Suplementos | Historias Tres escenas de ciudad Un paso para adelante y dos para atrás; tú, que nunca gustaste de bailar, parece que ensayas una especie de merengue arrítmico al que nadie presta atención Por: EL INFORMADOR 18 de marzo de 2012 - 06:59 hs GUADALAJARA, JALISCO (18/MAR/2012).- Sabes que es tu obligación. Es más, te lo enseñaron desde que cursabas el kínder: “Siempre se cruzan las calles por las esquinas”. Piensas que eso de la educación vial es un platillo que se come colectivamente, pero la realidad, en esa esquina de las avenidas México y Chapultepec, se esfuerza en demostrar que muchos, en su vida, no lo han probado. Son las 11 de la mañana. Pero igual podrían ser las dos o las seis de la tarde: la dificultad que implica cruzar desde esa esquina es inalterable. Un paso para adelante y dos para atrás; tú, que nunca gustaste de bailar, parece que ensayas una especie de merengue arrítmico al que nadie presta atención. Sería más fácil caminar unos metros hacia la calle Ramos Millán y cruzar sin riesgo de ser atropellado. Pero te aferras. La luz del semáforo está en verde y dice que puedes pasar. Pero los automovilistas provenientes de la avenida Chapultepec, urgentes de dar la vuelta hacia la derecha, ponen sus propias reglas, y tú, te jodes. Puedes pasar. Das un paso para adelante y luego te arrepientes. Alguien olvidó prender las direccionales y, pese a que estás bien nutrido, corres el riesgo de que no te vea y se estampe contra tu persona. Hay un intervalo de tiempo en el que, si los pies deciden moverse uno tras otro rápidamente, el peatón puede llegar al otro lado de la calle. Es ese lapso en el que los semáforos deciden cambiar el color. Dos carros más dan la vuelta, presurosos, para no tener que esperar a la siguiente oportunidad. Detrás de ellos, una estampida de automotores arranca sobre avenida México. Tú atinas a correr. Estás del otro lado. . . . Aquí lo importante es cobrar el pasaje. Entre más sea, mejor. Las generalidades, por regla (curiosamente general), son odiosas, pero en Guadalajara hay una que parte del absolutismo colectivo: a los camioneros les falta educación y les sobre ingenio. ¿Te deben entregar tu boleto? Sí, pero muchos padecen segundos de Alzheimer y sólo recuerdan cobrar el pasaje. Tú, cansado de mantener el brazo alzado esperando ese papel que te mancha los dedos y que presume ser tu seguro de viajero, te das por vencido y levantas la vista intentando ubicar un asiento desocupado, que pese a ser incómodo y estimulante de sudor, es mejor que ir parado y forzando las muñecas a cada arranque y frenazo bruscos. ¿El transporte público debería tener un límite de cupo? Sí, pero los c amioneros tienen una lógica que resulta simple: si los usuarios ya no pueden entrar por la puerta de adelante, lo harán por la de atrás. Es justamente de ahí de donde parte esta escena. Tienes el brazo tan estirando como cuando, de niño, intentabas alcanzar los dulces que algún adulto colocó en una repisa de la que apenas podías tocar el borde con las yemas de los dedos. Pero lo que ahora tu mano hace un esfuerzo por agarrar es ese tubo caliente y sudado que cientos de palmas han tocado a lo largo del día. Sólo un brazo está destinado a detenerte, por que el otro soporta un libro que, ingenuamente, pensaste que podrías leer en el camión de la ruta 258-A a las cuatro de la tarde. Tu cadera tampoco está cómoda. Debes hacerla tan atrás como sea necesario. Delante de ti está parada una chica morena como de un metro sesenta, de cabello negro largo y despeinado, a la que si por error llegas a rosarle el cuerpo con tu parte delantera, correrás el riesgo de terminar con un codo hundiéndose en tus costillas. El camión avanza por toda la calle San Felipe y llega a la zona centro. Zona conflictiva por su naturaleza estresante. El calor no da tregua y ya no sabes si la humedad que recorre tu cuerpo es tuya o de alguno de los pasajeros que hace unos minutos, igual que tú, subió por la puerta de atrás. El camión da vuelta en la avenida Alcalde. Hora de bajar. Lo único bueno de haber entrado por la que por ley es la salida, es que te ahorraste los codazos que habría significado llegar desde adelante hasta la puerta de atrás. Bajas y caminas entre otro mar de gente que espera su camión y vivirá una experiencia similar a la tuya. . . . De los tenis ya ni te preocupas: desde hace rato ya no podrían estar más mojados. Vas por el centro pisando los charcos de agua que no sabes si cayó del cielo o salió de las alcantarillas. El día, sin duda, pudo haber sido mejor. Fuiste a ver la película Rec al Cinépolis de la Calzada; saliste de la sala con el estómago revuelto y no quisiste saber que pasaba en la pantalla después de la primera media hora. Sólo hay una situación que podría mejorar todo: una chica te acompaña a tu casa, y tu imaginación, traviesa, ya visualiza lo que ahí podría pasar. Los pantalones están tan arriba como pueden; al mero estilo “brincacharcos”. La lluvia ya se fue, pero a su paso dejó semáforos inservibles, autos atascados, y el suelo bajo un mini río que corre por todos lados. Ahí, en el cruce de Juárez y Alcalde, nunca extrañaste tanto a un oficial de Tránsito. La fila de autos, quietos por ambas avenidas y hacia todos los sentidos, convierte a la zona en el estacionamiento más grande de la ciudad. Cruzar la avenida Juárez es una suerte de zig-zag y los sentidos actúan tanto como les es posible. Los ojos supervisan que los autos frente a los que pasas no arranquen; una mano va con la chica que te acompaña y otra al frente por si es necesario amortiguar el golpe provocado por un tropezón. El camino se acaba. Abres el cancel de tu casa y la chica, húmeda (por la lluvia, evidentemente), pasa primero. Lo que tu imaginación no supuso es que ella se iría al poco tiempo, y que tú terminarías acostado, solo, con los tenis secándose en un rincón, y con el presentimiento de que mañana, la ciudad volverá a ser un caos. EL INFORMADOR/ROBERTO MEDINA Temas Turismo Tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones