Lunes, 27 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Vicente García Remus

Veredas

Barranca del Muerto

Por: EL INFORMADOR

En la ladera Sur del volcán Colima, surge una maravillosa barranca, que por algún muerto, se le fue quedando el nombre.V.GARCÍA  /

En la ladera Sur del volcán Colima, surge una maravillosa barranca, que por algún muerto, se le fue quedando el nombre.V.GARCÍA /

GUADALAJARA, JALISCO (23/ENE/2011).-  Del puente “Las Ánimas de Tonila”, continuamos disfrutando de las barrancas del volcán, seguimos la entrada a Tonila, pasamos el centro, y a pocas cuadras la calle nos condujo al bizarro camino real que va a Quesería, y por supuesto a Colima, en breve tiempo llegamos a un mirador, nos detuvimos a contemplar la barranca del Muerto, su serpentear cautivante y su follaje contrastante. La acompañan las barrancas: la playa de Montegrande y La Tuna. Luego de un goce visual, seguimos por el camino real, que bajó al insólito y añejo  puente de la barranca, antes del puente, bajamos por una vereda a mirar el arroyo, que fue llamado igual que su barranca, nos acercamos a la vera del arroyo y fuimos hechizados por la diáfana agua que embellecía la garganta, deslizándose con su alegre cantar, después apreciamos los dos arcos del puente, de gran altura, el primero más alto, rompiendo creativamente la simetría, expresando, belleza, simplemente belleza, enfatizada por las bóvedas en cañón, tras haber gozado de aquella acogedora atmósfera, nos sentamos en una de las bancas del puente, y percibimos las paredes verdes de la barranca.

Más tarde fuimos a ver la barranca arroyo abajo, tomamos por el autopista con dirección oeste y antes del puente de la barranca, miramos a la derecha, para entrar a un fraccionamiento, la calle que ingresa nos acercó a la barranca, luego caminamos una vereda que nos fue adentrando a la fantástica barranca, nos paramos a mirar unas cuevas de bonitas formas, a pocos pasos vimos el arroyo, umbrío, por la abundante vegetación. Posteriormente fuimos al puente y observamos en su lado Sur, trozos del cordón azul, entre la vegetación, y en el lado opuesto, copas de diversos árboles, que envolvían al arroyo, en lontananza, el hermoso volcán, mostrando sus pliegues y su danzante fumarola, sensacionales perspectivas nos brindó el puente, un tanto aéreas.

Juan S. Vizcaíno, puso en tinta: “El lunes 5 de enero de 1976 estábamos reunidos en el campamento José María Arreola, todos los componentes de la misión científica que nos visitó, alrededor de la fogata con la vista hacia la cúspide del cono. El cráter en toda su extensión se había incendiado, este fenómeno nos tenía con la vista fija en el volcán, este día se encontraba El Coloso premiándonos con el espectáculo maravilloso, como fondo, el manto celeste con su negrura impenetrable, las estrellas en el firmamento eran los únicos puntos que nos podían distraer, el cielo limpio de nubarrones. El Dr. Gibson nos llama la atención, el volcán inicia a proyectar hacia el cielo una serie de bombas, nos indicó que había algo, posiblemente la Luna que se encontraba en plenilunio era la que estaba influyendo con la actividad que presentaba”.

Del puente regresamos al camino de La Esperanza, pasamos por la hacienda y después miramos la atractiva mesa La Cebadilla, con sus mágicas paredes verticales llenas de pliegues. La brecha fue descendiendo por el cañón Tuxpan, y entre claro y claro nos fuimos regocijando con pintorescos parajes, nos detuvimos a mirar un llano delimitado por cañadas y al fondo, la larga pared norte del cañón. Al terminar la empinada bajada, nos encontramos con la vía del tren, estacionamos el coche bajo una sombra y nos dispusimos a caminar por los durmientes con dirección poniente, y a corta distancia fuimos sorprendidos por la barranca del Muerto, que se manifestaba con bastante esplendor, faldas de varios montes se perdían en el vibrante bosque de la barranca, truenos, parotas, sauces, guajes, guamúchiles, fresnos, osotes, higueras, primaveras, tabachines, ciruelos y un sinfín de preciosos árboles, era una exquisita gama de verdes y de follajes, uno que otro paredón vertical erosionado contrastaba con aquel verdor. En el lado Sur admiramos el arroyo crecido y presumiendo de fosas anchas, se perdía en un recodo y después de zigzaguear unas lomas, engruesaba el Río Tuxpan. Un fenomenal puente de fierro unía las orillas de la barranca, puente que quiso dinamitar el cristero Félix Ramírez, su plan era detonarlo con el tren ocupado por militares.

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