Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Así desfilaron en la capital mexicana y en muchas ciudades del país, millones de seres humanos

Vencer al mal con el amor

La manifestación por parte de los mexicanos que ocurrió en días pasados fue pacífica y al mismo tiempo afirmación y esperanza

Por: EL INFORMADOR

Casi en silencio, con una lámpara encendida en las manos, vestidos de blanco y con el pensamiento, el deseo, el anhelo de una convivencia pacífica, sin angustias ni temores, así desfilaron en la capital mexicana y en muchas ciudades del país, millones y millones de seres humanos.

Su manifestación pacífica fue al mismo tiempo afirmación y esperanza: afirmación de que el mal existe, pues lo han sufrido, lo han temido y llorado en sus propias personas, en sus seres queridos, en sus familias, en su entorno; su esperanza la han puesto en las autoridades, sean quienes sean, constituidas para servir al bien común; la han puesto en ellos mismos, en todos, porque es deber de cada uno ellos en particular y de todos en general, vivir la justicia --a cada quien lo suyo--, como garantía de paz, de seguridad.

Ha sido una página en la historia del México del 2008, que expresa angustia ante el crimen, la violencia; ante las pasiones enfurecidas por la codicia, la soberbia, la venganza, el afán inmoderado de placeres, de poder, de dinero.

El remedio para llegar a vivir en una convivencia humana, está en el nivel humano del respeto de sí mismo y el respeto a los demás, a sus personas, a su honra, a sus bienes.

Una convivencia cristiana

Mas entre los bautizados, los creyentes, los seguidores de Cristo, se ha de escalar a otra mayor altura, no sólo en la justicia, sino en el sentido profundo del auténtico cristianismo, el que el Señor dejó en la ley y los profetas: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Mateo 22, 27).

Hay tendencia en algunos cristianos, de conformarse con el mínimo de exigencias morales de la fe, y creen ser de veras cristianos cuando dicen: “No he robado, no he matado, no hago mal a nadie”.

Esta actitud aislante, inoperante, irresponsable y comodina, no es actitud cristiana. No es cristiano el que no hace, sino el que camina en seguimiento de Cristo que pasa haciendo el bien.

La Iglesia, tal como la diseñó el Maestro, ha de ser una comunidad de amor, desde la responsabilidad personal de cada uno de sus miembros, hasta la responsabilidad jerárquica operante.

Lo fundamental es que cada uno de sus miembros se sienta responsable, proporcionalmente, del hermano, ante Dios y ante la misma comunidad.
El apóstol San Pablo ha dejado la imagen de la Iglesia en la figura de un cuerpo --el cuerpo místico--, cuya cabeza es Cristo, y todos los miembros son vivos y operantes en el bien del cuerpo.

Muy conocida es la bella escultura El Niño de la Espina: un muchacho encorvado, puestos sus ojos y activas sus manos en la planta de un pie, del que quiere arrancar una espina que le causa dolor y le hace sangrar.

Así el cristiano, donde encuentre el mal, ha de luchar por arrancarlo.

Miren como se aman

En los primeros años, en la apenas fresca y tierna Iglesia que describe San Lucas en los “Hechos de los Apóstoles”, aflora con toda la sencillez la ternura, hasta casi la inocencia, de los primeros cristianos, que incluso ponían sus bienes al servicio de todos y juntos compartían la Palabra y el pan, porque se amaban.

Y no todos eran perfectos, porque la Iglesia nació, creció y sigue hecha, amasada, con seres humanos, todos con la marca del pecado.

Y ante esa realidad permanente, el pecado, los pecadores propios y los ajenos, el cristiano ha de aprender --inspirado por el amor-- a ser humilde ante las propiascaídas, y a ser caritativo ante los pecados, las caídas de los demás. Si el cristiano de veras amas a Cristo redentor de todos, ha de amar a sus semejantes a pesar de que vea en ellos, como en sí mismo, debilidades, deficiencias, flaquezas, pecados.

Lo fundamental, ante las actitudes equivocadas o deliberadamente torcidas de los otros, debe ser, ante todo, no juzgar, ya que esto sólo es atribución de Dios.

La corrección fraterna

“Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas”. En el evangelio de San Mateo (18, 15-20) es clara la lección del Maestro para practicar, cuando lo pida el momento, la corrección fraterna. Lleva a considerar un método, el proceso de reconciliación del pecador. Muestra una gran delicadeza por el bien de la persona que, por ser humana, se ha equivocado, ha pecado y con su falta ha hecho mal a otros.

El Señor muestra el estilo de corregir: ante todo, evitar herir la sensibilidad del prójimo. A solas, sin ofenderlo, sin humillarlo. Es un deber llamarle la atención, y esto es amor. Es el deber cotidiano del padre de familia, de la madre, ayudar a sus hijos a conocer el bien y apartarlos del mal. Deben ayudarlos a rectificar sus juicios, a enderezar sus pasos, si ya han pisado por sendas torcidas. “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano; hazlo con amor”, decía San Agustín.

La corrección fraterna es un caso concreto de la ley del amor. Nadie que verdaderamente ame, puede permanecer indiferente ante el mal de los demás.

Lo que vale es la recuperación del hermano

El pastor no está contento con sus noventa y nueve ovejas; le preocupa la otra, la extraviada, y sale en su busca. “Vuestro Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de esos pequeños”. Hay un valor infinito en cada persona. Un solo hombre cuenta y vale mucho para Dios. Hay que preocuparse y hacer algo para que nadie se pierda.En estos días en los que se han manifestado las multitudes en demanda de seguridad, ¿habrá algunos --alguien siquiera-- que hagan oración ferviente para que los asesinos y los secuestradores se arrepientan de sus delitos?

“Misericordia quiero y no sacrificios”, ha dicho el Señor, y la misericordia no significa impunidad, pues el castigo mismo es lección en busca de una enmienda.

La misericordia está en odiar el pecado, pero en la corrección fraterna está la esperanza de ver que surge un hombre nuevo. Como el médico pone en juego sus conocimientos y su interés en transformar a un hombre enfermo en un hombre sano, así el cristiano tiene que orar hasta por quienes lo odian y lo persiguen.

La falta cometida por un hermano, no ha de ser tema de publicidad. Se está haciendo costumbre, ridícula y perversa, poner en manifiesto en la televisión y la prensa de escándalos, al delincuente.

Y luego viene la queja por la ausencia de valores entre los jóvenes, cuando se nutren de ese mundo de mitotes, cuando se ha perdido el valor de respetar a la persona.

El cristiano, en vez de romper sus vestiduras escandalizado, debe primero mirarse a sí mismo, y no se atreverá a tirar la primera piedra luego de ver, no con ojos de juez, a un hermano.

El hermano ha de tener la puerta abierta y la mesa servida y sin reproches, porque de veras ha reconocido su culpa y muestra voluntad de una sincera enmienda.

“Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, es una de las súplicas de la oración del Señor. Se debe recitarla no solamente con los labios, sino que desde lo hondo del mismo ser brote la súplica.

Es patrimonio de la Iglesia y práctica común, el orar “por la conversión de los pecadores”. Dios escucha, atiende y envía sus dones.

Pbro. José R. Ramírez   
 

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