Viernes, 07 de Noviembre 2025
Suplementos | Nissan GT-R

Una fiera al acecho

Es posible vivir pacíficamente con el GT-R, pero hay que tener cuidado. Mucho cuidado

Por: EL INFORMADOR

Durante cinco días, conviví  con un Nissan GT-R en Los Ángeles. Fue como haber acompañado al chico malo de la película. El muchacho oriental con cara de duro y cuerpo cortado por músculos. La calle, hay que decirlo, se abre a su paso. Los demás se apartan para que él confirme su posición de privilegio. Por momentos, anduvimos al borde de la ley, impulsados por su alma intempestiva. Pero al final de cuentas, nos quedamos con la sensación clara de que la vida puede no ser fácil –y no lo es con un auto como este- pero con él, ganamos algo muy importante, fundamental incluso en el universo de los automóviles exóticos, algo que no es nada fácil conquistar, y que por esto nos llenamos el alma de júbilo (contenido o no) al tenerlo: respeto. Absoluto respeto.

El GT-R no es uno de esos coches que esconden su alma. Cualquiera que lo mire, sabe que ve algo distinto. No es un exótico italiano, inglés o alemán, que muchas veces firmaron un compromiso con la estética antes que con el desempeño. Este auto abre su pecho y grita al que quiera escuchar que está listo para la pelea. No es que no le importe ser bonito, es que no le gusta. Este es un auto brutal, crudo, desnudo. Tan despojado de vanidades es el GT-R, que casi le da pena ofrecer banalidades como un estéreo Bose, asientos forrados de piel, aire acondicionado y, bueno, tres portavasos. Es como si al adolescente más peleonero del barrio, su madre lo obligara a vestirse de forma, digamos, civilizada. Y él lo hace por respetar a su ascendencia, aunque sin disfrutarlo. Que nadie, empero, se atreva a burlarse. Aunque hay que decirlo que, hoy en día, el mundo ya aprendió que no debe, ni puede, burlarse del GT-R.

Sólo verlo la primera vez, con la cajuela inocentemente abierta (primera rebeldía del GT-R, tener una cajuela), esperando en el estacionamiento por mi arribo, fue imposible contener la emoción. Mi sonrisa me delataba, como me dijo mi esposa: “Te ves como un niño”, me comentó. No es cosa de todos los días tener en las manos un auto como este. Senté y el asiento me abrazó cálidamente. Mi vista se pierde por instantes en el mar de botones, como un cardumen de pequeños peces en un estanque de un jardín japonés. Por fortuna, la primera de las promesas que hizo Nissan al diseñar el GT-R, se mostraba cumplida, el auto es para cualquiera. Esto hace que sea posible hacer sólo lo básico, es decir, poner el cinturón, pisar el freno, presionar el botón rojo de encendido en la consola central y poner la palanca del cambio automático en D. Entonces, la fiera abre los ojos y ruge. Es como un tigre, capaz de salir del absoluto reposo hacia la alerta máxima en fracción de segundos. Nadie lo va a agarrar desprevenido. El ruido de su motor, ronco, fuerte, extrovertido, nos deja muy en claro.

Pisamos con algo de recelo el acelerador, buscando sólo encontrar el momento de romper la inercia y entrar en movimiento. Cuando esto finalmente ocurre, el determinado salto hacia adelante nos dice todo. El GT-R estará listo para jugar a la hora que sea. Lástima, pensamos, estar en Estados Unidos. Las estrictas leyes de tránsito harán que tener el GT-R equivalga a salir a cenar con Megan Fox y luego, bueno, ser obligado a dejarla en su casa así nomás. Por fortuna, fue distinto.

A media cuadra ya nos habíamos dado cuenta de que se trataba de un verdadero deportivo. La suspensión mostraba su absoluta rigidez, haciéndonos brincar frecuentemente en una Los Ángeles llena de baches, lo que nos hizo sentirnos como en casa. La precisión del auto es absoluta. Todo se siente y se transmite al conductor. Pasamos por una tapa de refresco y nos damos cuenta hasta de qué sabor es. Si ajustamos la suspensión para un muy optimista modo llamado “confort”, bueno, esto nos hará quedar en duda si la tapa es de Pepsi o Coca. La dirección debe ser agarrada con fuerza, siempre. Porque ante la mínima ondulación del piso la hace girar y puede provocar un accidente. Todo el sistema es más que comunicativo, es gritón. Esto, empero, se agradece y aplaude cuando se está en un  circuito o en una situación de emergencia. Esto es lo que hace del GT-R un auto de desempeño tan superior, que es capaz de acelerar a 100 km/h en 3.5 segundos. Y lo sentimos. En una calle con poco tráfico le hicimos la prueba, que tuvo como testigos sólo dos extasiados jóvenes, que aplaudieron la demostración de fuerza del japonés.

Puede parecer un desperdicio tener un motor V6 bi-turbo, de 3.8 litros y 485 caballos de fuerza (lo que es sólo una estimación, ya que todos los motores de los GT-R son hechos a mano) en Estados Unidos. Pero el que ya haya intentado entrar a un “freeway” en un auto compacto con cuatro tímidos cilindros, sabe el valor de una elevada capacidad de aceleración. Además, también sirve para dar una que otra lección, como la que recibió el atrevido chofer de un BMW Z4 M que nos quiso ganar el paso, digamos, a fuerzas. Seguro después de esa, el GT-R tiene un admirador más.

Sin embargo, no lo necesita. El coche, como ya comentamos antes, es un imán de miradas. Y vaya que para lograr serlo en Los Ángeles, se necesita mucho. Esto no es una cuestión de precio. Hace unos meses, estuvimos aquí con una Porsche Cayenne Turbo S, que cuesta casi el doble que los 83 mil dólares que hay que pagar por un GT-R Premium, como el que teníamos. Pero Cayenne hay muchas, porque hay muchos ricos en California. Conocedores, empero, que saben qué puede dar un  GT-R y se atreven a comprarlo, son pocos. Por esto, todos le abren paso y lo admiran, como lo hacen ante un Ferrari o un Lamborghini. Por esto, dos señores conduciendo un flamante Mercedes-Benz S65 AMG, que cuesta lo que unos tres GT-R, aceleraron fuerte para llegar cerca de nosotros y verlo mejor.

El GT-R conquistó Hollywood. Como también fue capaz de hacerlo con nosotros. Los cinco días con él no fueron los más confortables que hayamos tenido, pero sí están entre los más emocionantes. Parte por el increíble desempeño que tiene. Parte porque nos transformó en celebridades justo en la tierra de las celebridades. Lo dejamos de regreso en el aeropuerto con una cierta nostalgia. Fue como para un niño ser forzado a desvestir su traje de Superman. El GT-R, nos quedó más que claro, no es Godzilla. No es un monstruo japonés indomable. Es un caballero oriental, dispuesto a darnos diversión y protección en todo momento. Los cinco días con él, insistimos,  no fueron los más cómodos, pero fueron, sin duda, inolvidables.

Sergio Oliveira/Los Ángeles

Radiografía

Motor: Frontal longitudinal; seis cilindros en V; 3.8 litros de desplazamiento; DOHC; twin-turbo; inyección de combustible secuencial multipunto; Potencia- 485 CV @ 6,400 rpm. Torque- 434 libras-pie @ 3,200 rpm.

Transmisión: Automática de seis velocidades (6+R), con modo secuencial y doble embrague.

Frenos: De discos ventilados en las cuatro ruedas, con sistema antibloqueo (ABS), distribución electrónica de la fuerza del frenado (EBD) y asistente de frenado (BA).

Suspensión: Delantera- Independiente, de doble brazo de aluminio, con barra estabilizadora. Trasera- Independiente, de tipo Multilink, con barra estabilizadora.

Tracción: Trasera.

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