Martes, 14 de Octubre 2025
Suplementos | Sí, desgraciadamente aún hay muchas personas que conservan en sus creencias la imagen de un Dios justiciero

Temer y no temer

Prevalece hasta nuestros días una forma equivocada de ver a Dios, que tal vez tiene su fundamento en una mala o insuficiente comprensión de lo que es el temor de Dios

Por: EL INFORMADOR

     Prevalece hasta nuestros días una forma equivocada de ver a Dios, que tal vez tiene su fundamento en una mala o insuficiente comprensión de lo que es el temor de Dios, que ya de entrada desde la misma manera de escribirlo nos puede ir dando luces; sí, porque no se habla de “temor a Dios” sino de “temor de Dios”.
      Sí, desgraciadamente aún hay muchas personas, creyentes y no creyentes, bautizadas y bautizadas, cristianas o de otras religiones, que conservan en sus creencias la imagen de un Dios justiciero, vengador, juez implacable; un Dios policía que se dedica a vigilarnos, a fiscalizarnos, para llevar la cuenta de nuestras faltas, de nuestros pecados, y está listo para enviarnos castigos, reprimendas, y muchas veces –así se interpreta- verdaderas desgracias humanas, propias de nuestra naturaleza frágil, que se atribuyen a Él.          
     ¿Cuántas veces hemos escuchado las quejas y lamentos de personas que se dicen víctimas del castigo divino, por algún pecado cometido, algún error en el que se incurrió y, aun por la más grande falta de amor en que se haya caído?
      Y la verdad de las cosas la encontramos en la Palabra de Dios, en Su revelación a través de las Sagradas Escrituras; para descubrirla bastan unas referencias a ella. San Juan en su primera carta capítulo 4, verso 8, lo afirma categóricamente: “Dios es amor”. El mismo San Juan en su evangelio, capítulo 3, versos 16 y 17 nos dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo”.
       Finalmente el mismo evangelio de san Juan en su capítulo 8, versos 7-11, se refiere a cuando le llevaron a Jesús a una mujer descubierta en adulterio, la cual, de acuerdo a la ley, debería ser apedreada. Él les dijo a sus acusadores:  “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”. Y añade san Juan: “E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: ‘Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?’ Ella respondió: ‘Nadie, Señor’. Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más’. Así pues, no debemos temer a Dios, antes al contrario, y hemos de confiar plenamente en Él, amarlo y servirlo, pues “en el amor no hay temor”.
       Ese no temerle, el mismo Dios nos lo hace extensivo a todos los demás aspectos de la vida, y así en múltiples momentos de su predicación y enseñanza, Jesús nos manda no tener miedo, no temer;  tener total y absoluta confianza en Él y en sus palabras, podemos encontrarlos en la Biblia; por falta de espacio no hacemos referencia a algunos.
      Sin embargo, hemos de entender muy bien lo que es TEMOR DE DIOS, del cual las Escrituras también nos hablan abundantemente. Por ejemplo, “Principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Prov 1, 7); “El temor de Yahvé es la confianza del fuerte, y sus hijos en él hallarán refugio” (id. 14, 26).
     El temor de Dios --que es un temor a ofenderle, a desobedecerle, a faltarle al amor y respeto que se merece como Dios y como todo amor que es-- es un don que Él, por su Espíritu, nos da a los que lo pedimos y lo recibimos; de ahí su nombre: Temor de Dios, o temor-dado-por-Dios, que hace al hombre partícipe de muchos bienes.
     Hoy el Evangelio de la Eucaristía dominical de este cuarto y último domingo del tiempo de Adviento, nos presenta a la más grande modelo del temor y del no temor: del temor de Dios, pues ella, por excelencia fue sin mancha de pecado y, aunque elegida por Dios, nunca perdió su libertad y su voluntad, decidiendo y cumpliéndolo, ser fiel e inmaculada, viviendo siempre bajo la mirada y el plan divinos.Y del no temer ni a Satanás, ni a los hombres, ni a los acontecimientos, ni al futuro, ni al dolor y sufrimiento, ni a la misma muerte. Desde que el Arcángel Gabriel le hizo el gran anuncio, diciéndole: “No temas, María”, ella obedeció y así, hasta su misma asunción al cielo, lo hizo.
     Que el ejemplo y la intercesión de María nos lleven a confiar plenamente en Dios y a no temer a nada para seguirlo.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones