Viernes, 10 de Octubre 2025
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¿Tenemos el gobierno que merecemos?

No es posible afirmar que tenemos el gobierno que merecemos, pero sí se puede determinar si como ciudadanos cumplimos para lograr un mejor país

Por: EL INFORMADOR

Somos cómplices de la opaciodad y la corrupción de las autoridades. EL INFORMADOR / S. Mora

Somos cómplices de la opaciodad y la corrupción de las autoridades. EL INFORMADOR / S. Mora

GUADALAJARA, JALISCO (01/MAR/2015).- Alejandro González Iñárritu conmocionó al país con su anhelo de que “México tenga el Gobierno que se merece”. No sabemos la motivación del director del cine al decir tan lapidaria y al mismo tiempo tan trillada frase, pero en minutos las redes sociales eran un hervidero y los portales informativos ya veían en el comentario una crítica directa al Gobierno de Enrique Peña Nieto. Es decir, existe una percepción generalizada, casi consensuada, de que los mexicanos no nos merecemos el Gobierno que tenemos. Que aquellos que detentan el poder, gobiernan escuchando a sus propios intereses, mientras el pueblo mexicano, trabajador y honesto, debe vivir aguantando a sus corruptas autoridades. El Gobierno es el principio y el origen de todos los males, y nadie en su sano juicio pensaría que algún pueblo se merece tanta corrupción y abuso. Sin embargo, más allá de generalizaciones e ideas compartidas, ¿Cómo podemos saber qué Gobierno nos merecemos? ¿Son los gobiernos reflejos de su pueblo?

La democracia tiene muchas definiciones, pero es innegable que es un sistema de elección que busca reflejar la pluralidad de la sociedad en las instituciones de Gobierno. Es decir, la democracia es precisamente la forma de remediar este conflicto: todo pueblo tiene el Gobierno que se merece porque vota por él. Punto final. Eso dice la teoría. A pesar de ello, sabemos que la democracia electoral pocas veces logra ese propósito. Ya sea por desinformación o por falta de participación, pero muchos ciudadanos no sienten que en la configuración final de un Congreso su voz se encuentra debidamente representada. Por lo tanto, considero que es difícil sostener que tenemos el Gobierno que nos merecemos por el simple hecho de votar por él. Y en el caso mexicano es aún más complicado sostener esta afirmación debido a nuestro cerrado sistema político y a la tendencia de los partidos políticos a ensimismarse.

Sin embargo, el hecho de que el voto o la abstención no sean elementos definitivos para concluir que tenemos el Gobierno que nos merecemos, no significa que no hayamos hecho “méritos” para tener el Gobierno que tenemos. Si bien es imposible generalizar, lo que sí podemos afirmar es que como sociedad hemos dejado de hacer ciertas cosas que han permitido que los gobiernos corruptos e ineficientes se configuren con cierta comodidad.

Baja participación


Decía el politólogo Juan Linz que los regímenes autoritarios se alimentaban de una “cultura de baja participación ciudadana y un pueblo poco movilizado”. El abandono ciudadano de lo público, es oxígeno para sistemas de opresión política. México es un espejo del razonamiento de Linz. Nos acostumbramos durante siete décadas a que las manifestaciones públicas las encabezaran los líderes charros del sindicalismo oficial o las corporaciones vinculadas al partidazo. Y aunque esa tendencia se modificó a partir de la alternancia, e incluso en los últimos años del PRI en el Gobierno, es indudable que los datos retratan a un México desmovilizado, poco asociativo y con bajísimo capital social.

Según el Informe País sobre Calidad de la Ciudadanía en México, presentado por el Instituto Nacional Electoral (INE) en 2014, solamente 6% de los mexicanos ha participado en una manifestación política; solamente 12% ha acudido alguna vez a defender sus derechos municipales al cabildo (en Estados Unidos la cifra supera el 25%) y, lo dramático es que sólo las clases medias y altas participan en estos actos públicos. Y es que de acuerdo al mismo estudio, siete de cada 10 mexicanos que han participado en una manifestación pertenecen al 30% más rico del país. En contraposición, el 30% más pobre del país sólo aporta el 5% de los manifestantes totales en los últimos años en México.

Igual sucede en materia de asociacionismo. Mientras en México 5% participa en una asociación cultural o en una de profesionistas, en Brasil alcanza hasta al 10% de la población. En números totales, 45.76% de los mexicanos son los únicos que han pisado una asociación civil.

¿Es posible tener el “Gobierno que merecemos” sin una ciudadanía que presione y lo exija? ¿Cómo es posible que tengamos el “Gobierno que merecemos” si la participación política para la amplia mayoría se reduce al voto cada tres años? ¿No es una locura pensar que un Gobierno rendirá cuentas ante una ciudadanía desmovilizada, poco asociada y carente de crítica? Así, no es un secreto que los buenos gobiernos en otros países no nacen por “generación espontánea”, sino que son el fruto de años de presión ciudadana por derechos, libertades y rendición de cuentas. En este reglón, los datos demuestran que sí tenemos el Gobierno que merecemos o, por lo menos, somos cómplices de la opacidad y la corrupción de las autoridades.

Prestigio social del corrupto

El “Código de Honor” de Kwame Anthony Appiah ha puesto de nuevo en el debate público el papel de las revoluciones morales como arma contra los malos gobiernos. Uno de los puntos clave que plantea el autor para explicar las revoluciones morales es precisamente cómo ciertos valores arraigados en una sociedad comienzan a perder vigencia hasta ocasionar el rechazo social. Pasó con la esclavitud o con la corrupción en muchos países. En el caso de México, esa revolución moral de combate a la corrupción no la encontramos por ningún lado. El político corrupto es más elogiado por su ingenio, su pragmatismo y su realismo, que criticado por su bajeza, inmoralidad o traición a sus electores. Rara vez veremos una condena social al corrupto, en cambio vemos como muchos hombres públicos que se han enriquecido con lo que es de todos entran en caros restaurantes con la cabeza en alto, saludan a los comensales con especial fraternidad y hasta son lo suficientemente  cínicos como para aconsejar a los más jóvenes en sus trayectorias políticas. Hay un reconocimiento y un prestigio social sin importar si esa trayectoria se forjó de forma corrupta o si, por el contrario, es fruto de la ética y la honestidad.

Los valores nocivos para una sociedad tienen fecha de caducidad. El Gobierno no es capaz de imponer por decreto valores que la sociedad ya no comparte. Hasta los gobiernos más autoritarios y opresivos necesitan de cierta legitimidad de principios. Por ello, el oxígeno de los malos gobiernos es la permeabilidad de sus valores en el tejido social. Su aceptación y defensa por parte de la sociedad. Un funcionario de movilidad se puede sentir tranquilo al permitir que los agentes de tránsito extorsionen al primer ciudadano que ven, siempre y cuando sepa que lo mismo hace un ciudadano con los trabajadores de su empresa que laboran sin seguridad social, o el director de una preparatoria con los estudiantes al obligarlos a comprar libros a sobreprecios. Y es que en México la condena a la corrupción pocas veces pasa por un razonamiento moral, sino que es simplemente la condena a la suerte del otro. Para que el Gobierno cambie sus actitudes y se acerque a lo que creemos que debe ser, primero la ciudadanía debe rechazar tajantemente la corrupción. No entenderla, y hasta justificarla en ciertos contextos, sino señalar al corrupto, repudiarle socialmente y castigarlo a través del voto. Si seguimos siendo permisivos ante la corrupción, no me queda duda que merecemos el Gobierno que tenemos.

Contrapesos invisibles

La democracia sirve a base de contrapesos. No en vano dijo alguna vez James Madison, padre de la democracia en Estados Unidos, que “la ambición del hombre sólo se contiene con la ambición de otro hombre”. En el caso de los gobiernos, la ambición sólo se contiene con la ambición de la oposición y de los contrapesos: sociedad civil, medios de comunicación, empresarios, sindicatos y hasta la iglesia. Sin embargo, estos contrapesos que podrían contener a un Gobierno abusivo y corrupto, en la realidad se desvían de su labor democrática. Los empresarios están más preocupados por ver cómo se acomodan cerca del  Gobierno que en criticar la política económica y sugerir alternativas; los medios de comunicación prefieren la publicidad oficial que la crítica constructiva y fundada; los sindicatos son presa de líderes charros que negocian prebendas personales y se olvidan de las demandas de los trabajadores; y hasta la iglesia prefiere pactar con los gobiernos en turno para proteger sus intereses que ejercer una crítica, desde la laicidad, a los problemas que presentan los gobiernos.

Esto no quiere decir que no existan organizaciones, empresarios, sacerdotes, sindicalistas y periodistas que día a día entienden su rol en una sociedad democrática que aspira a mejores gobiernos, pero siguen siendo franca minoría. Si queremos buenos gobiernos es fundamental que se apueste por entender el papel de la oposición, que no es destructivo ni tampoco denigrante del Gobierno, pero sí fiscalizador y supervisor de lo que dejan de hacer. Sin oposición es difícil construir el Gobierno que decimos que merecemos.

Me dediqué a explicar por qué creo que tenemos el Gobierno que nos merecemos. Por supuesto que no comparto la famosa idea de Joseph de Maistre: “Todo pueblo tiene el Gobierno que se merece”. Como buen conservador, la frase nace de su poca fe en la capacidad de la ciudadanía para construir un régimen democrático. Él creía en el paternalismo a ultranza como la única forma de llevar a las “masas” hacia la civilización y el orden. Asimismo, considero que hay muchos mexicanos que merecen un Gobierno mejor, y que lo demuestran con su vocación cívica, su crítica fundada y constructiva a los gobiernos, su participación ciudadana y su respeto firme al Estado de derecho y a las leyes de todos. No es posible saber si realmente merecemos el Gobierno que tenemos, pero lo que sí podemos afirmar es que si construimos una ciudadanía participativa, que condena explícita y categóricamente la corrupción, y que ejerce su papel de contrapeso cívico, seguramente el Gobierno mexicano se parecerá mucho más a aquél que decimos merecer.

Tapatío

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