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Jueves, 23 de Noviembre 2017
Suplementos | No he perdido una sola mañana de verano en mirar las olimpiadas

Triunfo olímpico

Ignoro si para el momento en que usted lea estas líneas, algún mexicano se habrá 'colado a las medallas'
Las olimpiadas de la cuadra. Los Vinagrillo solían ser el terror de los más pequeños. ESPECIAL /

Las olimpiadas de la cuadra. Los Vinagrillo solían ser el terror de los más pequeños. ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (14/AGO/2016).- Ignoro si para el momento en que usted lea estas líneas, querido lector, algún mexicano se habrá “colado a las medallas”, por repetir la expresión de los locutores televisivos. Lo probable, al menos por como hemos visto las cosas en Río 2016, es que no. Pero eso no importa, porque las cosas no  pasan en el mundo para que los locutores deportivos se sientan satisfechos o no con ellas. A lo que iba es al hecho de que no he perdido una sola mañana de verano en mirar las olimpiadas, porque no he tenido tiempo ni ganas, pero gracias al espíritu olímpico recordé un episodio de infancia relacionado con las gestas deportivas que me trajo un buen sabor de boca.

Era 1984 y los Juegos de Los Ángeles inundaban las pantallas. Buena parte de aquel verano lo pasé jugando con los niños de mi cuadra. Entre ellos se encontraban unos hermanos, a quienes por pudor, puesto que uno de ellos es ahora gente importante, llamaré simplemente los Vinagrillo. Los Vinagrillo eran los niños más grandotes del rumbo y, por tanto, solían ser el terror de los pequeños. Generalmente jugábamos al futbol. Los Vinagrillo jugaban juntos y dominaban todos los partidos. Yo, que solía ser la víctima favorita de su animosidad por ser el siguiente en la escala de edades, era siempre el capitán de los rivales. Mi equipo se completaba por un niño que aún usaba pañales (por problemas de incontinencia) y una niña a la que el cabello le tapaba los ojos. Tuve que enfrentar derrotas del estilo de las que el inolvidable Charlie Brown se llevaba en el beisbol: 30 a 1, 20 a 0, etcétera. Pero aquellas que narro eran fechas especiales y los Vinagrillo decidieron organizar unas miniolimpiadas. Así, aprovechando que no era común que circularan automóviles continuamente por las calles, como hoy, se organizaron carreras de velocidad en diferentes distancias (media cuadra, una cuadra, vuelta a la manzana…), lanzamiento de escoba y de piedra y también, no sé muy bien por qué (dado que no hay algo así en el mundo real), una competencia de salto hacia arriba en trampolín. El artilugio creado por los hermanos Vinagrillo para llevar a cabo ese evento era de una simpleza notable. Cuatro tablones de madera apilados servían de base. Otro tablón perpendicular, de trampolín. Como en un sube y baja, el competidor se paraba en un extremo de la tabla, mientras el mayor de los Vinagrillo tomaba vuelo y saltaba. Al caer, catapultaba al competidor hacia las alturas. El otro hermano Vinagrillo, que era un sádico (no me extraña que ahora sea político) era el encargado de calcular las alturas alcanzadas.

Lógicamente, los Vinagrillo se proclamaron medalla de oro y plata en todas las competencias. Eran mayores, más fuertes y más rápidos, y cuando no ganaban, arrebataban (lo mismo que en el futbol, anulaban los goles que llegábamos a meterles por presuntos fueras de lugar, aunque la diferencia en el juego fuera de dos docenas de goles).

Quizá porque quería vengarme de las eternas derrotas, hice un plan cuando se aproximó mi turno en la competencia de trampolín. Y un segundo antes de que el Vinagrillo mayor saltara a la tabla y me mandara a volar, me bajé. La tabla, claro, se le fue encima y le dio uno de los mayores golpes que he visto en la vida. Al Vinagrillo se le abrió la ceja y rodó por los suelos. Las olimpiadas de la cuadra, claro, se terminaron en ese mismo momento. La niña del pelo sobre los ojos me dio un beso. Sentí como si hubiera ganado una medalla de oro. A veces, en la vida gana Charlie Brown.

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