Martes, 28 de Octubre 2025
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Valores, Moralidad y Ciencia

En siglo XIX, las regiones protestantes presentaban tasas de suicidio superiores a las de las religiones católicas

Por: EL INFORMADOR

    Habíamos planteado las cuatro categorías en las que pueden clasificarse los principales problemas que impiden el bienestar del ser humano. Sobre la primera, las adicciones y sus consecuencias fatales, he abundado en un artículo publicado en esta misma página el 29 de Agosto, de manera que esta vez trataremos el caso del suicidio.

     Hacia finales del siglo XIX, el sociólogo Émile Durkheim, uno de los fundadores de la sociología moderna junto con Max Weber y Karl Marx, hizo un importante descubrimiento en Europa: las regiones protestantes presentaban tasas de suicidio superiores a las de las religiones católicas. Como una primera explicación, Durkheim propuso que la diferencia radicaba en que el cristianismo propiciaba el desarrollo de sociedades más integradas que el protestantismo. Desde entonces, diversos estudios han reforzado y ampliado tal hipótesis, por lo que ahora se tiene la seguridad de que la religión tiene un efecto preventivo contra el suicidio. En 2005, el Dr. Matthias Egger y sus colaboradores de la Universidad de Berna llevaron a cabo un nuevo estudio en el que analizaron los datos censales de 1,700,000 católicos, 1,500,000 protestantes y poco más de 400,000 individuos sin afiliación religiosa, y los compararon con las tasas de mortalidad. Ajustando la comparación con factores sociológicos tales como la edad, el estado civil, la educación, el idioma y el grado de urbanización de los individuos analizados, los investigadores constataron que, entre las personas religiosas, los católicos presentaban la tasa más baja de suicidios y los protestantes la más alta. Asimismo, el estudio demostró que entre las personas no religiosas, la tasa de suicidios es todavía más alta que la más alta de entre las personas religiosas.

     Un segundo estudio, auspiciado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue realizado por Merike Sisak y colaboradores del Instituto de Salud Mental y Suicidología Estonio-Suizo. La OMS se ha preocupado por suicidio desde hace muchos años, especialmente porque en los últimos 45 años, la tasa  ha aumentado, en promedio, en un 60%. En este segundo proyecto, los científicos estudiaron a personas que habían cometido algún intento de suicidio por medio de un cuestionario que también aplicaron a otros individuos no suicidas seleccionados al azar. Los resultados obtenidos produjeron una imagen sumamente compleja, pero en el aspecto de la religiosidad, se encontró que en países como Irán, Brasil, Estonia y Sri Lanka, las tasas de suicidio son menores en las personas religiosas --no necesariamente católicas-- que en las no religiosas. Por consiguiente, los resultados obtenidos de manera científica objetiva muestran que la religiosidad es un factor fundamental que disminuye el riesgo de suicidio y, de entre las diferentes religiones, la católica es la mejor en este rubro. Durkheim tenía razón.

      Lo que la estadística revela sobre la religiosidad y el suicidio son hechos evidentes. La cuestión sería: ¿cómo ayuda la religión a paliar el flagelo del suicidio? El Magisterio de la Iglesia nos enseña que el suicidio “contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar la vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados”

(Catecismo 2281). Por su parte, sabemos que es pecado grave que se contrapone al quinto mandamiento y se podría pesar que, automáticamente, el suicida muere en pecado mortal. Sin embargo, la doctrina católica también nos hace ver que no podemos juzgar con certeza la condición mental del suicida, por lo que “no se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida” (Catecismo 2283). Por un lado, vemos la reprobación de un acto inmoral, pero también la esperaza de que no todo está perdido. La fe en Cristo y la vivencia del evangelio ayudan definitivamente a superar los rasgos psicológicos que pueden conducir al suicidio: ansiedad, insatisfacción de necesidades no resueltas, depresión, sentimientos de culpa, inestabilidad emocional y preocupaciones extremas.

El catolicismo, la religión del amor, nos muestra el camino a seguir para realizarnos como personas, para recuperar la dignidad perdida y para facilitar la autoestima; todo es cuestión de fe y de voluntad. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán OFS

Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx  

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