Suplementos | El anuncio del Reino de Dios es fundamental en la predicación y vida de N. S. Jesucristo Venga a nosotros tu Reino En la sexta petición que hacemos en el Padre Nuestro, “no nos dejes caer en la tentación”, una de las cosas que pedimos es el discernimiento que arranca la máscara de la tentación, ya que, en apariencia, ésta es buena y deseable Por: EL INFORMADOR 29 de junio de 2009 - 05:53 hs Segunda parte El anuncio del Reino de Dios es fundamental en la predicación y vida de N. S. Jesucristo. Su anuncio no constituye una amenaza, sino luz, paz, salvación, reconciliación. Es un reino que no tenemos que esperar, ni siquiera para después de la muerte, sino que comienza aquí y ahora, dentro del corazón de cada persona que quiera formar parte de él. Es una experiencia de vida, pues puede practicarse siempre y en todo lugar: “busquen primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6, 33), con lo que, al hacerlo, el hombre se constituye en colaborador de Jesús en su obra mesiánica. Allí donde haya injusticia y violencia, ha de sembrarse paz y concordia, lo que significa que nosotros pasaremos de la infidelidad a ser hijos de Dios. Por otro lado, el Reino no ha de considerarse solamente en dimensiones religiosa, moral o espiritual sino que, por ser de Dios, es universal y no puede excluirse de la vida familiar, social, de la economía, la política, la cultura y la naturaleza. Al respecto de la inclusión en todo ámbito humano, diversos pasajes bíblicos muestran a quiénes les está vedado el Reino. Para comenzar, el mensaje evangélico sugiere que los ricos tienen prohibida la entrada (Mt 19, 23-24). Entendamos esto. En el contexto sociocultural, un rico es quien posee muchos bienes materiales; pero en el contexto evangélico, es rico no quien posee bienes, sino quien los convierte en el centro de su existencia. Por otra parte, aunque los pobres son los destinatarios naturales del Reino, también ha de entenderse el concepto. No es pobre quien carece de posesiones, sino quien, ante la carencia, se lanza a los brazos de Dios. Pero quien aún sin poseer nada entroniza el odio y la envidia en su corazón, comparte el despropósito de cuantos ricos rinden tributo al egoísmo. Asimismo, en los salmos se encuentran directrices clarísimas. Por ejemplo, en el salmo 15 (2-5) Dios nos asegura que sólo residirá en su santuario –es decir, será ciudadano del Reino– quien “vive sin tacha y hace lo bueno; el que dice la verdad de todo corazón; el que no habla mal de nadie; el que no hace daño a su amigo ni ofende a su vecino… el que cumple sus promesas aunque le vaya mal; el que no acepta soborno en contra del inocente”. Y San Pablo pone las cosas en términos todavía más fuertes en su Primera Carta a los Corintios (9-10), pues sentencia a que no tendrán parte en el Reino de Dios “los que cometen inmoralidades sexuales, ni los idólatras, ni los que cometen adulterio, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los chismosos, ni los tramposos”. Creo que es lo suficientemente claro el mensaje paulino. Y para cerrar tenemos el mensaje del Apocalipsis (22, 15), en el que se afirma que fuera del Reino se quedarán “los pervertidos, los que practican la brujería, los que cometen inmoralidades sexuales, los asesinos, los que adoran ídolos y todos los que aman y practican el engaño”. ¿Ser ciudadano del Reino es, entonces, algo que nos está humanamente impedido? No, puesto que sabemos, porque la doctrina nos lo ha enseñado, que Dios nunca nos va a enviar tentaciones que van más allá de nuestras fuerzas. El problema está en que nosotros decidimos libremente si nos dejamos llevar por éstas o no. Dios no quiere imponer el bien, quiere personas libres que distingan entre ser tentados y consentir. En la sexta petición que hacemos en el Padre Nuestro, “no nos dejes caer en la tentación”, una de las cosas que pedimos es el discernimiento que arranca la máscara de la tentación, ya que, en apariencia, ésta es buena y deseable (cfr Gen 3, 6), mientras que en realidad su fruto es la muerte. No caer en tentación es una decisión del corazón, pues “donde está tu tesoro ahí está tu corazón” (Mt 6, 21); pero en algo la tentación es buena, pues nos obliga a descubrirnos, a conocernos y a encontrar fortaleza para luchar contra ella y merecer el título de ciudadano del Reino, pues la ciudadanía del Reino es tal como nos la pone San Pablo (Rom 14, 17): “Porque el Reino de Dios no es cuestión de comer o beber determinadas cosas, sino de vivir en rectitud, paz y alegría por medio del Espíritu Santo”. Que el Señor nos bendiga y nos guarde. Antonio Lara Barragán Gómez OFS Escuela de Ingeniería Industrial Universidad Panamericana Campus Guadalajara alara(arroba)up.edu.mx Temas Religión Fe. Lee También En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Veinticinco años Evangelio de hoy: Jesús se deja encontrar en nuestro sufrimiento Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones