Suplementos | El lugar donde el Señor expuso esta parábola es solemne, dentro del templo de Jerusalén “Un padre de familia plantó una viña... En este domingo vigésimo séptimo ordinario del año, la liturgia de la misa dominical presenta una parábola que el Señor Jesús dijo en la última semana de su vida pública Por: EL INFORMADOR 4 de octubre de 2008 - 12:31 hs En este domingo vigésimo séptimo ordinario del año, la liturgia de la misa dominical presenta una parábola que el Señor Jesús dijo en la última semana de su vida pública, después de su entrada triunfal el Domingo de Ramos y ya en vísperas del tremendo drama del Calvario. El lugar donde el Señor expuso esta parábola es solemne, dentro del templo de Jerusalén, y entre los oyentes se encuentran --no con deseos de aceptar, sino de atacar--, los sacerdotes de la antigua ley, los escribas y algunos de la secta de los fariseos. Para ellos singularmente va el mensaje. Ésta es una amarga síntesis de la historia del pueblo de Israel, el pueblo escogido y colmado de bendiciones, privilegios y gracias, y de la malicia, la perversidad, de los ingratos que no quisieron responder. “...y esperó que diese uvas” El Señor compara el Reino de los cielos a una viña en magníficas condiciones: “La rodeó con una cerca, cavó un lagar --donde se habría de convertir el mosto, el jugo de la uva, en la materia para la fermentación del vino-- y construyó una torre para el vigilante. Luego la alquiló a unos viñadores”. El tema era muy conocido allí, como en todos los pueblos del Mediterráneo, en donde el cultivo de la vid es parte importante entre las actividades más comunes. Tal vez en esos días ya estaban visibles las vides en sazón. Lo grave fue la aplicación de la figura a la situación del pueblo de Israel. A su tiempo, el dueño de la vid “envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores. Así lo habían pactado y era justo lo que pedía, pero los viñadores se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon”. Estos criados o siervos son los profetas enviados por Dios en distintos tiempos y momentos importantes, para enseñar, para corregir, para urgir al pueblo escogido a servir a Dios con fidelidad. Aunque la palabra profeta tiene diversos sentidos, la Sagrada Escritura les llama así a los hombres escogidos por Dios para recibir una revelación y hacerla saber a los pueblos para su instrucción y edificación. En la Sagrada Biblia está la palabra escrita de los profetas llamados mayores por la extensión de sus escritos: Isaías, Jeremías --cuya profecía va unida a la de Baruch--, Ezequiel y Daniel; y los profetas menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías y Malaquías, todos éstos con escritos más breves. Muchas veces el pueblo de Israel se entregó a falsos dioses y torció el rumbo de su vida por influencia de los pueblos que lo rodeaban. Esas infidelidades, esas ingratitudes, son el tema de esa parábola. Pero en ella, el colmo de la maldad de los viñadores llegó a lo máximo. “Les mandó a su propio hijo pensando: A mi hijo lo respetarán... Pero le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron”. Así, a los dos o tres días de que suceda, les está anunciando que ellos, los que allí le escuchan, el viernes, ante el gobernador Poncio Pilato, pedirán a gritos “¡crucifícale! ¡crucifícale!” y lo sacarán de la ciudad al Calvario, para matar al Hijo de Dios, con muerte cruel y entre dos malhechores. La culpa de los propios judíos; su infidelidad colectiva a los designios divinos; su presunción racial religiosa --se creían ya salvados sólo por ser judíos-- increyente y rebelde; la autojustificación legalista --fariseismo ambiente-- y el exclusivismo mesiánico, pues esperaban un Mesías solamente para ellos, inspiró esta parábola, porque en ellos --los ciegos para ver y duros para aceptar-- están representados por esos viñadores ingratos y asesinos. Culmina la parábola con una pérdida para ellos, por su apostasía ante Cristo y su repulsa a la invitación a la fe salvífica: se arrendará el viñedo a otros viñadores que le entreguen a su dueño los frutos a su tiempo. Y el Reino de Dios lo entregó a un pueblo nuevo, al pueblo de la Nueva Alianza. La viña es la Iglesia, por la que el Salvador derramó su sangre. Y de la Iglesia, sobre los creyentes están el gozo y el deber de producir buenos frutos. La aprobación y la reprobación de los hombres son a un tiempo, problema humano personal y arcano misterioso de la Providencia salvífica de los hombres. El Concilio Vaticano II (1962-1965), en la Constitución “Lumen Gentium” número 14, con claridad expone así el tema: “El sagrado Concilio pone ante todo su atención en los fieles católicos y enseña, fundado en la Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la Salvación. Pues solamente Cristo es el Mediador y el camino de la salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. Y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada. Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, rehusaran entrar o no quisieran permanecer en ella. A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos. Sin embargo, no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no perseverando en la caridad permanece en el seno de la Iglesia ‘en cuerpo’, pero no ‘en corazón’. No olviden, con todo, los hijos de la Iglesia, que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad. Los catecúmenos que, por la mocióndel Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, se unen a ella por este mismo deseo, y la Madre Iglesia los abraza ya amorosa y solícitamente como a hijos”. La parábola no es sólo un ayer La viña es el alma de cada ser humano, hoy como ayer y siempre. Fructificar es el deber de cada quien, en la parcela que Dios le ha designado. San Agustín escribió: “Dedícate a lo tuyo. Haz lo que haces”. Con humilde actitud, de responsabilidad, se ha de ir, y seguros de que siempre se puede tener el divino auxilio. La propia suerte es el misterio en que se juega la absoluta trascendencia de la acción divina sobre toda criatura, más allá de la estricta justicia creada y sobre todo mérito del hombre al natural. Es al mismo tiempo el misterio de ese don que es la libertad humana y de la responsabilidad personal, en el orden natural y en el sobrenatural. La parábola tuvo, tiene y tendrá siempre actualidad. Dios actúa sin ruido y sin prisa Ha dejado el Creador a los hombres el cargo del planeta, el paraíso que para el hombe creó. Al hombre le corresponde cuidar de él. Cuanto se sabe ahora del deterioro del planeta es que no otro, sino el hombre, se ha olvidado de cuidar su alrededor. Cristo ha dejado su Reino, la Iglesia, a la responsabilidad de los hombres. Son los hombres de Iglesia --todos los bautizados-- quienes han de trabajar para que esa viña no sólo se conserve, sino que crezca y dé frutos. A Dios se le corresponde con amor: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”. Allí está la plenitud en el trabajo en la viña. Dios espera, siempre espera. Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones