Suplementos | La acción de Dios por el Reino no se manifiesta como un poder que viene desde fuera... Venga a nosotros tu reino El Reino de Dios es, pues, libertad, esperanza, salvación, motivo incesante de alegría y es posible aquí y ahora Por: EL INFORMADOR 4 de julio de 2009 - 10:41 hs Tercera parte El Reino de Dios es, pues, libertad, esperanza, salvación, motivo incesante de alegría y es posible aquí y ahora. Pero, ¿por qué no es evidente tal realización? ¿no será que a veces queremos que los resultados vengan de fuera, sin que tengamos que esforzarnos aunque sea un poco? La acción de Dios por el Reino no se manifiesta como un poder que viene desde fuera; sería fácil para el Todopoderoso realizar por sí mismo la promesa de un cielo nuevo y una tierra nueva, pero de esta forma actuaría en contra de sí mismo al negarnos la libertad que Él mismo nos dio. La grandeza de esto consiste en que el hombre tiene la posibilidad de cooperar en su instauración. Así, quien reconoce la necesidad de ser salvado (la Primera Bienaventuranza) y se transforma desde dentro, adquiere la capacidad de renovar su existencia y, como consecuencia, cooperar en la renovación del mundo. El anuncio del Reino está indisolublemente ligado a la invitación que hace N. S. Jesucristo: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios es inminente, arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15). La llamada al arrepentimiento y la conversión no es nueva pues leemos en Ezequiel (18, 23) que el Señor dice: “Yo no quiero que el malvado muera, sino que cambie de conducta y viva”, mientras que Jesús en su prédica dice “Yo no he venido a llamar a los buenos, sino a los pecadores, para que se vuelvan a Dios”, pues nos hace ver, por medio de las parábolas de la oveja descarriada, de la moneda perdida y del hijo pródigo, que Dios siente una inmensa alegría cuando el hombre se convierte. Como se afirma en el Evangelio, convertirse es salir de uno mismo y del mundo para ir a Dios, decidirse por Dios. Se trata, entonces, de optar por un cambio radical en el modo de pensar y de vivir. Convertirse es liberarse de todo lo que impide el crecimiento espiritual y condiciona la existencia para entrar en un proceso de madurez. La conversión es rechazar lo que ofende a Dios: “Si tu ojo derecho te hace caer en pecado sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”, y lo mismo para la mano derecha (Mt 5, 29-30). También la conversión no es decisión de un momento o de un día, pues es un proceso que para cada persona tiene un ritmo diferente. El hombre se abre al Reino a veces de manera imprevista, quizá entre indecisiones e impulsos, con pasos adelante y atrás. Que el Reino no es cuestión de apresuramientos lo comprobamos en la parábola de la higuera sin fruto (Lc 13, 6-9). Un hombre tenía una higuera que desde hacía tres años no daba higos, así que decidió cortarla; pero el que le cuidaba el viñedo le hizo una propuesta: “Señor, déjala todavía este año; voy a aflojarle la tierra y a echarle abono. Con esto tal vez dará fruto, y si no, ya la cortarás.” El año de espera se entiende como la vida entera del hombre que precede al juicio, pero no quiere decir que siempre hay tiempo para convertirse; al contrario, nos recuerda que cada día del año es tiempo de conversión. Ciertamente el anuncio del Reino es, como Dios mismo, inmutable, pero el ambiente donde se desarrolla cambia continuamente con el tiempo. Primero fue la sociedad del tiempo de Jesús, luego el mundo grecorromano y otro muy distinto es el mundo actual, con sus tensiones ideológicas, políticas, sociales y tecnológicas. Convertirse significa, entonces, vivir el evangelio en cualesquiera situaciones para renovarlas desde dentro, sin anclarse en lo antiguo, pues nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque éstos se revientan y estropean (Mt 9, 16-17). No es adecuado continuar con las normas y cultura ya pasadas; hay que actualizarse en materia doctrinal, pues la Iglesia no permanece estática y anquilosada, sino que se mueve y camina junto con los avances sociales. Los discípulos que quieren seguir sus huellas han de hacer que el anuncio sea siempre fermento en lugares y épocas diferentes, dando testimonio del Reino y esperando que Dios complete su designio de comunión sobre el hombre y sobre el universo entero. Que el Señor nos bendiga y nos guarde. Antonio Lara Barragán Gómez OFS Escuela de Ingeniería Industrial Universidad Panamericana Campus Guadalajara alara(arroba)up.edu.mx Temas Religión Fe. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones