Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | ''El verdadero amor da más de lo que se espera''

Todo comenzó en una fiesta

Jesús no viene a aguarnos la fiesta. No debemos tener miedo de que, con Él, nuestra alegría se empobrezca. Su presencia no debe crear en nosotros una sensación de incomodidad

Por: EL INFORMADOR

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LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:

Isaías 62, 1-5


“Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano”.

SEGUNDA LECTURA:

San Pablo a los corintios 12, 4-11


''Hay diferencia de dones, pero el Espíritu es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común''.

EVANGELIO:

San Juan 2, 1-11

“María le dijo a Jesús: Ya no tienen vino. Jesús contestó: Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora. Pero ella dijo a los que servían: Hagan lo que Él les diga”.

REFLEXIONANDO LA FE...

CRISTO PLENITUD DE LA REVELACIÓN


Toda la Revelación de Dios resplandece para nosotros «en Cristo, que es al mismo tiempo el mediador y la plenitud de toda la Revelación».

El Antiguo Testamento nos narra que Dios, después de la creación, a pesar del pecado original, de la arrogancia del hombre, de querer ocupar el lugar de su Creador, ofrece nuevamente la posibilidad de su amistad, sobre todo a través de la alianza con Abraham y el camino de un pequeño pueblo, el de Israel, que Él elige, no con criterios de poder terreno, sino sencillamente por amor. Elección que permanece un misterio y que nos revela el estilo de Dios que llama a algunos, no para excluir a otros, sino para que sirvamos de puente para conducir a Él.

La historia de la salvación es la historia de la relación de Dios que se revela al hombre progresivamente. Para esta obra, que inicia con la llamada de Abraham, se sirve de mediadores, como Moisés, los profetas y los jueces, que comunican al pueblo su voluntad, recuerdan la exigencia de fidelidad a la alianza y conservan la expectación plena y definitiva de las promesas divinas. Es un largo camino en el que el Señor se deja conocer, se revela a sí mismo, entra en la historia con hechos y palabras. Con la encarnación, el rostro de Dios se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es al mismo tiempo «mediador y plenitud de toda la Revelación». Jesús inaugura en la historia un nuevo modo de presencia de Dios, porque quien lo ha visto a Él ha visto al Padre; Él es «el mediador» de la nueva y eterna alianza; en Él encontramos a Dios, al que podemos invocar con el nombre de «Abba, Padre» y por el que nos viene dada la salvación. Si queremos ver el rostro de Dios, aquel rostro que da sentido, solidez y serenidad a nuestro camino, debemos seguir a Cristo.

En la escucha de la Palabra y al participar en la Eucaristía, es en donde se manifiesta especialmente el rostro de Cristo. Así crecerá nuestro amor y podremos también reconocer al Señor en el que sufre y en el pobre, a quienes debemos nuestra caridad, como una exigencia de nuestra fe.

EN UNA BODA


En la Sagrada Escritura, el simbolismo nupcial se usa con frecuencia para expresar la relación que media entre Dios y su pueblo, sobre todo para sustituir la concepción más diplomática y distante que se pudiera tener entre Dios y los hombres, por otra más íntima y personal por la que Dios y el hombre se encuentren en un diálogo intenso y sublimado.

Con la imagen de la boda, el amor que existe sobre la faz de la tierra entre un hombre y una mujer, es la señal del amor que Dios tiene a la humanidad entera. Es conveniente en este sentido señalar, que el amor que Dios nos tiene, no es el que imita el amor entre un varón y una mujer, sino que son los esposos los que han de imitar en su vida, el amor que Dios tiene para con la humanidad, total, al grado de dar su vida por nuestra salvación.

Una prueba particular de este amor de Dios hacia su pueblo viene dada por los carismas, que son dones y manifestaciones extraordinarias que el Espíritu concede a los miembros de una comunidad para el bien de la comunidad misma, que todos estos proceden de Dios, como lo puntualiza san Pablo en la segunda lectura de este domingo.

HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA


En María encontramos el verdadero y auténtico prototipo del creyente en Cristo, es la mujer, orante, de una fe viva, discípula, y como hoy se presenta en el evangelio, la que sabe ver más allá de sus necesidades, para percatarse de las necesidades de los demás, pero anteponiendo todo a Cristo y en Cristo, su hijo.

Son invitados a una boda, María, su Hijo y con Él van sus discípulos, son uno más en medio de un gran grupo de invitados, están ahí con la intención de divertirse, de ser atendidos, pero la mirada de María siempre es iluminada por la fe, que mueve su voluntad caritativa, y ante la necesidad que nadie había notado, ella advierte que falta el vino, y la fiesta aún no termina. Su descubrimiento no se encamina a la crítica y burla de los anfitriones, sino a la solución y la mejor de todas, la efectiva.

No hay mejor solución que hacer la voluntad de Cristo, a pesar de la aparente negativa de Jesús, por la iniciativa de su madre, no titubea en decir a los servidores de aquel banquete: “Hagan lo que Él les diga”, es en estas palabras donde se puede sintetizar no sólo la solución a cualquier realidad, sino todo camino de santificación.

SEÑALES MILAGROSAS


El episodio de la boda en Caná de Galilea, se cierra con una observación del evangelista que nos dice que ésta fue la primera de las señales de Jesús para manifestar su gloria y así sus discípulos fortalecieron su fe en Él.

El acontecimiento ocurrido en Caná, más que un milagro es un gran signo, es la revelación de su persona, de su misterio, de su misión, que consiste en manifestar el amor del Padre hacia los hombres.

En este importante hecho, hay cosas más importantes que el milagro, sorprende la visión y preocupación de María, sus atinadas palabras, para que la fiesta se realice y se desarrolle armónicamente, sin que nada falte. Toda esta serie de signos que nos permiten ver más allá de la degustación agradable que tuvo el mayordomo al saborear el mejor de los vinos que hayan existido, nos permiten pregustar el infinito y grande poder y amor del Dios que nos salva, que se preocupa por todo, y nos provee de todo. Por lo cual a nosotros, siervos amados del Señor, sólo nos toca llenar las tinajas de agua, Él se encarga del resto.

DESDE LAS LETRAS

CANÁ

Fray Alejandro R. Ferreirós


Ya quedó atrás la Alianza del monte perfumado

con el incienso del Dios de los profetas;

ya volaron su vuelo las águilas inquietas

que clavaron sus ojos en el seno del amado.

La cantina de Dios ha abierto sus bodegas

y el vino de tu ley embriaga un pueblo santo;

el tiempo de las bodas comienza con el canto de los bienaventurados de la nueva era.

Eres Tú el vino que en Caná se ofrece,

la copa embriagadora de la Alianza eterna;

eres Tú la fiesta, el banquete, la cisterna

que se abre en el desierto de la muerte.

Eres Tú el esposo verdadero de tu pueblo

que suplicando te dice: no hay más vino;

el que cambia el agua en el festín divino,

el que emborrachas de amor y de consuelo.

Corriste de repente el velo, fiel Cordero

y mostraste tu semblante a la esposa enamorada,

el torrente caudaloso del amor de tu mirada

le descubría el rostro del Esposo verdadero.

Cambiaste el trueno del monte en palabras de ternura,

los rayos y centellas por unos ojos mansos,

el temblor de la tierra en tu pecho fue el encanto

del pálpito que enamora a la esposa en su dulzura.

Ha comenzado la fiesta y el pecho enamorado

encontrará en el alma callada su aposento

en el que el esposo y la esposa ya sin tiempo

se entregarán uno al otro en amor transfigurado.

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