Viernes, 17 de Octubre 2025
Suplementos | Muchos católicos en la actualidad, suelen criticar, menospreciar, subestimar y hasta atacar

Una exaltación a la humildad

La soberbia suele darse en personas que tienen una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida

Por: EL INFORMADOR

     La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad, y por tanto, de lucidez. Es fuente y origen de muchos males de la conducta, y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean.

     La hay de dos tipos: la que es vivida como pasión, que llega a ser tan intensa que nubla la razón, pudiendo impedir que las acciones personales se vean objetivamente; y la que es percibida como sentimiento que se manifiesta de forma más suave, y la persona conserva la capacidad de darse cuenta de la realidad, aunque de forma esporádica.

     La soberbia suele darse en personas que tienen una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Han destacado en alguna faceta o aspecto de su diario vivir, y el balance que hacen de sí mismos los desubica y exigen un reconocimiento publico de sus logros.  Es una tendencia a demostrar dicha superioridad, la categoría y la preeminencia que uno cree que tiene frente a los de su entorno.

     Sin embargo, hay quienes no necesitando del halago de los otros, hacen ellos mismos su propio y permanente elogio, de diversas formas, en diferentes momentos, con ocasión y sin ella. Sus manifestaciones son más internas y privadas, aunque pueden ser observadas por una atmósfera grandiosa que él crea sobre su persona y a través de sus máscaras:  arrogancia, altanería, tono despectivo hacia los demás, que se mezclan con desprecio, desconsideración, indiferencia en el trato, impertinencia y gusto por humillar. Otras veces, esas máscaras son de un cinismo mordaz, con desplantes de una grandeza que provoca el rechazo de los demás. Aunque hay casos más leves y en ellos la relación personal se hace más soportable.

     Ahora bien, es una realidad que muchos católicos en la actualidad, reconociéndose como tales --es decir como bautizados y miembros de la Iglesia católica--, suelen criticar, menospreciar, subestimar y hasta atacar. Y qué decir de desobedecer a aquellos que el mismo Jesucristo, a través del Espíritu Santo, ha elegido para que sean sus representantes, sus ministros, sus pastores y guías de su rebaño, del pueblo de Dios, de la Iglesia.

     Si analizamos objetivamente esta actitud y sus acciones consecuentes, nos podemos dar cuenta fácilmente de que en el fondo de ellas subyace la perniciosa soberbia, la cual mezclada muchas veces con resentimientos, rencores y hasta odios personales en contra de algunos de esos ministros, suscitados por alguna experiencia desagradable, suelen generalizar, y entonces no tienen empacho en manifestar su rechazo a la Iglesia como institución humana, que también es divina porque fue instituida por Jesús mismo, Dios hecho hombre.

      Así, escuchamos más y más en nuestro ambiente, expresiones del estilo de: “Yo estoy bien con Dios, con Jesús; a me importa un bledo lo que digan la Iglesia y los curas”. “Los curas no tienen derecho de opinar porque son unos  tales por cuales”, etc., etc. Es tan fuerte la soberbia que nos puede orillar a blasfemar, ofendiendo a  Dios en la persona de sus representantes(que lo son a pesar de sus defectos y errores humanos).

     Es necesario recordar lo que Jesús en el Evangelio nos dice: “Nadie va al Padre sino por Mí”. Y también refiriéndose a los ministros: “El que a ustedes escucha, a Mí me escucha; el que a ustedes obedece, a Mí me obedece”. Y finalmente dirigiéndose a todos: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra”.

     Nadie es perfecto, todos tenemos defectos, todos pecamos y a todos nos perdona Dios, siempre y cuando lo reconozcamos y no nos dejemos dominar por la soberbia.

     El evangelio de  hoy nos recuerda el sermón de la montaña, el cual es una exaltación a la humildad, la virtud que contrarresta a la soberbia. Convendría que lo meditáramos y, a la luz de su enseñanza, nos preguntáramos si en realidad somos o no humildes, recordando, por lo demás, lo que el mismo Jesús sentenció: “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.
 
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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