Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | Ser profeta no es profesión ni cargo oficial: es una vocación, muchas veces en conflicto con instituciones y autoridades

Tú eres profeta

En los tiempos bíblicos, el profeta viene a ser la conciencia del pueblo, el contrapunto o contrapeso de la institucionalización del carisma, imprescindible para evitar su anquilosamiento y promover y cuidar su progreso

Por: EL INFORMADOR


     “Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.” (Lumen Gentium # 31).
     Esta afirmación de este documento, que es una de las constituciones más importantes del Concilio Vaticano II y cuya temática versa sobre la Iglesia, nos aclara quién es un laico, cuál es su status en la Iglesia y en el mundo y cuáles sus funciones, al participar de las de Jesucristo, para su misión como parte del pueblo cristiano.
     Pues bien, de esas tres funciones señaladas por esta constitución, hoy queremos enfocarnos a la función profética, dado que el Evangelio de este domingo nos habla acerca de ello y, así mismo, es una realidad que este tema es muy poco conocido, y lo poco que se conoce no se entiende muy bien o no es aceptado por muchos católicos.
     Entonces, de acuerdo a ese postulado de la Lumen Gentium, podemos deducir que TODOS --no solamente los sacerdotes, religiosos o monjes-- somos, en Cristo y con Cristo, profetas.
     Mas, ¿qué significa ser profeta? El término “profeta”, en hebreo Nabi, significa, en su forma más sencilla  y general, “aquel que habla en nombre de otro”.
     En la Sagrada Escritura, a quienes ejercían esta función, este servicio al pueblo de Dios, se les atribuye, precisamente, la tarea profética de anunciar el mensaje de Dios al mismo pueblo, lo que incluye tanto la revelación de la voluntad y los planes de Dios, como la denuncia de los pecados del pueblo y de todo aquello que va en contra de dicha voluntad y dichos planes.
     Es Portavoz divino, no meramente pronosticador. Para muchos es una persona que predice el futuro. Pero no es así como lo entiende la Biblia. El término tomó sentidos diversos a lo largo de los siglos, y hay diversas palabras hebreas para designar al profeta. Poco a poco prevaleció la imagen del profeta como hombre lleno del Espíritu de Dios, que a la luz de la fe ve la situación en que vive, anuncia la palabra de Dios y denuncia el pecado.
      En esta línea, ser profeta no es profesión ni cargo oficial: es una vocación, muchas veces en conflicto con instituciones y autoridades. En los tiempos bíblicos, el profeta viene a ser  la conciencia del pueblo, el contrapunto o contrapeso de la institucionalización del carisma, imprescindible para evitar su anquilosamiento y  promover y cuidar su progreso.
     ¿Cómo aplicar todo esto a la vida de los laicos bautizados de nuestro tiempo?
     Ser profeta hoy, se traduce en ser evangelizador, en ser portador ante los demás de la Buena Nueva de Jesucristo, es decir del Evangelio. Dicho de otra manera, por el hecho de haber recibido el sacramento del Bautismo --y con él, la gracia divina, que nos capacita para hablar en nombre de Dios--, tenemos el derecho y el deber de proclamar con nuestras palabras y nuestro testimonio, que Jesús se encarnó, nos enseñó su doctrina del amor, padeció, murió y resucitó para salvarnos y darnos una vida nueva; y que por ello Él ha sido constituido el único y verdadero Salvador, Señor y Mesías, y que nos envía a ser sus apóstoles y a instaurar el Reino de Dios en los ambientes en los que nos desenvolvemos.
     Sin embargo, descartando a los que por su libre voluntad renuncian a este deber y a este derecho, hay muchos católicos que por ignorancia, indolencia o incluso, por miedo, “declinan el honor”. Ciertamente no estamos hablando de una tarea fácil, fascinante al estilo del mundo; mucho menos lucrativa en todos los sentidos: económico, relaciones humanas ventajosas, sociales, amistosas, fama, poder. Todo lo contrario, el verdadero evangelizador enfrentará, como lo refiere el pasaje de hoy, pruebas muy duras, mas no olvidemos la promesa del Señor en el libro del Apocalipsis: “Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida.” (2, 10).

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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