaga buscó en internet y el resultado fue cómico: “En todas partes del mundo donde se habla español hay alguien haciendo algo por los que menos tienen (...): la obra social del club River Plate, de Argentina que tenía clínicas de fútbol para acercar el deporte a los que menos tienen; discursos en Panamá, República Dominicana, Colombia; políticos que a la mínima provocación salían con ‘los que menos tienen’”.
El escritor afirma que desde los tiempos de la Roma Clásica, los lugares comunes tienen una función implícita, pues Cicerón, teórico de la retórica en ese tiempo, aconsejaba al orador que representara su discurso como un edificio que iba recorriendo, entre otras cosas, para no anticipar conclusiones y el mensaje resultara convincente y persuasivo.
Lugar común, lo vacuo
“Las partes del discurso se vinculan entre sí como se vinculan los lugares de un edificio. Por eso en el discurso hay lugares comunes en el entendido de que son esos espacios que (...) todos podemos coincidir: el corredor, el umbral, la puerta de la entrada (...). El problema empieza cuando la conversación se limita a los lugares comunes y no pasa nunca a las ideas propias de cada uno de los hablantes. Ese sería el riesgo del lugar común: que en lugar de hacer las veces de herramienta se convierta en sustancia misma de lo que se está diciendo”.
De Aguinaga dice que al leer un poema, el hablante puede pensar que esa pieza jamás conseguirá que hable como está escrito. Sin embargo, resalta que el idioma que hablamos está hecho, entre otras cosas, del impacto minucioso, milimétrico e incuantificable de “pequeñas y persistentes gotas de un trabajo verbal” que provocó que la generación pasada no fuera igual a la actual y la de hace 100 fuera distinta a la de hace mil años.
“El poema es un instrumento lo suficientemente frágil. Si no cumple su misión, al menos no mata al paciente. Se trata de que el instrumento sea benigno. No es un instrumento destructivo aunque a la larga termina por movilizar grandes masas de realidad en la medida que desplaza las formas de pensamiento previas de quien, tras la lectura de ese poema, cambia aun sin darse cuenta. Cambia en su forma de ver el mundo, en su forma de expresarse, de sentir cosas en la medida que la poesía es una educación para todo eso, una educación para la emoción, para la expresión, para la percepción de la realidad. La poesía no como un taladro, es en todo caso como esas gotas de agua que al paso de siglos o milenios consiguen horadar la piedra y pasar del otro lado”.
FRASES
"La poesía es una educación para todo eso, una educación para la emoción, para la expresión, para la percepción de la realidad "
Luis Vicente de Aguinaga, poeta
"Si usted educa, entonces va a tener un pueblo más reflexivo sobre qué está usando, porque la lengua es nuestra herramienta de identidad, nuestra herramienta de cultura, es lo único que tenemos para expresar quiénes
somos "
Concepción Company, filóloga