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Sábado, 19 de Enero 2019

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Suplementos | Dinámica Pastoral UNIVA

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Cumplida su misión entre los humanos, Cristo sube glorioso a las alturas, a la derecha del Padre de donde bajó

Por: EL INFORMADOR

La Ascensión es la glorificacion de Cristo, Dios-Hombre, ante la mirada absorta de los 11 apóstoles. ESPECIAL /

La Ascensión es la glorificacion de Cristo, Dios-Hombre, ante la mirada absorta de los 11 apóstoles. ESPECIAL /

LA PALABRA DE DIOS

Primera lectura


Lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles (15, 1-2. 22-29):

“Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía”.

Segunda lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (21,10-14.21-23):

“La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (14,23-29):

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a Él y haremos morada en Él. El que no me ama no guardará mis palabras”.

GUADALAJARA, JALISCO (01/MAY/2016).- San Lucas, el tercero de los cuatro evangelistas, no era judío, sino griego, convertido por la predicación de San Pablo. Es el único que toma su misión de presentar a Cristo y su mensaje de un extremo a otro: empieza con el anuncio de arcángel Gabriel a Zacarías, y sigue con el anuncio a María, la encarnación, el nacimiento de la Solemnidad de la ascención del Señor, su infancia y la vida pública, muerte y resurrección, y termina con la despedida del Señor visiblemente, elevándose a las alturas. ¿Quién es el que sube? El primero bajó. De su grandeza y majestad infinitas el Verbo de Dios descendió al seno de la más santa y pura de las mujeres, María. Cumplida su misión entre los humanos, sube glorioso a las alturas, a la derecha del Padre de donde bajó. Con las últimas cinco líneas de su Evangelio, San Lucas pone broche de oro a su relato. Es la glorificacion de Cristo, Dios-Hombre, ante la mirada absorta de los 11 apóstoles.

Ahora, con plena luz comprenden que su Maestro es Dios, porque resucitó; tomó la vida de nuevo; resucitado se dejó de ver durante 40 días, y allí, ante sus ojos lo han visto elevarse haste que una nube “envidiosa” lo cubrió a su mirada. Bello final, epílogo glorioso después de todo lo visto y oído por ellos en sus días de discípulos del más grande maestro.

Una bendición es un buen deseo y un augurio de algo bueno. Bendecir es decir bien, es desear un bien a un ser amado. La madre bendice al hijo, un hombre lleno de bondad bendice al viajero, al iniciador de un trabajo, de un esfuerzo; Dios bendice al humilde que le implora una bendición. Cristo los bendice, y al bendecir a los 11 testigos de ese momento, bendice a la Iglesia naciente. Ellos son ya la Iglesia, la congregación de creyentes en Él. Es una bendición de despedida y de inicio de una empresa en la que ellos van a ser los actores, los responsables. Allí, con esa ascención termina la presencia visible de Cristo en su Iglesia; seguirá invisible, más todos, después de ese momento, verán a los discípulos y a los discípulos de los discípulos, en una ininterrumpida cadena, nada más. Cuando el Papa Juan Pablo II visitó Guadalajara y cuando la puerta del avión lo ocultó de las miradas de la multitud, el cardenal don José Salazar, en su estilo breve, sintético, sólo dijo cuatro palabras: “Es Cristo que pasa”. En la figura del vicario, del Obispo de Roma, del primer Papa en México, con los ojos de la fe vio la imagen de Cristo bendijo la ciudad de Guadalajara, y con ella a todos los mexicanos.

Desde esa mañana luminosa, sobre los cristianos —seguidores de Cristo— está la consigna: “Ser testigos de esto”. ¿Qué es esto?” Es Maestro, vida, doctrina, muerte, resurrección, ascención. A veces, ingenuamente, algunos cristianos pretenden dejar esa misión sólo los privilegiados con vestidura sacerdotales o de religiosos y religiosas. No es así: ser cristiano es ser testigo de ese imborrable conjunto de “carismas”. Es testigo del predicador de la Buena Nueva, pero los mejores testimonios son las virtudes, la vida misma. Vivir el amor, practicar la caridad, la justicia, la misericordia, son espléndidas maneras de dar testimonio de Cristo, aunque su boca ni una palabra pronuncie. Los grandes santos más han atrído con su vida, más con sus hechos, que con sus dichos, porque “las palabras mueven, pro los hechos arrastran”. Los apóstoles de entonces y los cristianos de ahora, todos debemos ser testigos.

Así con este signo glorioso ha caminado la Iglesia, pueblo en marcha, hasta este día en el mes de mayo. Ha tenido la Iglesia, madre y maestra, días de gozo y días de dolor. Cristo tambien les anunció a sus discípulos que si la “leña verde” le causaron penas, sufrimientos, tambien los suyos, “leña seca”, sufrieron injurias, persecuciones y calumnias. El día en que sólo sean alabanzas, tal vez cabrá la duda de si es la Iglesia de Cristo. La Iglesia es imagen de Cristo y, como su fundador, tiene como signo un rechazo del mundo, del demonio y de la carne, Cristo subió, pero invisible sigue en su Iglesia.

Construir el reino en la Tierra

El amor basado en la Palabra y que nos pacifica, nos prepara para el camino. Cada uno de nosotros, la Iglesia entera, avanza por la historia llamada a trasmitir esta Palabra pacíficamente, de manera dialogal. Es lo que se desprende de la primera lectura. Un grave conflicto amenaza a la comunidad. Se están extendiendo interpretaciones del Evangelio que no son compatibles con su verdadero contenido. Algunos quieren hacer de él una leve variante del judaísmo, que pretenden imponer a los convertidos del paganismo.

La comunidad, dócil al Espíritu, se pone a la escucha, recuerda, dialoga y decide. No es el triunfo de un partido o un grupo, sino el triunfo del amor iluminado por la Palabra, que restablece la paz de la comunidad. No puede no haber conflictos y problemas mientras la naturaleza humana sea la que es y no haya alcanzado la meta definitiva de la salvación. Los discípulos de Jesús han de distinguirse, por tanto, no por la ausencia de conflictos, sino por el modo de resolverlos: con voluntad de diálogo y acogida mutua, dóciles al Espíritu, con la sabiduría del amor que nos enseña el Maestro y nos inspira su Espíritu.

Cuando somos fieles a este “método” no sólo estamos resolviendo conflictos, sino que estamos haciendo algo mucho más importante, que repetimos cada día como petición en la oración del Padre Nuestro: al guardar su Palabra estamos haciendo que se cumpla la voluntad de Dios (de amor, de diálogo, de paz) en la Tierra, como ya se cumple en el Cielo. Es decir, estamos trayendo el Cielo a la Tierra, estamos contribuyendo a que descienda del Cielo la Nueva Jerusalén, abriendo espacios en nuestra historia en los que, sobre el fundamento de los apóstoles, la gloria de Dios nos ilumina por medio de la lámpara de luz que es el mismo Jesucristo, el Cordero inmolado por amor y para la salvación de todos.

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