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Martes, 15 de Octubre 2019
Suplementos | Este domingo, la enseñanza de Cristo viene en una parábola en el Evangelio de San Lucas

Un drama en dos actos

La parábola de este domingo indica el verdadero sentido de la vida en dos actos: el primero en el tiempo y el segundo más allá del tiempo

Por: EL INFORMADOR

El obstáculo para hacer un mundo más justo somos los ricos que levantamos barreras. EL INFORMADOR /

El obstáculo para hacer un mundo más justo somos los ricos que levantamos barreras. EL INFORMADOR /

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Lectura de la profecía de Amos (6,1a.4-7):

“¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaría!”.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (6,11-16):

“Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres”

EVANGELIO
Lectura del Evangelio según san Lucas 16,19-31:

“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”.


GUADALAJARA, JALISCO (25/SEP/2016).- En este domingo, de nuevo la enseñanza de Cristo viene en una parábola en el Evangelio de San Lucas, que sólo él presenta y no los otros tres evangelistas. Es muy antigua tradición de los pueblos de Oriente, escribir y contar breves narraciones con gracia, a veces para disfrutar, y se les llama narraciones silesias; otras llevan una enseñanza, y se les nombra narraciones apólogas. De éstas son las bellas parábolas del Reino y de la misericordia, con que el Maestro enseña misterios profundos en la sencilla disposición de personas, y hechos como ejemplos para mejor entender los misterios de arriba.

La parábola de este domingo indica el verdadero sentido de la vida en dos actos: el primero en el tiempo, en el que dos hombres viven en marcado contraste, no solamente porque uno sea rico y el otro pobre, sino en lo profundo. Porque el primero, el rico, no tiene la verdadera sabiduría, no ha descubierto el verdadero sentido de la existencia -breve, fugaz-, y seducido por las cosas materiales y los placeres, se ha entregado con afán a pasarla bien; su pensamiento es corto; miope o ciego, y sordo a las voces de los demás. Para sí mismo y nada más que para su propio provecho y disfrute, ha sido su vida. “Vestía de púrpura y telas finas, y banqueteaba espléndidamente cada día”. Y el otro, “un mendigo llamado Lázaro (que significa “Dios ayuda”), yacía a la entrada de la casa del rico y comía las sobras que caían de la mesa de éste. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas”.

Cae el telón, para levantarse de nuevo, y el segundo acto es más allá en el tiempo. Lázaro, en el seno de Abraham, goza de una dicha que será eterna. No porque fuera pobre en la Tierra, sino porque en su pobreza, en su abandono, al sufrir fue paciente como Job. No renegó, ni blasfemó, sino que puso en las manos de su Creador su confianza y cargó su cruz con valentía. Es la recta interpretación de la parábola.

El rico, en medio de tormentos, padece en el lugar de castigo no porque haya tenido riquezas -que es justo recibirlas o ganarlas-, sino por toda una vida ahogada en amodorramiento egoísta. Porque malversó frívola y perezosamente los dones y las posibilidades de hacer el bien, que en abundancia tuvo en su poder Su vida -ahogada en materialismo, en hedonismo, en egoísmo irresponsable- se acabó y no fue merecedor de premio, sino de castigo, quien nada hizo por los demás.

En la hora de la muerte no se improvisa la salvación eterna, sino que se va labrando día a día, como el cincel va formando en el mármol una imagen que después será admiración y placer contemplarla. Ser cristiano es ser llamado y elegido a la santidad. Con las frecuentes canonizaciones que son reconocimiento oficial de la Iglesia, por medio del Vicario de Cristo, el Papa, para todos los países ha habido el gozo de entregar a la veneración de los fieles a modelos de cristianos, ejemplares en su vida de fe, de caridad, de humildad.

Muchos de los nuevos santos han llegado con frescura, con cercanía de tiempo -nacidos en el siglo XX- y cercanía de espacio, allí en la aldea cercana, o en tal o cual lugar y trabajo. Santos con corbata, con pantalón, con bigote. Pasó ya el falso concepto de que los santos solamente eran flores que se cultivaban a la sombra de los campanarios o en los claustros de los monasterios, donde antes eran atados con los lazos de los votos de castidad, pobreza y obediencia.

José Rosario Ramírez M.


Romper barreras

La parábola parece narrada para nosotros. Jesús habla de un rico poderoso. Sus vestidos de púrpura y lino indican lujo y ostentación. Su vida es una fiesta continua. Sin duda, pertenece a ese sector privilegiado que vive en Tiberíades, Séforis o Jerusalén. Son los que poseen riqueza, tienen poder y disfrutan de una vida fastuosa.

Muy cerca, echado junto a la puerta de su mansión está un mendigo. No está cubierto de lino y púrpura, sino de llagas repugnantes. No sabe lo que es festín. No le dan ni de lo que tiran de la mesa del rico. Sólo los perros callejeros se le acercan a lamerle las llagas. No posee nada, excepto un nombre, Lázaro o Eliezer que significa Mi Dios es ayuda. La escena es insoportable. El rico lo tiene todo. No necesita ayuda alguna de Dios. No ve al pobre. Se siente seguro. Vive en la inconsciencia total. ¿No se parece a nosotros? Lázaro, por su parte, es un ejemplo de pobreza total: enfermo, hambriento, excluido, ignorado por quien le podría ayudar. Su única esperanza es Dios. ¿No se parece a tantos millones de hombres y mujeres hundidos en la miseria?

La mirada penetrante de Jesús está desenmascarando la realidad. Las clases más poderosas y los estratos más míseros parecen pertenecer a la misma sociedad, pero están separados por una barrera casi invisible: esa puerta que el rico no atraviesa nunca para acercarse a Lázaro. Jesús no pronuncia palabra alguna de condena. Es suficiente desenmascarar la realidad. Dios no puede tolerar que las cosas queden así para siempre. Es inevitable el vuelco de esta situación. Esa barrera que separa a los ricos de los pobres se puede convertir en un abismo infranqueable y definitivo.

El obstáculo para hacer un mundo más justo somos los ricos que levantamos barreras cada vez más seguras para que los pobres no entren en nuestro país, ni lleguen hasta nuestras residencias, ni llamen a nuestra puerta. Dichosos los seguidores de Jesús que rompen barreras, atraviesan puertas, abren caminos y se acercan a los últimos. Ellos encaman al Dios que ayuda a los pobres.

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