Martes, 04 de Noviembre 2025
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Vivir en un mundo de tentaciones

“Convierte las piedras en pan, no sufras gratuitamente el hambre”

Por: EL INFORMADOR

Cuando Jesús enseña a orar a sus discípulos, no soslaya la realidad de la tentación que está presente en cada vida. Por eso nos insiste en pedir a nuestro Padre Dios la luz, la gracia y la fuerza para no caer en la tentación, para no dejarnos convencer con lo malo que se nos presenta a veces con apariencias de bueno.

San Pablo lo explica con una claridad incuestionable cuando dice: “Siento en mí dos fuerzas: el mal y el bien...”

Y cada uno puede decirlo con verdad: también yo llevo incrustado en mí el bien y el mal como dos fuerzas potentes que me invitan, me jalan, me arrastran, y yo tengo la capacidad de opción, o tengo la posibilidad de dejarme llevar por la corriente e irme por donde me lleve lo más cómodo, lo más fácil, lo que no requiere que yo ponga mi parte, pero que al final de cuentas también me implica.

La tentación acecha en todas partes, nos entra por los ojos, y nos sale de dentro, la llevamos pegada a la piel. Las  tentaciones no andan caminando por la calle, germinan en nosotros mismos, porque nuestras tendencias fuertes nos incitan a dejarnos llevar por aquello que en cierto momento  nos apetece o nos impulsa.

Las tentaciones de Jesús

También nuestro Señor Jesús supo lo que era la tentación. También Él tuvo la experiencia de sentir en carne propia la necesidad de hacer una opción entre lo bueno y lo malo.

Él mismo tuvo que luchar contra las tentaciones y supo ser más grande que ellas.

“Convierte las piedras en pan, no sufras gratuitamente el hambre”

Es significativo que después de dos milenios, las tentaciones humanas siguen girando en torno a los mismos tópicos y aún en circunstancias actuales, con las características que los nuevos tiempos imprimen a la evolución de nuestro mundo, todavía los seres humanos estamos atados a las  mismas fuerzas que invitaban a nuestro Señor a apartarse de su camino divino.

“Todos los reinos de la tierra serán tuyos…”

Todavía los seres humanos nos movemos fuertemente por el afán de tener, los bienes materiales, las riquezas, poseer, ser duelos de algo, mucho o poco, pero entre más mejor.

“Sube a lo más alto del templo y échate abajo”

El poder, el dominar, el tener influencia, el aparecer en las pantallas de televisión o en las páginas de los diarios, son también una tentación fuerte todavía.

En tiempos de Jesús no había los medios espectaculares que actualmente tenemos en las manos, pero sí se le presentaba la tentación como una forma de hacerse ver y de asombrar a medio mundo: entonces lo que le tocaba era hacer una función atrayente…

Nuestras tentaciones

Hoy todavía está presente el ansia de placer, de satisfacer los apetitos físicos y naturales.

La ambición de riquezas, de poseer, es lo que impulsa a apoderarse de lo que pertenece lógica y legítimamente a otros, y muchas veces se hace con engaño, con violencia o haciendo uso de otros medios ilícitos.

El afán de dominar a los demás, de ejercer una influencia, sea como sea, sigue presente en nuestras prioridades de vida.

Habrá quienes no tengan escrúpulo de hacer hasta lo más descabellado, para llamar la atención y para estar en el ojo de la cámara, para tener a medio mundo a sus pies y a su servicio.

Para ser más y mejores.

Es cierto que la orientación vital que demos a nuestra persona dependerá mucho de la educación recibida en familia desde la infancia, porque, como ya lo hemos visto en repetidas ocasiones, es allí donde se siembra en cada corazón lo bueno y lo malo que va a germinar en el futuro lo definitivo de cada vida.

Por eso es tan importante, cultivar en familia los valores que sustenten una vida digna, superior a lo que el mundo ofrece desde una óptica material y elemental. Lo puramente natural no eleva, por eso Dios nos dio un elemento espiritual que lleva a la excelencia y a ser siempre mejores, hasta el grado de llegar a la semejanza con Aquel que nos dio la vida y la posibilidad de llegar a ser algo más y hacer de nuestra existencia algo mejor.

La tentación que llevamos dentro

Ese decir de san Pablo que afirmaba que en el hombre existen fuerzas que arrastran al mal, tradicionalmente se ha definido como “pecados capitales”, que en realidad no son pecados, sino que son fuerzas vitales que necesitamos aprovechar y orientar, de la misma manera que nos aferramos al volante de nuestro carro para dirigirlo y evitar que se deboque y que se nos vaya por cualquier barranco.

Las fuerzas que llevamos en la vida, y que nos sirven para superarnos, se convierten también en fuente de tentaciones porque si no las tenemos bien controladas o nos dejamos llevar por el impulso primario, nos la juegan y nos arrastran por senderos tortuosos que nunca nadie quisiera transitar porque nos llevan a donde no quisiéramos llegar.

Orgullo, Envidia, Ira, Lujuria, Avaricia, Gula, Pereza.

Son precisamente esas fuerzas capitales, que luego se les llama pecados, porque cuando las vemos en sus efectos desastrosos es cuando ya son precisamente pecado.

ORACIÓN

Señor y Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

dueño de todo cuanto existe y se mueve en el universo.

Los seres humanos intuimos tu presencia

en el mundo y la vida, pero no sabemos comprender

la grandeza de tu ser divino que rebasa nuestro entendimiento.

No obstante, Tú sigues insistiendo en acercarte a nosotros,

en darnos los medios para que podamos conocerte,

en revelarnos tu naturaleza divina hecha tres personas

que viven e interactúan en la Creación entera.

Danos Señor, la gracia de creer y de comprender

que lo que no alcanzamos a entender en esta vida

lo recibiremos de tus manos en la vida futura,

donde estaremos contigo para siempre.

Dios mío: Padre, Hijo y Espíritu Santo.


María Belén Sánchez, fsp

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